Las tribus y la ciclotimia argentinas

Por Orlando Barone
Por Orlando Barone
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30 de junio de 2002  

La Argentina decepciona. Es decir: desilusiona. El más alto funcionario del Fondo Monetario ha emitido un concepto emocional y nada técnico al sentirse "decepcionado". Extranjero y lejano, se atribuye sentir un pesar a causa de un desengaño. Como si hubiera fantaseado con un resultado que la realidad le demuele. Si él, que no debería sentir, sino pensar, siente eso, podría suponer qué intensidad mayor de decepción deben sentir aquí los residentes. Cada uno en su medida y desarmoniosamente damnificado. Y cada uno en su lugar de resignación o de resistencia, de rencor o de desesperanza. ¿Qué ha hecho de esta sociedad un caos de sentimientos, un caos de ideologías, un caos de culpas hacia los otros? ¿Qué ha hecho de nosotros una bolsa de gatos rabiosos? Que la Argentina era un país pacífico es una antigua y mendaz cantilena proclamada por la educación y las escuelas ignorando históricamente nuestra cíclica cosecha de muertos. Muertos por algo peor que una guerra con otros: entre nosotros. Hemos logrado el aterrador resultado de que militares y policías, que representan la seguridad de una comunidad, sean considerados o enemigos o sospechosos. Que la izquierda sea una malignidad y que los bancos sean saqueadores, que los políticos sean nuestros dictadores o verdugos, que nuestros empresarios sean codiciosos sin moral, que nuestra clase media sea interesada y mutante, y que nuestros pobres y menesterosos sean vagos o vándalos. Cada uno de los rubros ha hecho méritos suficientes para tratar de merecerlo. Yo he hecho el mío como periodista. Hay días en que me avergüenzo de algo que he escrito o de algo que no me atrevo a escribir por miedo a errar o ser odiado o algo peor: a ser excluido.

Es una suerte que la Argentina no haya tenido negritud: si no todavía tendríamos apartheid o estaríamos en la misma situación que los Estados Unidos hace medio siglo, cuando los negros aún eran sólo negros.

Desde su sabio escepticismo, Borges nos entendía tratando de entenderse él a sí mismo. "Ser esa cosa -decía- que nadie puede definir: argentino." En 1946, en su texto Nuestro pobre individualismo dice algunas cosas que se anticipan a la historia. Estas: "Mientras que el mundo para un europeo es un cosmos, en el que cada cual íntimamente corresponde a la función que ejerce; para el argentino es un caos". O: "El argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia de que, en este país, los gobiernos suelen ser pésimos o al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción; lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano". Y agrega aparte: "El Estado es impersonal: el argentino sólo concibe una relación personal. Por eso, para él, robar dineros públicos no es un crimen. Compruebo un hecho; no lo justifico o excuso". Y eso que Borges no sabía aún de los gobiernos que vendrían en el otro medio siglo. Y sobre todo a partir de la década que a él no le tocó vivir. Borges, un liberal ético, no justificaría nunca la indecencia aunque lo favoreciera la gestión o ésta fuera afín a sus ideas. Entonces no sabía tampoco qué tipo de mutación en favor o en contra se produciría aquí en los individuos. En nosotros. A favor no hubo nada en los años noventa fuera del producto bruto, que ya se comprobó fue un conteo falso:ocultaba un contrapeso hasta hoy irreparable.

Una sociedad incapacitada para anudar un diálogo en la disidencia, incapaz de producir una tregua en mitad del hundimiento para que el salvamento pueda hacerse en orden y con la serenidad del trance, no es una sociedad: es un conjunto de tribus de apariencia cultural civilizada impregnadas de intereses tribales superiores a los del todo y únicamente incitadas a autosalvarse. Y no importa si con tal de sobrevivir una se aúpa sobre la otra ahogándola o se atacan entre sí arrancándose pedazos de correspondencia social ya insustituibles.

Padecemos de ciclotimia: un mal aparentemente menor, pero realmente dramático por sus consecuencias. Ciclotimia es una manía depresiva, una forma de perturbación mental caracterizada por alternativas de exaltación y depresión del ánimo. Entre sus rasgos identificables están la deficiente autoestima alternando con actitudes de prepotencia ingenua; marcada irregularidad en la cantidad y calidad de la productividad laboral; y sobre todo, intermitentes extravagancias financieras. Esta característica no es un capricho de diagnóstico: figura en el diccionario de psicología de Joseph Ma. Farré Martí, entre otros. "Extravagancias financieras": dolarización o devaluación, fantasía de prosperidad o ilusión de realismo, deme dos o miserabilidad del trueque. Todas extremas: ninguna normal.

El ciclotímico está expuesto al zigzag. Hay momentos en que cree ser de un modo y otros de otro. Por eso un extranjero global acaba de decepcionarse de la Argentina. ¿Cómo va a saber él cómo somos si no lo sabía Borges que por pura exclusión visual sólo miraba hacia adentro? La ciclotimia es una carga sin lógica. El riesgo de un país desorientado es que la señal de luz de la entrada al infierno luce igual que la de la salida. Las próximas elecciones sólo probarán en qué parte de la ciclotimia estamos: si en la de laregresión o en la de la esperanza.

E-mail: barone@house.com.ar

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