Liberalizar el comercio entre las naciones

Por Alieto Aldo Guadagni Para LA NACION
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20 de mayo de 2003  

La segunda mitad del siglo XX registró un elevado ritmo de crecimiento económico que permitió que las dos terceras partes de la población de los países en desarrollo mejoraran su nivel de vida a un ritmo superior al de los países ricos. Pero el siglo XXI se muestra hasta ahora diferente, con escaso crecimiento y, como se expresó en la última reunión del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, "impera una situación global que es ahora más incierta." Están estancados el consumo y la inversión, es débil el crecimiento del comercio y se abandona el equilibrio fiscal en los grandes países industrializados; en Europa se deterioran las cuentas públicas del Reino Unido, Francia y Alemania. La situación más grave se registra en los Estados Unidos, que rápidamente aumenta su déficit, dejando en el olvido los superávit que fueron obtenidos en la década del 90, con grandes esfuerzos, por Clinton.

Los mercados financieros también exhiben un creciente nivel de incertidumbre, que se traduce en alta volatilidad y en una reducción de los flujos de capital hacia los países en desarrollo, como reflejo de una caída de la confianza de los inversores en la solvencia de los países emergentes. Es así como en los últimos cuatro años estos países exportan capital a los países ricos.

Recordemos que un mayor déficit fiscal en los países industrializados tiende a convertir en negativas sus cuentas corrientes de la balanza de pagos y los transforma en aspiradoras del capital del resto del mundo. Por eso debemos prever que si aumenta el déficit en los Estados Unidos aumentará la salida de capitales de los países en desarrollo.

En este escenario es crucial reforzar la confianza de los inversores, y para ello es necesario abrir nuevos horizontes a los emprendimientos productivos que creen las condiciones para retomar el sendero de la prosperidad hasta ahora perdido. En este sentido, el crecimiento del comercio entre las naciones sirve no sólo para impulsar la actividad, sino también para reducir la pobreza; la apertura de los mercados de los grandes países ricos expandiría la frontera productiva de los países en desarrollo, generando así oportunidades para inversiones de alto rendimiento.

Este flujo de inversiones privadas es más importante que los alicaídos recursos que hoy dedican los países ricos a ayudar a los países más pobres. En la actual coyuntura es difícil pensar en un impulso más robusto que la liberalización de los mercados de los países ricos, en particular en textiles y agricultura. Las ganancias de la liberalización comercial han sido estimadas en 800.000 millones de dólares anuales, una fracción sustancial de ellos, ganancia de los países en desarrollo.

La liberación comercial también contribuiría a reducir la pobreza en 300 millones de personas. Recordemos que tres de cada cuatro pobres viven en el campo. Por eso la proclamada lucha contra la miseria se gana o se pierde en este ámbito. La disminución de la pobreza rural exige más productividad en la agricultura, pero para que esto sea posible es indispensable la apertura de los hoy cerrados mercados de los países industrializados. Estas naciones -sin ninguna excepción- traban sistemáticamente el libre acceso de la producción de los países en desarrollo y además, en la mayoría de los casos, distorsionan los mercados mundiales con subsidios a la producción y a la exportación agrícola.

La pobreza rural es la más endémica y penosa forma de pobreza en el mundo. Por este motivo, las trabas al libre comercio agrícola son esencialmente regresivas. Los pobres de los países en desarrollo producen bienes de exportación que enfrentan tarifas aduaneras muy altas en los países industrializados, 2,5 veces mayores que la tarifa que afrontan los bienes de manufacturas tecnológicamente avanzadas.

En la citada reunión de los gobernadores del FMI y el Banco Mundial se afirmó que "es esencial que los países desarrollados liberalicen sus mercados y eliminen los subsidios distorsivos, incluyendo las áreas de agricultura, textiles e indumentaria, que son de particular importancia para los países en desarrollo." Además se afirmó que "la liberalización multilateral del comercio es una prioridad crucial para los próximos meses que tiene el pleno compromiso político de los ministros."

Los países industrializados agrupados en el G-7 son los únicos que pueden definir si el mundo avanzará hacia una globalización equitativa en la reunión de la Organización Mundial del Comercio en Cancún (OMC), en septiembre. Si es que no sufren de esquizofrenia habría que esperar que estos gobiernos tomen en serio la liberalización comercial que es crucial para erradicar la pobreza.

Un camino muy trabado

Para evitar un fracaso en la reunión de Cancún debe haber coherencia en los compromisos, pero para que haya coherencia debe surgir un liderazgo responsable. Cuando en la década de los 90 se estancó la Ronda Uruguay, se pudo avanzar gracias a que se pusieron de acuerdo los socios mayores de la OMC; el diálogo directo entre la Unión Europea y los Estados Unidos permitió concretar la cumbre en 1993 en la Casa Blanca, en la cual el entonces presidente de la Comisión Europea, Jacques Delors, y el presidente Clinton destrabaron el camino hacia el Tratado de Marrakesh.

Hoy la situación parece distinta, ya que el diálogo transatlántico está debilitado por los desacuerdos acerca de la crisis en el Oriente Medio. El conflicto en Irak no parece contribuir a un buen entendimiento entre los Estados Unidos y la Unión Europea, principalmente Alemania y Francia, países que son decisivos a la hora de definir los compromisos de la negociación.

Mientras no surja un claro liderazgo al máximo nivel político, que hoy está ausente, es difícil que se registren progresos en la reunión de Cancún, a pesar de lo que digan los ministros de finanzas en el ámbito del FMI y el Banco Mundial.

El autor es el representante argentino en la Junta Directiva del Banco Mundial.

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