Lo que falta es un plan económico

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
(0)
20 de agosto de 2000  

Hay dos clases de ministros de Economía. Algunos son minimalistas : anuncian de continuo medidas concretas pero limitadas, fragmentarias. Arreglan este o aquel problema. Van avanzando en su gestión paso tras paso, gradualmente, lo cual les permite atender cada asunto por sus propios méritos pero priva a la sociedad, al mismo tiempo, de una visión global.

Hay otros ministros de Economía a los que llamaríamos maximalistas : presentan de entrada un plan integral dentro del cual encajan numerosas medidas simultáneas y, una vez que lo han lanzado, se dedican a hacer los pequeños ajustes que la realidad les va exigiendo. Comunican a la sociedad la convicción de que hay un proyecto, de que saben adónde van, aunque su riesgo es que en algún momento la realidad, como un "reservado" que resiste la cincha y el recado, les empiece a corcovear.

Hay un tiempo para minimalistas y otro para maximalistas. Si un país ya ha resuelto sus grandes dilemas económicos y marcha hacia un destino seguro, le conviene la minuciosa paciencia de los minimalistas, esa sucesión de pequeños retoques que lo mantienen en el curso ya fijado. ¿A qué reclamar, en tales casos, la visión grandiosa de un maximalista?

Pero en la situación contraria, cuando un país se encuentra en medio de una crisis económica que amenaza prolongarse, el minimalista se parece a un médico que receta aspirinas a un enfermo grave. Como a las crisis las acompaña el desconcierto de los que las padecen, en estos casos la impresión de la gente es que el ministro minimalista no sabe adónde va. En tal circunstancia, el desconcierto amenaza convertirse en pesimismo. Pero la economía contiene una alta dosis de psicología. Si todos desesperan por encontrar una solución, difícilmente la encontrarán.

Si en medio de la crisis un maximalista anuncia en cambio un plan, también le comunica a la sociedad un proyecto, un destino. Lo critiquen o no, todos sienten entonces que hay un rumbo. Quizá la receta global del maximalista sea, al fin, cuestionable. Pero mientras esto no se demuestre, el país se mueve. Cuando todos creen que hay un futuro, terminan por crearlo.

En 1933, cuando los Estados Unidos crujían en medio de la mayor crisis económica de su historia, un nuevo presidente, Franklin Roosevelt, les propuso un plan audaz. Hoy, los historiadores económicos señalan que el plan de Roosevelt contenía importante fallas. Pero los Estados Unidos salieron pese a ello de la crisis. Lo que los salvó no fue la bondad técnica del plan económico de Roosevelt, sino la energía que inyectó en los inversores, en los productores, en la sociedad.

De Cavallo a Machinea

No se trata de que los maximalistas sean mejores que los minimalistas, o viceversa. De lo que se trata es de determinar el perfil del tiempo que atraviesa un país, para saber qué clase de ministro de Economía necesita.

En 1989, con el país en plena hiperinflación, el presidente Menem apeló primero a una serie de ministros minimalistas. Pero ni el equipo de Bunge y Born ni Erman González curaron al enfermo grave, porque recetaban aspirinas. En 1991, Menem convocó al maximalista Cavallo, que presentó su plan de convertibilidad. No sólo la hiperinflación fue derrotada. El país tuvo, además, la sensación de un rumbo. Cundió el optimismo. No puede asombrar por ello que Menem-Cavallo ganaran tres elecciones sucesivas, las elecciones parciales de 1991 y 1993 y la elección presidencial de 1995, mientras el país crecía a un ritmo que no conocía desde los años veinte: un seis por ciento anual.

En 1996, Menem despidió a Cavallo. Llamó entonces al minimalista Roque Fernández. Pero el plan de convertibilidad estaba inconcluso y, quizás, agotado. Si bien la inflación había sido abatida, irrumpió la desocupación. El gran error de Menem y Roque Fernández fue suponer que de ahí en adelante bastaban aspirinas. Se dijo, después de Cavallo que el avión de la economía volaba "en piloto automático". Pero el "reservado" había vuelto a corcovear en el corral.

En diciembre de 1999, cuando Menem entregó el poder a De la Rúa, la situación económica del país se había agravado. En vez de la hiperinflación, ahora lo asediaban la recesión y el agravamiento de la desocupación. Había llegado la hora de convocar a un nuevo maximalista.

De la Rúa, sin embargo, no lo entendió así. Convocó al minimalista Machinea, que a partir de ahí se concentró en producir una serie de medidas parciales como el "impuestazo" y un tímido ajuste del gasto público. Estas medidas, quizá necesarias, sólo apuntaban a un aspecto de la situación económica global: el déficit del presupuesto. Desde la perspectiva macroeconómica, sólo eran aspirinas.

La gente se encontró así frente a un doble problema. De un lado, la recesión y la desocupación le dolían tanto como la hiperinflación de una década atrás. Del otro, sentía que el Gobierno no le ofrecía una hoja de ruta, un rumbo, un plan. De este modo, a las dificultades objetivas de la situación económica y social se agregó el factor subjetivo del desaliento: la "mala onda" de los argentinos.

Hacia una nueva etapa

La democracia es un constante aprendizaje. Cuando algo no anda, sólo es negativa la línea que describe, en la superficie de las cosas, ese fracaso temporal. Pero más abajo, en lo profundo de las conciencias que experimentan el fracaso, progresa el aprendizaje. El error, después de todo, es el maestro de la vida.

De la Rúa y quienes lo rodean están aprendiendo. Advierten, cada día más, la necesidad de un ministro de Economía maximalista. Estas palabras son injustas para Machinea. Después de todo, es un excelente ministro y una excelente persona. Pero es un excelente ministro minimalista.

Debe decirse en descargo de Machinea, además, que aun cuando hubiera querido forjar un plan económico, no habría podido hacerlo por falta de poder. Cuando Cavallo lanzó el plan de convertibilidad, en los hechos era un primer ministro a cuyo cargo estaban directa o indirectamente todas las carteras económicas y sociales del gabinete.

No es éste el caso de Machinea. Las obras públicas están en manos de Gallo. Trabajo es de Flamarique. El desarrollo social le corresponde a Fernández Meijide. Al lado de ellos opera, además, un jefe de gabinete de fuerte personalidad como Terragno. Si a esto se suman otros cuatro economistas en torno del Presidente, como Rodríguez Giavarini, López Murphy, Llach y Santibañes, se comprueba que el antiguo poder del ministro de Economía ha sido descuartizado.

Tenemos entonces un doble problema. De un lado, un ministro de Economía minimalista. Del otro, un mínimo poder para el ministro de Economía. En esas condiciones, el maximalismo que necesita el país es imposible.

Han empezado a circular rumores de que De la Rúa tiene in pectore el nombre de un nuevo ministro de Economía maximalista. La circulación de estos rumores probablemente infundados responde sin embargo a la lógica de la situación. Más temprano que tarde, el Presidente deberá encarar el paso del minimalismo al maximalismo. Cuando lo haga, también tendrá que ofrecerle a quienquiera sea su candidato a ministro de Economía el contralor efectivo de las áreas económica y social del gabinete que Machinea no tiene.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.