Lógica de la sinrazón

Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa PARA LA NACION
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22 de agosto de 2001  

LO peor que ocurre en Medio Oriente no es el extremo demencial de salvajismo que ha alcanzado el enfrentamiento entre palestinos e israelíes, los crímenes que unos y otros perpetran a diario contra el adversario disfrazándolos siempre como "represalias", sino el eclipse de todas las esperanzas de una solución pacífica del conflicto que hicieron nacer los acuerdos de Oslo de 1993. Nadie se acuerda de ellos ahora. Ambos adversarios parecen haber llegado al tácito acuerdo de enterrarlos definitivamente. Ya no se trata de pactar una fórmula de convivencia mediante concesiones recíprocas, como acordaron los negociadores en las secretas conversaciones de Noruega, sino de golpear al enemigo hasta rendirlo por el terror, e imponerle una solución. Como esto no va a ocurrir, todo indica que la vertiginosa hemorragia de sangre y de crímenes en Medio Oriente continuará, por tiempo indefinido.

Preguntarse cuál de los adversarios es el culpable del fracaso de Oslo es una temeridad, porque, salvo para quien tiene una opción tomada de antemano respecto de la naturaleza del conflicto palestino-israelí, lo cierto es que, desatada la ofensiva terrorista recíproca en que ambos están embarcados, las razones que esgrimen palestinos e israelíes para explicarla tienen una fuerza persuasiva equivalente y encarnan ejemplarmente aquellas "verdades contradictorias" sobre las que teorizó Isaías Berlin. Tal vez sea más útil describir la secuencia que ha ido destruyendo el clima de optimismo y expectativa que los acuerdos de Oslo hicieron posible, hasta llegar a la trágica situación actual. Aunque nunca se llegaron a aplicar con absoluta fidelidad las disposiciones acordadas en Oslo, la verdad es que, mientras estuvo en el poder en Israel el Partido Laborista, que había negociado aquellos acuerdos, hubo progresos reales -aunque muy lentos- en su implementación y un clima de coexistencia entre ambas comunidades que mantuvo viva la esperanza. La derrota de Shimon Peres y la subida al poder del Likud, con Bibi Netanjahu a la cabeza, fue el primer revés serio para aquellos acuerdos. El nuevo gobernante, que ganó su mandato criticando Oslo, precisamente, puso, en la práctica, un freno sistemático a lo allí acordado, aunque de palabra se comprometiera a cumplir con los compromisos adquiridos por Israel. Esta política fue muy bien recibida, del lado palestino, por los extremistas de Hamas y de la Jihad Islámica, que habían criticado a Arafat por su moderación en Oslo y profetizado el fracaso de estos acuerdos.

Prédica maximalista

Así comienza la lógica de la sinrazón a suplantar, poco a poco, el pragmatismo y la sensatez que, en 1993, parecían haber enrolado a palestinos e isrealíes en un proceso de paz susceptible de desembocar en una solución definitiva del conflicto árabe-israelí. La subida al poder del laborismo con Ehud Barak no consiguió revertir este proceso, sólo demorarlo. Sin embargo, en las conversaciones auspiciadas por el presidente Clinton en Camp David, en julio de 2000, Israel hizo las más amplias concesiones que había hecho nunca a las tesis palestinas. Barak aceptó reconocer la jurisdicción del futuro Estado Palestino sobre casi el 95 por ciento de los territorios de la orilla occidental del Jordán y la Franja de Gaza, y consintió en que los palestinos asumieran responsabilidades importantes en la administración y el gobierno del Jerusalén oriental, algo que ni 1as más avanzadas "palomas" de lsrael se habían atrevido a proponer.

¿Por qué no aceptó Arafat esta propuesta, seguramente la mejor que cabía esperar en términos realistas para la causa palestina? Por miedo a los extremistas de Hamas y de la Jihad Islámica, cuya prédica maximalista, sumada a la ineficacia y corrupción de la Autoridad Palestina, le había ido mermando el apoyo popular. Su insensata contrapropuesta de incluir en el acuerdo "el derecho a1 retorno" de toda la diáspora palestina, cuya consecuencia inevitable sería la desaparición de Israel bajo la marea demográfica, trajo consigo el fracaso de la reunión cumbre de Camp David.

De esta manera, Arafat demostró que le interesaba más el poder que la causa palestina, y, también, que, además de pésimo estadista, era un cínico, dispuesto a mantenerse en el gobierno aun cuando el precio de ello fuera servirles en bandeja el poder a sus enemigos jurados, los halcones de Israel.

