Ciencia, humanismo y progreso

José Claudio Escribano
(0)
23 de noviembre de 2018  

Palabras pronunciadas por el autor anoche, en la Rural, en la comida por los Premios a la Excelencia Agropecuaria

Permítanme algunas reflexiones que proceden del campo de la filosofía: los viejos principios del humanismo no podrán ser olvidados, sino por el contrario, en medio de tantas y tan avanzadas innovaciones tecnológicas como las que experimentamos a diario. Esas innovaciones están presentes en la incesante potenciación de las capacidades agropecuarias. El problema es que en los alumbramientos, incluso los del progreso, acecha el dolor.

Si Kafka no se hubiera adelantado cien años a nuestro tiempo, acaso habría introducido en su famosa narración, La metamorfosis, alguna variante en lo que ha sido una de las más celebradas aperturas en la literatura universal: "Una mañana, tras un sueño intranquilo, Gregorio Samsa se despertó en su cama convertido en un monstruoso insecto". Había en la obra de Kafka una crítica a su propio tiempo, de modo que transportado ese espíritu a la actualidad, Gregorio Samsa se podría despertar mañana con que lo han sustituido en sus rutinas por un algoritmo. No hace más de unos minutos, yo mismo tuve el alivio de verificar que Marcelo Mc Grech era quien realizaba una vez más, como gerente de Agronegocios, la introducción por Banco Galicia de lo mucho que significan los Premios a la Excelencia Agropecuaria. No descarto que Marcelo se haya debatido en una incertidumbre parecida en cuanto a quién asumiría ese mismo papel en nombre de LA NACION.

Comprobamos a diario que casi no queda espacio para hablar de cuestiones trascendentes sin que emerjan las implicancias de la revolución digital y de la inteligencia artificial que penetran hasta en la cotidianeidad de nuestra vida doméstica. Quiero decir que estaba prevenido para que en lugar de la voz inconfundible y amistosa de Marcelo, hubiera debido oír la voz, todavía algo distante y metálica, dispuesta por un algoritmo.

En realidad, quienquiera que supere el estado de analfabetismo digital se halla preparado para recibir sin sorpresa innovaciones tan radicalizadas como la que había imaginado con alguna inquietud. Los ejemplos sobran. Ver drones sobrevolando lotes para informar sobre el estado de los cultivos, se va haciendo un hábito en el paisaje rural. Nadie los confundiría con ovnis, como habría ocurrido en un pasado reciente. En la cosecha de trigo que ha comenzado, más contratistas que en la cosecha anterior disponen de aplicaciones electrónicas para que los clientes exterioricen en tiempo real, desde celulares o computadoras, la emoción por el escrutinio definitivo de la campaña, mientras las máquinas avanzan sobre los sembradíos. Decenas de emprendimientos "agtech" brindan tecnologías de procesos y servicios de big data. A uno de ellos lo acaba de distinguir el presidente de la Nación.

Celebramos estos progresos. Prueban el grado y calidad de la interconectividad alcanzada. Ahora deberíamos comunicarnos por igual en la reflexión sobre las derivaciones de la revolución tecnológica en los vínculos interpersonales, y en definitiva, en lo que concierna al género humano como un fin en sí mismo. He oído decir al presidente de Telefónica que las comunicaciones de su empresa se multiplican exponencialmente, pero que el 50 por ciento de ese crecimiento corresponde a voces automáticas.

Seamos empáticos con gentes que temen por la estabilidad de los empleos. Hace un año, preguntaron a los españoles si consideraban positivas las innovaciones que se suscitan en la sociedad digital, y el 90 por ciento contestó que sí. Este año contestó positivamente un diez por ciento menos de esos encuestados. Tendencias de esta índole revelan que más que palabras de consuelo se necesita del impuso de una educación fortalecida, que forme hombres y mujeres preparados para las disciplinas que son parte de los retos del presente, y más todavía, del futuro.

Seamos conscientes de que todavía balbuceamos sobre un punto fundamental, que es decidir hasta dónde nos llevará la revolución en marcha y qué curso, y qué estatutos morales, habremos de darle, según nos interpelan desde la filosofía y las religiones. Sin limitaciones morales estaríamos clonando seres humanos.

