Lo inútil de ciertas corazas

Diana Fernández Irusta
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27 de noviembre de 2018  

Toda una vida caminando esta ciudad, y uno ya sabe: hay que hacerse con la piel dura; ejercitar la mirada que ve y, al mismo tiempo, puede seguir de largo. Toda una vida caminando esta ciudad, puliendo la maldita coraza, y calle Florida, hace apenas unas semanas. Fue un segundo, porque a punto estuve de no verlos. Fue un segundo en que las miradas se cruzaron, y ese chico, nueve u ocho años, y los ojos que eran súplica, desconcierto y una ternura de esas que hacen dar un vuelco al corazón.

Fue un segundo, porque ya los había dejado atrás. Pero volví sobre mis pasos. El pibe estaba con su mamá. La mamá sostenía una plancha de cartón primorosamente recubierta de papel. Sobre ella, hebillas de tela para el pelo: flores, moños, diseños de fantasía que hacían pensar en una tarde larga, una mesa hogareña, cintas y retazos, y un par de manos hábiles que los convertían en discretas piezas de belleza.

Volví sobre mis pasos siguiendo, más que la estela de las hebillas, el hilo invisible que colgaba de la mirada de ese niño.

Fingí interés en lo que estaban vendiendo -nunca uso hebillas para el pelo-; los miré un poco más de cerca: madre e hijo estaban en la calle, pero tenían los gestos de quienes acaban de caer. La marca del recién llegado. "¿Me ayudás a elegir?", le dije, y otra vez esa mirada. Los ojitos brillantes, tan de niño, ahora quizás apenas menos asustados, y una sonrisa como escapándosele de entre los labios. Dale, juguemos. Dale que vos me vendés y yo te compro. Dale que la vida es otra cosa y no este circo feroz, y dale que no estamos en medio de una calle que hace rato va barranca abajo. Dale que estamos en un patio de juegos. Y tu mamá está cerca como ahora, pero solo mirándote jugar, y no con esa mirada -ella también- que delata un dolor tan pero tan hondo.

Me ayudó a elegir. Elegí dos. Seguimos jugando. "¿Me cobrás vos?", le dije. Otra vez, la sonrisa tímida iluminándole el rostro. Tomó el billete, se lo dio a la mamá, me dio el vuelto.

Yo estaba apurada, como de costumbre. Con la coraza maltrecha, pero coraza al fin. No le pregunté siquiera cómo se llamaba. Seguí mi camino, la agenda apretada, las horas que no alcanzan. Y la mirada de ese chico, que no se me iba de la mente, y que allá permaneció, el resto de ese día y varios de los que siguieron.

Pensé en Alan Kurdi, el niñito sirio que hace tres años amaneció ahogado en una playa de Turquía. Quién no sabía del desastre que ocurría en el Mediterráneo; quién no estaba al tanto de las pateras, los migrantes, las diversas catástrofes que los empujaban a una Europa prescindente. Pero tuvo que circular esa foto para que, al menos por un instante, algo de esa tragedia se hiciera realmente intolerable. Y ese algo fue el color de piel de Alan Kurdi, sus pantaloncitos, la remera. Tan lejano y tan igual a cualquiera de nuestros hijos.

Pensé también en "Ropa de niña", el artículo que Arturo Pérez Reverte publicó en 2012, cuando los coletazos de la crisis financiera se ensañaban con España. Una señora, en una calle de Gijón, vendía ropa infantil. Delicados vestiditos -¿de una hija, una nieta?- que seguramente había sacado del arcón de los recuerdos inmaculados y, empujada por un alud provocado por otros -y regido por fuerzas para las que ella era uno más entre millones de seres prescindibles-, allí estaba, en la calle, vendiendo lo único que tenía, su mayor tesoro, lo poco que le quedaba. Por sus modos y aspecto, aquella mujer podría haber sido la madre o la abuela de Pérez Reverte. Y eso, lo electrizante de la cercanía, fue lo que lo conmovió al escritor español.

Niños en la calle, hay muchos. Niños en la calle con la ropa recién lavada y planchada, tímidos y azorados, tocando las teclas de un desamparo que nunca antes habían conocido, pocos. Pero -la noticia- unos y otros son niños. Y su abandono, un escándalo. Y ciertas corazas, algo cada vez más parecido a la necedad.

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