Lectura de Euclides y cuentos de hadas

Por Orlando Barone
Por Orlando Barone
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27 de enero de 2002  

Las narraciones fantásticas y los cuentos de hadas más exitosos de la historia argentina fueron el de la Asamblea del año XIII, que decía que se abolía la esclavitud; el cuento de que la mezcla de razas en la Argentina producía un tipo humano superior al estándar; el de que a principios del siglo pasado este iba a ser un país líder en el mundo, inoculándole así a sus residentes una injustificable nostalgia de paraíso perdido, y el cuento más marketinero : el de queel pueblo unido jamás será vencido. Que acabó siendo al revés: el pueblo vencido jamás será unido.

Y ya más contemporáneamente surgen dos grandes cuentos de incomparable éxito de taquilla y de público, y bajo cuyo influjo fantástico cayeron con igual credulidad seres ingenuos, seres racionales y seres sagaces. Y son ellos: el cuento del Primer Mundo, paradójicamente propagado con éxito por un individuo de origen más bien remoto y cuyo aspecto no daba el perfil antropológico de quien pudiera sostener tamaña desventura geopolítica, y el de que el peso argentino valía igual que el dólar. Este último cuento venía con ínfulas de sepultar una anterior fábula pesimista que decía " el que apuesta al dólar pierde". Aunque finalmente fue ésta, la pesimista, la que acabó por cumplirse a pesar de que cuando se pronunció sonaba inverosímil. En este juego nacional la apuesta nunca gana: gana siempre la banca. O sale el cero, que sólo aciertan los croupiers. Marx decía que uno gana menos de lo que produce. Mi mucama lo sabe; yo también. Que ahora no empiecen a reclamar los banqueros: son los únicos -aparte de mi abuelita- que todavía no han salido a la calle.

Cualquiera sabe que irracionales son los animales. Sobre todo se les adjudica este adjetivo a los caballos o a los animales que obedecen al ser superior: el hombre. Situación, en cuanto a obediencia, que vendría a parecerse a la irracionalidad argentina: la de obedecer ciegamente a organismos internacionales cuyo único objetivo es el de ser jinetes y jamás monturas.

Y ya sin jinete, sin palafrenero, sin pesebre, sin nada, quedamos en brutal desconcierto e inmovilidad irracional y volvimos a empuñar aquellas cacerolas coloniales. Sólo que el agua hirviente fue reemplazada por la psiquis colectiva en ebullición echada a presión por las calles. Esta vez no para rechazar las invasiones inglesas sino para echar anuestros propios representantes, deslegitimados por excesivo apego a rentas inapropiadas y por propia iniciativa de mediocridad, incluso sobreactuada.

Hay políticos aquí tan mediocres y tan burdos que hasta parece mentira que hayan sido capaces de robar y corromperse, porque para eso se requieren algunos dones. Y otros que no roban, pero que hasta son incapaces de preocuparse por demostrarlo.

En las matemáticas se consideran irracionales a los números no enteros y no expresables por un cociente de números enteros.

En un libro breve e interesante, Leyendo a Euclides , el italoargentino Beppo Leviadjudica el descubrimiento de la irracionalidad a los pitagóricos. Naturalmente que entonces no existían los argentinos y todo tenía relación con los griegos.

Levi cuenta algo más: dice que el descubrimiento de la irracionalidad le había sido revelado a los no iniciados por Hipasos de Metapanto, que, por este crimen -el de invocar la irracionalidad- habría sido matado por los dioses o por sus compañeros. Actitud que hoy, más de uno estragado de desilusión y "desdolarizado", quisiera emplear contra los presuntos grandes culpables.

El escrache popular es la versión democrática brutal de la ausencia de justicia. Pero en la antigüedad, y no obstante el vital contratiempo de Hipasos, la irracionalidad no cesó y, según Platón, se propagó en cadena.

Es curioso que en el caso de la convertibilidad eso nunca haya ocurrido y por más que quisimos propagarla nadie aceptó recibir esa ofrenda. Porque salvo algun país ignoto o rarísimo, la mayor parte del mundo no atendía los aparentes hechizos que exhalaba, aunque nos alentaban a seguir manteniéndola porque éramos el pueblo elegido para gozar de su excepcional encantamiento.

Bergsoninstaló la palabra fabulación comola facultad de crear ficciones o fantasías. Pero ya en el Renacimientose habíaempezado a considerar a las antiguas fábulas mitológicas, reconociéndoles un sustratopopular simbólico que revelaba verdades morales o ejemplares.

Pero el napolitano Vico, bastante escéptico y viendo cómo los sabios buscaban tantos símbolos para las fábulas, alertó acerca de que más fantásticos e imaginativos que las fábulas eran los doctores que presumían de entenderlas e interpretarlas.

Síndrome o patología que contagió a doctores de aquí y de allá y que a modo de catarsis ahora les hace decir a los de allá que Argentina es un país "bananero", cuando hasta hace poco proclamaban que era un país de la modernidad que merecía que el mundo económico lo celebrara.

De modo que para qué tratar de interpretar racionalmente la convertibilidad, o a los convertidos y desconvertidos, a los fabuladores y fabulistas, y a los escépticos, si todos por igual fuimos tragados por la ficción porque nadie pudo estar fuera de ella. Y por más que hubo alguna resistencia, ninguna minoría sin poder puede hacer despertar de su encantamiento a la mayoría hechizada.

Hasta último momento, hasta que le manotearon la cartera y cuanto había o quedaba en ella, todavía seguía habiendo gente ante el televisor supergigante dentro de la tapera (que mejor hubiera necesitado una membrana o unas tejas para que no se lloviese) o gente gozando de la sombra de una palmera de Cancún sin querer ver la amenazante sombra que iba cubriendo el país de residencia.

Preferían seguir creyendo lo increíble. Y es así que no han acabado de creer que el "corralito" (canallada bautismal de inspiración zoológica) es la conclusión real de aquella fábula que contaba de la prodigiosa paridad monetaria.

Releo a Euclides: "Las cosas iguales a una misma cosa son iguales entre sí. Y si a iguales se añaden iguales, los todos son iguales. Y si de cosas iguales se restan cosas iguales, las restas son iguales". Está bien, Euclides, pero el peso y el dólar no. No son iguales y no fueron iguales. Y Dios quiera que nunca se intente que vuelvan a querer que sean iguales.

E-mail: barone@house.com.ar

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