Ustedes están al tanto de las cuestiones que se plantean desde las redes sociales con las fake news o noticias falsas. Se las elabora a escala planetaria. Arruinan a este o aquel gobierno o institución. Ensucian la reputación de tal o cual persona o se ensañan contra etnias. O viralizan, con más penetración insidiosa de la instalada, que la mayoría de los productores agropecuarios no hacen más que contaminar el planeta.

Esos daños se perpetran en ausencia de una doctrina sobre la responsabilidad por lo que circula en internet. Han afectado a sistemas de representación política consolidados desde antiguo. Seguramente una de las causas de esto coincida con el momento por el que atraviesan los medios de comunicación tradicional. Ha mermado su relevancia como intermediarios competentes en la difusión de informaciones y comentarios indispensables para la formación de la opinión pública y proyectar hacia el extranjero, con independencia de gobiernos de turno, los intereses permanentes de los respectivos Estados-nación. No dudo de que recuperarán, superado en reconversiones el desconcierto de la transición entre dos eras -la analógica y la digital-, el modelo de contenidos periodísticos y de negocios que resultó de gran valor para el funcionamiento regular de las instituciones representativas de la democracia.

La idea de que un algoritmo jamás podría suscitar los mismos afectos que un amigo, la asocio con un comentario de Carlos Moedas, portugués, comisario de Ciencia e Innovación para la Unión Europea. Moedas observó que así como todos estaríamos ansiosos porque el médico apele, a fin de atender nuestra salud, a las certezas de la inteligencia artificial, ninguno de nosotros querría, por nada del mundo, quedar estrictamente en manos de una inteligencia artificial, y por lo tanto, de un ente automatizado. Aspiraremos siempre a contar, en última instancia, con la confiable autonomía y dignidad de otro congénere, en el que procurará espejarse nuestra identidad única e irremplazable de seres humanos.

Esta oportunidad es apropiada para hablar de cuestiones decisivas de la contemporaneidad y de su impacto sobre el porvenir, porque nos hallamos entre gentes que provienen de uno de los sectores que con mayor inteligencia se ha impregnado de adelantos tecnológicos que, al servir al país, benefician a la humanidad. Hablamos, por añadidura, ante quienes se premiará esta noche por ser los mejores entre los mejores y ante quienes compitieron con ellos con títulos igualmente sobresalientes.

Se ha ido afirmando entre nosotros la conciencia de que las prácticas agropecuarias se realicen en consonancia con criterios sociales y políticos que han llegado para quedarse. Es enorme nuestra deuda con quienes han propulsado el cuidado de los suelos y su entorno, y es un nuevo toque de atención que Blackstone, un gigante mundial entre los fondos de inversión, haya decidido abstenerse de invertir en empresas cuyas prácticas no sean sustentables para el medio ambiente. Nueva advertencia de que la ciencia y el humanismo deben actuar de consuno. La sustentabilidad de las prácticas agropecuarias debe corresponderse con fundamentos científicos rigurosos y con la razonabilidad de normas que respondan al bien común, desentendidas de divagaciones ideológicas o de histerias circunstanciales, como la del energúmeno que estampó en una esquina de Pergamino: "Basta de fumigar", sin noción de lo que su simplicidad acarrearía para la alimentación del mundo.

No estábamos preparados para un año como el que tuvimos en la Argentina. Sin embargo, en renovada garra en la adversidad por infortunios económicos, financieros y climáticos de la que convendría contagiar a otras franjas de la sociedad, el campo ha sembrado en esta campaña unas 34 millones de hectáreas. Proyecta una producción total, entre las cosechas fina y gruesa, por un valor de bastante más de 30.000 millones de dólares. Si el clima acompaña, hasta podría llegarse al récord de una cosecha total de cerca de 140 millones de toneladas. Se encuentra, además, el país en línea para exportar carnes por 2000 millones de dólares, superior en 70 por ciento a 2017.

No todo está mal, como suele decirse con emperramiento masoquista que admirarían algunos personajes de Kafka. Hagámoslo notar entonces en esta nueva edición de premios en cuyo patrocinio se mancomunan, desde hace muchos años, dos instituciones de actividades bien diferenciadas, pero que comparten algo esencial. El principal activo de ambas es la confianza pública.

ADEMÁS
Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.