Literatura de hospital

Maximiliano Tomas
Maximiliano Tomas PARA LA NACION
En ocasiones la lectura depende menos del entorno que de una adecuada disposición emocional
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5 de marzo de 2015  • 00:44

Los hijos, escribió Sergio Bizzio, son una industria del terror. No se puede entender del todo la contundencia de esta idea hasta no haber tenido hijos; después, uno ya no logra desentenderse de la frase nunca más. La puesta en escena de esos terrores puede ser tan vasta como lo es el mundo, pero uno de sus escenarios frecuentes son los hospitales. Cuando las internaciones son largas, ese universo cerrado de pasillos, ecos, máquinas, camillas y delantales se transforma en una extensión siniestra del hogar, el lugar donde deben realizarse todas las actividades que uno preferiría estar haciendo en otro lado: comer, dormir, bañarse. Y también leer y escribir.

Hace dos años, por ejemplo, cuando mis hijas dormían sus plácidos sueños de incubadora, pasé noches enteras leyendo en pasillos, arrullado por un silencio artificial en cuyo fondo podía advertir el latido de las máquinas de terapia intensiva. En su momento me llamó la atención que no hubiera más gente leyendo en los cómodos sillones instalados en los pasillos, había buena luz y un ambiente de recogimiento ideal. Recién ahora, que vuelvo a vivir dentro de un sanatorio, entiendo que no todos estaban en mi misma situación, y que en ocasiones la lectura depende menos del entorno que de una adecuada disposición emocional. El terror suspende la posibilidad de entrega necesaria para la lectura, o al menos para la lectura literaria. Uno siempre disfrutará de leer sobre el amor y el odio, sobre la enfermedad y hasta sobre la muerte. Lo que no quiere es hacerlo en el lugar donde esas cosas suceden con asiduidad.

El terror suspende la posibilidad de entrega necesaria para la lectura, o al menos para la lectura literaria. Uno siempre disfrutará de leer sobre el amor y el odio, sobre la enfermedad y hasta sobre la muerte. Lo que no quiere es hacerlo en el lugar donde esas cosas suceden con asiduidad

Existe toda una literatura de hospitales, con la que podrían editarse varias antología de cuentos clínicos. Recuerdo el principio de El sur, donde Borges le hace sufrir a Juan Dahlmann una septicemia y su posterior hospitalización: "En esos días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la muerte". Thomas Mann, por supuesto: Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica, agota sus días en un hospital de tuberculosos. Literatura e internación: pocos cuentos más macabros sobre el tema que Siete plantas, de Dino Buzzati, una demoledora crítica de la maquinaria que, se supone, debe estar a cargo de velar por la salud de los enfermos. Literatura y cuidados paliativos: leer el célebre cuento En el cementerio donde está enterrado Al Jonson, de Amy Hempel. Existe incluso un médico devenido escritor, Samuel Shem (Stephen J. Bergman), que ha escrito una novela llamada La casa de Dios, una visión satírica y oscura de la vida intrahospitalaria que los estudiantes de medicina de los Estados Unidos consideran de lectura obligatoria. Allí los pacientes sobreviven, siempre y cuando los médicos no los atiendan.

Si las guerras del siglo XX produjeron legiones de mutilados y enfermos, la literatura estadounidense dio cuenta de ellos en innumerables libros. Los grandes maestros del cuento (Fitzgerald, Hemingway, Cheever, Salinger) supieron retratar las esquirlas que dejaron las guerras en el cuerpo y en la mente de los combatientes. Y sus lentas y largas recuperaciones. Uno de los que mejor lo hizo fue Richard Yates (1926-1992) en su libro de relatos Once tipos de soledad. Yates peleó en la Segunda Guerra, enfermó de tuberculosis, fue internado en un hospital de veteranos y cuando decidió dedicarse a la literatura ficcionalizó parte de esa traumática experiencia. La espera y el tedio, la nueva sociabilidad que se establece entre los internados, el choque entre la aparición esporádica de las visitas, que traen noticias del mundo exterior, y la cotidianeidad gris y homogénea de la vida entre los muros de un hospital atraviesa buena parte del libro, y es central en cuentos como "Ningún dolor" y "Abajo con el viejo". El de Yates es uno de esos raros casos en que el reconocimiento público de su obra se demora eternamente: a pesar de ser considerado un maestro por varios de los mejores escritores de su país, sus libros son inhallables en la Argentina. Debido al estreno en 2008 de la película Revolutionary Road, basada en una de sus obras, en España se rescataron algunas de sus novelas. Pero desde hace una década que Once tipos de soledad espera una reedición (las Once maneras de sentirse solo, en la humillante traducción de RBA, no cuenta). Es más, pocos saben que existe otro libro de relatos de Yates aún inédito en castellano, Liars in love. Ese sí que es un libro que me gustaría leer, una vez que abandone esta clínica ruidosa de la avenida Juan B. Justo y vuelva, con el ánimo ya templado, a la tranquilidad de mi casa.

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