Lilita, oportunidad o límite de Cambiemos

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
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21 de octubre de 2018  

El aporte de Elisa Carrió en Cambiemos puede ir por encima de sus propios propósitos, más allá de sus recurrentes planteos y del impacto en la paciencia que sus irrupciones provocan en sus socios, en especial en quienes ejercen el poder concreto.

Amenaza y oportunidad, la crisis a la que la dirigente sometió a la coalición es, por debajo del hecho político en sí mismo, una invitación a repensar qué es una alianza.

Por principio, una coalición es siempre transitoria y su continuidad siempre está en juego. ¿Es eso grave? No, lo provisorio está en su naturaleza, lo que obliga a acostumbrarse a convivir en cierta precariedad y convierte en un deber mantener la sociedad. En un sistema presidencialista como el argentino las alianzas tienen mucho menos posibilidades de ser flexibles y siempre están sometidas a la cultura vertical del mando. Es Mauricio Macri el responsable final de fijar los límites de tolerancia.

Si una alianza puede ser definida como un acuerdo entre diferentes, debería ser obvio, aunque nunca se lo acepte del todo, que quienes coinciden militen en una fuerza o, como desde hace 25 años, después del desguace de los partidos tradicionales, bajo un liderazgo personal.

Fuente: LA NACION

El Pro es una construcción casi individual de Macri, que con el tiempo generó nuevos dirigentes que lo hacen parecer cada vez más a un partido. ¿Podrían disputarle poder a Macri esos nuevos líderes cada vez más autónomos como María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta? Ya lo están haciendo.

Los planteos principistas de Lilita incomodan al macrismo por dos razones. Quien en estos casos habla primero elige el mejor lugar, el más cómodo. Y la jefa de la Coalición Cívica se ubicó ella misma en el lugar de los principios. Citando a las grandes religiones como sustento, ella y solo ella se presenta como pura e incontaminada. No es difícil descubrir que ese esquema convierte al resto en pecadores responsables de la corrupción que ella combate -hay que aceptarlo- con consecuencia y no siempre acompañada por la sociedad.

En ese planteo que puede terminar siendo indigerible para una cultura que acepta los gritos pero nunca las discusiones en profundidad, anida, sin embargo, una ventaja potencial para Cambiemos. Esa alternativa consiste en multiplicar su diversidad aun al extremo de caerse en el abismo de las incompatibilidades sin retorno.

Las alianzas políticas se hacen para aumentar las adhesiones electorales, antes y después de todo, y se enriquecen cuando pueden administrar su variedad de criterios, que a la vez convocan a sectores distintos.

Mirado con un optimismo fuera de borda, si en Cambiemos el rol de Lilita es mantener principios intransigentes (palabra que en otra época de la Argentina tuvo un significado preciso), el de Macri y su gente es tener sentido práctico para gobernar. El de los radicales, por su parte, es velar por los intereses de los sectores medios que alguna vez representó en forma más abarcativa. Todo eso es teoría aplicada a los datos ideales. Distinta es la realidad: Carrió puesta en inquisidora de sus socios, Macri lejos de ser eficiente como presidente y los radicales en el limbo.

Una cosa es que todos los socios descubran la conveniencia de la diversidad. Y otra, distinta, que Carrió elija el camino de Chacho Álvarez, de cuya explosiva pero inoperante renuncia a la vicepresidencia se cumplieron 18 años el 6 de octubre.

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