¿Llegarán los candidatos al ballottage?

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11 de mayo de 2003  

Los atajos son diferentes. Menem sabe que camina hacia una derrota irreversible, aunque a veces lo sacude una fugitiva ráfaga de esperanza. Kirchner ya casi no piensa en el ex presidente, pero sí bosqueja la forma en que esquivará el infaltable abrazo del monumental aparato duhaldista.

Menem no ha dado ningún síntoma personal de que barrunte siquiera la posibilidad de una renuncia a competir en la ronda final. No es cierto, sin embargo, que ese proyecto está totalmente ausente de las cavilaciones que se hacen delante del propio Menem. Recibe consejos contradictorios todos los días, más aún ahora, cuando las encuestas ya son contundentes anunciando su derrota.

Los consejos no refieren sólo a la manera de huirle a un fracaso electoral (el primero que el ex presidente sufriría personalmente en su vida política); también le muestran el fantasma de otras catástrofes. Será una carnicería , le dicen. Aluden a supuestas persecuciones judiciales que podrían abatirse sobre Menem y sobre varios miembros de su círculo de amigos más cercanos.

Algunos menemistas han comenzado un autoexamen sobre la campaña de soberbia que hicieron hasta el 27 de abril. Esa arrogancia consistió en un triunfalismo sin argumentos y en mensajes más secretos para imponer el temor, advirtiendo sobre revanchas inevitables, hacia poderosos sectores sociales y económicos. Muchos aceptaron la condición ineludible del regreso de Menem, mientras la sociedad urdía otra salida política.

Ahora, cuando ninguna noticia es buena, los mismos amigos de Menem que edificaron aquellas fatuidades son los más temerosos ante la perspectiva del desastre. Nadie explica si la supuesta carnicería sería obra de una justicia correcta o de una persecución política. Después de todo, la justicia argentina es todavía la que construyó, con perseverancia digna de mejores causas, el propio menemismo en su década de poder.

Aun si la perspectiva fuera tan atroz (y nada indica que tal paranoia tenga sustento), ¿una capitulación podría salvar al menemismo? Probablemente el resultado sería aún peor que atravesar por la experiencia política, siempre posible, de una derrota.

Terminado el escrutinio definitivo sin objeciones de los apoderados de los candidatos y consumado el acto parlamentario de consagración de las dos fórmulas del ballottage, ningún argumento serviría para disimular que la renuncia no sería más que una fuga desordenada. La derrota se expresaría así en la sensación colectiva con igual fuerza que en el cuarto oscuro.

Pero sería una decisión institucionalmente más grave, que la opinión pública podría no perdonar. Una renuncia de Menem condenaría al sistema político a convivir con un presidente que sólo fue votado, en primera vuelta, por poco más del 22 por ciento de los electores. ¿Cómo se gobierna un país que viene de la crisis más profunda de su historia con tan poca legitimidad popular? ¿Cómo, cuando el trabajo del próximo presidente necesitará de la comprensión social más que de cualquier otra cosa? Por eso, el presidente Duhalde también le está haciendo un colosal daño a la estabilidad política cuando lo desafía a Menem a abandonar la elección; el otro le contestó que él estaba todavía en el centro del ring . Ese duelo, que se parece más al de dos rufianes borgeanos que al de dos políticos de talla, es una rémora triste de la Argentina que se va.

Kirchner no dará su gabinete antes del próximo domingo, salvo que alguna novedad le marcara la necesidad de un contundente acto preelectoral. Esa decisión crucial de un presidente (notificar a la sociedad de su primer gabinete) la tomará cuando, si se cumplen los pronósticos actuales, tenga en sus manos el caudal de votos necesarios. Si lo hiciera antes del domingo, el duhaldismo lo someterá a un acoso insoportable.

Duhalde ha comenzado a conocer el genio del candidato: canceló un viaje internacional, una cumbre presidencial en Perú, prevista para los días 20 y 21 de mayo. No quiere estar lejos de Kirchner cuando éste descubra, por fin, su política y su estrategia.

Los duhaldistas se mueven en un paisaje desconocido. Acostumbrados a participar de las asambleas caóticas de Duhalde (y de las de Menem en su tiempo), se toparon con un político que admite reuniones de muy pocos y que se limita a tratar los temas preestablecidos; sólo suministra la información esencial y parcial que cada interlocutor necesita. Nos tabicó a todos; ésa es la verdad , reconoció un duhaldista puro y duro.

Kirchner ha hecho su primer viaje al exterior como político; antes sólo realizó muy pocas salidas privadas al extranjero, llevado más por la insistencia de su esposa que por sus gustos personales. Como un patagónico de tomo y lomo, a Kirchner el mundo le es un lugar demasiado lejano y desconocido.

Los presidentes Lula y Lagos lo incitaron a reconstruir una alianza en el sur de América y el líder brasileño fue más allá aún: le propuso poner en marcha, cuanto antes, el Parlamento del Mercosur. Brasil no es un país imperial, sino un país pobre , le deslizó Lula como para matar en el aire los temores que comenzaban a sobrevolar la diplomacia argentina, siempre prevenida de no caer bajo los influjos de Itamaraty.

Kirchner se encontrará con un cuerpo profesional de diplomáticos (un sector del Estado que se preservó del derrumbe) dispuesto a seguir con los cuatro ejes de la política exterior argentina: el Mercosur, los Estados Unidos, la Unión Europea y la relación comercial con China. Por ahora, Kirchner ha enviado sólo mensajes inconfundibles de buena voluntad al sur de América.

Es cierto que George W. Bush ha instrumentado políticas que convocan muy pocas simpatías en el mundo y que algunas de ellas son cuestionables desde el derecho internacional. Pero hasta Francia y Alemania están intentando recomponer las relaciones con Washington, estropeadas por la guerra en Irak. Si París y Berlín han comprobado que Estados Unidos existe, guste o no, es poco probable que la Argentina pueda ignorar ese hecho cardinal del mundo de hoy. La diferencia estriba en las formas de ese acercamiento que, después de la locuacidad antinorteamericana de Duhalde, se parecerá más a una reconstrucción.

La Argentina integra, junto con Chile, Uruguay y Colombia, un cuarteto que en los últimos años hizo buenos equilibrios entre Estados Unidos y Brasil, los viejos competidores del continente. Una corriente del pensamiento latinoamericano (que la Argentina no integra) sostiene que tratar de integrar a México a los ejes de la región es una tarea inútil, porque ya está definitivamente aliado a Estados Unidos.

La historia más reciente ha rebatido esa idea. Aún cuando gran parte de su comercio exterior lo tiene comprometido con su poderoso vecino, México ha dado muestras de independencia en política exterior. Washington no lo llevó de la nariz a Vicente Fox hacia su guerra en Irak.

Roberto Lavagna aspira a cumplir con todos los compromisos con el Fondo Monetario antes del próximo vencimiento improrrogable de 3000 millones de dólares, en septiembre. Prefiere retener la novedosa simpatía del organismo, que incluye ahora a la indómita Anne Krueger, porque no sabe si esta vez contará con la decisión política de Washington en favor del acuerdo.

Se la mire por donde se la mire, la política exterior es más compleja que disfrutar de la enorme simpatía natural de Lula da Silva y de la solvencia intelectual de Ricardo Lagos.

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