Vergüenza ajena

Graciela Guadalupe
Graciela Guadalupe LA NACION
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13 de octubre de 2019  

"Hay gente que se dedicaa vender droga, porque se quedó sin laburo".

(De Axel Kicillof.)

Roja, como encendida. La piel se tiñe de fuego con la vergüenza. Un repentino estado febril nos pone en evidencia: delata que estamos buscando desesperadamente y, sin conseguirlo, que la tierra nos trague.

Muchas cosas pueden hacernos sentir vergüenza. Por ejemplo, que uno salga en defensa de la embarazada a la que no le dan el asiento en el tren y enterarse por la propia mujer de que no está embarazada.

Persignarse porque lo hace otro, sin tomar en cuenta que caminamos por una zona rural donde no hay una iglesia en 50 kilómetros a la redonda, o despedirse a los besos de la compañera a la salida del trabajo, que resulta que toma el mismo colectivo y baja en la misma parada que uno, media hora después.

Viajar en ascensor varios pisos con gente desconocida que cuenta cosas del vecino del 8º al que tampoco conocemos. Mirar cuando no nos miran mientras pensamos de dónde conocemos al sujeto, hasta que nos devuelve la mirada y en un intenso revoleo de ojos terminamos fijando la vista en Saturno y todos sus anillos.

Que el taxista sepa más que uno del lugar donde vamos y no pare de hacernos comentarios que le quitan toda la sorpresa.

Tener que contestarle al paciente sentado al lado en la sala de espera por qué estamos ahí y qué nos parece el médico.

Que la tía diga ante la ventanilla de reclamos exactamente lo contrario de lo que le dijimos que convenía decir.

Padecer porque se acerca la fecha límite de entrega de un trabajo y celebrar como maratonistas que ganaron el oro haber saldado la deuda en el último segundo posible antes de quedar fuera de la carrera mientras nos arrepentimos por no haberlo terminado antes.

Que alguien que empieza a leer una nota nuestra en el subte tarde mucho en terminarla (¿habré sido clara?) o pase a otra sin terminarla (¡se aburrió!).

Que nos dejen pagando con el saludo porque no era a nosotros que estaban saludando.

Vergüenza de lo que hacemos o de lo que dejamos de hacer. Pero, también, la que sentimos cuando se escucha a un candidato justificar el delito e idealizar al que lo comete para "no estigmatizarlo", o cuando vemos a la diputada prepotear al que trabaja para prevenirlo. Aunque en esos casos, está claro, se trata de vergüenza ajena.

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