Las concesiones que Ehud Barak hizo en Camp David a fin de precipitar la paz, no convencieron a Arafat, pero, en cambio alarmaron a un sector muy amplio de la sociedad israelí, que quería la paz con los palestinos, sí, pero no a semejante precio. Además, el rechazo de Arafat convenció a muchos israelíes del centro y de la izquierda -entre ellos una de las personalidades más comprometidas con la causa de la paz, como el escritor Amos Oz-, que hasta entonces habían apoyado Oslo y el proceso de paz, de que Arafat no resultaba persona de fiar y que, probablemente, era cierto lo que Ariel Sharon y la extrema derecha israelí venían sosteniendo desde 1993: que era una ilusión hablar de Arafat como un moderado; que la única diferencia entre él y los extremistas palestinos era de apariencia y de verbo, pero que, en el fondo, como la Yihad Islámica y Hamas, su designio último era la destrucción de Israel.

Política de la fuerza

La subida al poder de Ariel Sharon enterró Oslo definitivamente. Su lógica, aunque en las antípodas de los extremistas palestinos, comparte los supuestos apocalípticos y maniqueos en que éstos encaran el conflicto. Para Sharon no hay moderados y radicales entre los palestinos; todos ellos constituyen una entidad homogénea unida por un propósito común, que es destruir Israel -"echar a los judíos al mar"- y, por lo tanto, la única política posible ante semejante amenaza es la de la fuerza y el amedrentamiento. Hacer pagar con creces todas las acciones terroristas, mediante ejecuciones selectivas, destrucciones de propiedades, extendiendo las colonias judías en el interior de los territorios ocupados y dividiendo y subdividiendo a éstos con barreras y pasos forzados hasta tener encuadrada y poco menos que inmovilizada a la población palestina, ni más ni menos que en un campo de concentración. Sharon piensa que la gigantesca superioridad militar de Israel y el apoyo económico y político de Estados Unidos son suficientes para que este estado de cosas se mantenga indefinidamente. ¿Podrá vivir así, Israel, de manera indefinida, en ese estado de guerra latente y reprobado y criticado por todo el resto del mundo? ƒl piensa que sí, y, lo más grave, es que una mayoría de sus conciudadanos parece haberse dejado seducir por este razonamiento, pues apoya su política.

Los terroristas palestinos que hacen volar discotecas o pizzerías en Tel Aviv y Jerusalén despanzurrando niños y viejos piensan, también, que, en este conflicto, no hay término medio posible; la justicia, para el pueblo palestino, despojado de su tierra y convertido en paria por un ocupante extranjero, pasa por la liquidación del colonizador, por la destrucción de Israel. Es verdad que, desde el punto de vista militar, Israel es imbatible. Pero, como se ha demostrado hasta el cansancio en estas últimas semanas, la superioridad tecnológica de tanques, aviones y cañones israelíes, no hace invulnerables a las familias, a los transeúntes, a las mujeres y los hombres del común en Israel contra los coches bomba o los kamikazes, que pueden llevar sus cargas mortíferas por doquier.

¿Hay un límite para esta lógica del terror que en la actualidad preside 1a vida política en el Medio Oriente? Sólo si en el seno de las comunidades palestina e israelí se produce una reacción de los sectores moderados que en la actualidad se hallan secuestrados por la puja extremista. No hay, sin embargo, el menor indicio de que algo así esté por ocurrir. Los esfuerzos en el seno del Gobierno de Sharon de una persona tan respetable como Shimon Peres para contrarrestar la belicosidad de su primer ministro y hacer reflotar las negociaciones de paz, resultan cada vez más irreales y hasta patéticos. Y del lado palestino es obvio que Hamas y la Jihad Islámica tienen ahora, en cuanto a liderazgo se refiere, mayor autoridad que la del desprestigiado Arafat. En estas condiciones, algunos comentaristas piensan que Estados Unidos es la única potencia que puede, dada la cercanía que tiene con Israel, inducir al gobierno de Ariel Sharon a un cambio de política, a tomar unas iniciativas que, en un futuro próximo, resuciten la mecánica de la paz que hizo posible Oslo. Esto es bastante improbable, sin embargo, porque, dado el extremo a que han llegado las cosas, ¿cómo podría Sharon revertir la política que lo ha llevado y lo mantiene en el poder sin autoinmolarse, como lo hizo Ehud Barak en Camp David? Probablemente, no volverá a asomar una luz en el túnel en que se halla sumido el Medio Oriente hasta que, en una futura elección, una mayoría electoral desplace del poder a Sharon y los fanáticos fundamentalistas que lo secundan. Es algo que, si no mañana, pasado o traspasado mañana, puede ocurrir. Porque, no lo olvidemos, pese a los energúmenos que ahora lo gobiernan, Israel es la única democracia digna de ese nombre en todo el Medio Oriente.

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