Libertad y calidad de expresión

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para La Nación
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31 de enero de 2000  

ASISTIMOS a un vigoroso despertar de la conciencia social acerca del impacto que ejerce la acción dañina del hombre sobre el equilibrio físico del planeta. Esta preocupación ecológica constituye, sin duda, uno de los rasgos distintivos de este tiempo. Mediante la denuncia de las más variadas formas de agresión a nuestro patrimonio natural común, numerosas coaliciones sociales han logrado que tanto los estados nacionales como las organizaciones supranacionales elaboren normas destinadas a preservar el patrimonio físico y biológico. Legar a las generaciones que nos siguen un planeta que pueda ser vivido constituye el principio que orienta estos esfuerzos de la humanidad.

Sin embargo, a pesar de que hemos advertido claramente los riesgos de la contaminación del medio ambiente, no identificamos aún el grave peligro que acecha a un ambiente no menos trascendente: nuestro propio interior. El filósofo Philip Novak resume muy bien esta situación cuando dice: "La abundancia informativa resulta atractiva hasta que comprendemos que nos puede arrebatar la paz, un derecho espiritual de nacimiento. Así como recién estamos descubriendo el imperativo de desarrollar una relación armónica con la naturaleza, posiblemente también debamos advertir la necesidad de una ecología interior, una ecología de nuestra mente".

Bombardeados por datos que no alcanzamos a interpretar, aturdidos por el escándalo creado por quienes se disputan nuestra atención con la avidez de transformarla en dinero, nuestro propio interior está siendo velozmente invadido. Desprovistos de las herramientas para reflexionar y de la disposición a hacerlo, indefensos, comenzamos a perder hasta la capacidad de concentrar nuestra atención. No es casual que las imágenes de las pantallas televisivas se sucedan a un ritmo vertiginoso y violento, que no sólo hace imposible analizarlas sino que también nos impide percibir conscientemente los elementos que contienen. Excitados, ya no pensamos.

Pero, sin duda, el signo más peligroso de la situación actual es el proceso sistemático de demolición del lenguaje al que asistimos indiferentes cada día. Las imágenes televisivas vienen acompañadas, por lo general, del balbuceo de los nuevos y poderosos educadores que construyen el interior del espectador niño. Omnipresentes, se caracterizan por emitir frases incoherentes y utilizar un léxico cuya alarmante limitación no hace sino reflejar interiores devastados por una educación empobrecedora. Estos nuevos maestros electrónicos recurren permanentemente a la grosería, no para escandalizar, sino porque carecen de un vocabulario más amplio y sofisticado. Chicos y grandes estamos siendo educados por ignorantes que, para peor, viven en una feliz inconsciencia porque ni siquiera saben que no saben. Lo grave es que nos estamos acostumbrando aceleradamente a aceptar esta situación como normal.

Felizmente, es amplio el consenso social acerca de la necesidad de garantizar la libertad de expresar todas las ideas, de informar sobre todo lo que sucede, de difundir las opiniones vertidas desde todas las perspectivas. Pero tal vez haya llegado el momento de discutir si es posible dejar que, bajo la protección de esa libertad de expresión que pretendemos preservar, se contamine aviesamente nuestro paisaje íntimo con conductas escandalosas, con una permanente apelación a lo peor y, sobre todo, utilizando desde el aula electrónica un lenguaje paupérrimo.

Otras alternativas

Este despojo resulta aún más grave en momentos en que la escuela sufre fuertes presiones para desertar de su misión de mostrar que existen otras realidades, que hay otras alternativas. Aunque defendemos la libertad de comercio, no nos alarma que el Estado controle estrictamente la calidad de la leche, de las carnes o de los medicamentos. Nos indignamos cuando no se respetan las normas de salubridad pero, desentendidos de la salud interior, no nos atrevemos ni siquiera a promover la discusión acerca de la calidad del alimento cultural. Conmueve ver a los ecologistas empeñados en limpiar indefensas aves empetroladas, pero no surge una suerte de Greenpeace del medio interior, interesada en limpiar a tantas personas vulgarizadas, atacadas por dentro por una corrupción que, aunque no se vea, resulta fácil de percibir.

En momentos en que se propone rediscutir el papel que en el ámbito de las comunicaciones corresponde al Estado, sería importante que se comprendiera que éste, en nombre de todos, debería constituirse en custodio no sólo de la libertad de expresión sino también de la calidad de expresión. Debemos advertir que, así como el planeta corre graves riesgos físicos si no actuamos para evitar la contaminación ambiental, similares peligros acechan a la naturaleza humana si persistimos en contaminar el interior de nuestros jóvenes con lo peor del hombre, expuesto, además, en una jerga que implica un claro retroceso en la evolución cultural. Es que privar a las personas de palabras equivale a escamotearles la capacidad de pensarse, de pensar el mundo y de expresar esas ideas, rasgos esenciales de la construcción de lo humano.

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