Los argentinos, ¿ingobernables o desgobernados?

(0)
30 de diciembre de 2001  

Uno de los observadores extranjeros que nos visitan me hizo hace unos días este comentario: "Ustedes no deberían preguntarse por la crisis que atraviesan ahora. Deberían responder, antes, a una pregunta más general: ¿por qué la Argentina estalla aproximadamente cada diez años desde la revolución de 1810?"

Frente a la más reciente de nuestras crisis, la del cacerolazo, caben entonces dos tipos de análisis. Uno es apreciarlo en toda su originalidad, como lo ensayó ayer en LA NACION Vicente Massot. El otro es juzgarlo, aun en su originalidad, como la expresión casi rutinaria de un país periódicamente convulsionado. Si la Argentina estalla aproximadamente cada diez años, ¿no padece una enfermedad más profunda que cada una de sus erupciones?

En 1810 estalló la Revolución de Mayo. En 1820, cuando Buenos Aires llegó a tener en un solo día tres gobernadores, se disolvió el gobierno nacional. Después de incontables batallas y revoluciones, Juan Manuel de Rosas pudo poner cierto orden, aunque tiránico, en Buenos Aires y buena parte del país de 1833 en adelante. Pero en 1852 Urquiza lo derrotó en la batalla de Caseros. En 1861 Mitre, gobernador de Buenos Aires, derrotó al presidente Derqui, sucesor de Urquiza, en la batalla de Pavón. Habían transcurrido nueve años desde Caseros.

Aunque sacudida por conatos revolucionarios, la Argentina de tres presidentes sucesivos, Mitre, Sarmiento y Avellaneda, se encaminó hacia el progreso por dieciocho años. Pero en 1880 el advenimiento del general Roca a la presidencia vino acompañado por duros enfrentamientos militares en la llamada Revolución del Ochenta. Diez años más tarde, el presidente Juárez Celman, sucesor de Roca, debió renunciar debido a la Revolución del Noventa.

La Argentina conoció de ahí en adelante un período de estabilidad y progreso. Por eso Roca bautizó a sus tres estancias "La Larga", "La Paz" y "La Argentina": "La larga paz argentina". Pese a que ese período de paz y prosperidad fue conmovido por dos revoluciones frustradas, en 1893 y 1905, los nombres de las tres estancias de Roca muestran que esa "larga paz" era estimada como un período excepcional. Y lo fue: en 1930 volvimos a las andadas.

Las revoluciones de 1930, que devolvió el poder a los conservadores, y de 1943, que inauguró el poder de Perón, están separadas por trece años. La de 1955, que derrocó a Perón, ocurriría doce años más tarde. Luego de la difícil transición de Frondizi y Guido, el presidente Illia cayó en 1966. En 1976 caería Isabel Perón. Los estallidos de la Argentina militar ocurrieron aproximadamente cada diez años.

En 1983, cuuando volvió la democracia, se atribuyó la inestabilidad argentina a los militares. Habiendo desaparecido éstos como factor de poder, ¿no acabaría el largo ciclo de la Argentina inestable? Pero en 1989, en medio de los saqueos, renunció el presidente Alfonsín. Doce años más tarde, en medio del cacerolazo, dimitió De la Rúa. Aunque ya sin militares, la Argentina sigue fiel a su costumbre de estallar aproximadamente cada diez años.

Dice la Constitución que cualquier reunión de personas que se atribuya la representación del pueblo comete delito de sedición. Los saqueos y el cacerolazo del 20 de este mes, que acabaron con De la Rúa, así como el cacerolazo y los desmanes que pusieron contra las cuerdas a su sucesor Rodríguez Saá en la madrugada de ayer son, constitucionalmente hablando, "sediciones", aunque sean civiles. Una pueblada no puede sustituir al pueblo soberano cuando es convocado a votar. Sin embargo, lo hizo.

Por un camino o por otro, la Argentina continúa estallando. Desde que comenzó su apasionada historia, no ha podido establecerse en ella con carácter permanente ningún régimen político, militar o civil, autoritario o democrático.

¿Ingobernables?

Decenas de observadores dieron a conocer a lo largo del tiempo la sospecha de que el nuestro es un país ingobernable, donde alguien debería conducir, pero pocos lo consiguen y, si lo hacen, rara vez logran transmitirles a sus sucesores el preciado secreto de la gobernabilidad.

En 1850, por ejemplo, el cónsul inglés en Buenos Aires, Henry Southern, le escribía de este modo al primer ministro Palmerston después de que éste lo hubiera recriminado por apoyar a un dictador como Rosas. "¿Por qué ha de juzgar uno los motivos de un hombre que ha descubierto la forma de gobernar a uno de los pueblos más inquietos y turbulentos del mundo?"

La angustia por gobernar a ese pueblo "inquieto y turbulento" acompañó de manera incesante a nuestros hombres públicos. En 1861, Mitre le escribía al tambaleante Derqui: "Mejor es que alguno triunfe y alguno mande. Así no se puede vivir". En 1913, cuando Roque Sáenz Peña se ilusionaba con el advenimiento del sufragio universal, Roca le dijo a J. de Vedia: "No conviene forjarse ilusiones sobre la solidez de nuestra organización. La anarquía no es planta que desaparezca en el espacio de medio siglo, ni de un siglo, en sociedades mal cimentadas como la nuestra. Ya veremos en qué se convierte el sufragio libre cuando la violencia vuelva a amagar. Los líricos, los ingenuos, los que no conocen el país ni han vivido su vida, claro está que no han podido pensar en esto".

Estas citas no corresponden a gobernantes del montón, sino a dos grandes estadistas. Cuando un potro no se deja calmar no sólo por domadores mediocres sino tampoco por domadores consumados, ¿no será porque es, simplemente, indomable?

Y así es que, cada vez que se inicia en nuestro país una nueva etapa, mientras "los ilusos y los ingenuos" piensan que nace una nueva era, aquellos que bucean en su historia se preguntan cómo y cuándo estallará la próxima crisis.

¿O desgobernados?

Convengamos que no todos los gobernantes son iguales. Aun cuando expresaran su angustia por la gobernabilidad, Mitre y Roca fueron colosos. Si bien el sistema que construyeron no los sobrevivió a lo largo del tiempo, duró por décadas. Los gobernantes que hemos tenido en los últimos tiempos, ¿se les podrían comparar? ¿Diríamos que Videla, Massera o Galtieri fueron gobernantes ilustrados? Si ellos violaron sistemáticamente los derechos humanos, ¿tuvieron Alfonsín y De la Rúa la firmeza indispensable? ¿Rodeó a Menem un clima de honesta austeridad? ¿No será que más que ingobernables hemos sido desgobernados? ¿No serán los nuestros los estallidos de un pueblo manso que no aguanta más?

Contrariamente a lo que pudiera pensarse, el diccionario no define al desgobernado como aquel a quien otro gobierna mal, sino al indisciplinado que se gobierna mal. ¿Es éste el caso del pueblo argentino? En nuestra historia de estallidos concurren dos factores. Uno, sin duda, nuestro carácter "inquieto y turbulento". El otro, que ese difícil carácter requiere gobernantes excepcionales. El potro argentino es magníficamente rebelde. Sólo el domador que una la seducción de la caricia a la firmeza del pulso podrá calmarlo. Pero esos artífices excelsos del poder, sólo aparecen de vez en vez. Deberían sumar a su talento, además, la capacidad de transmitirlo a sus sucesores a través de instituciones perdurables. Esta es la histórica hazaña que el pueblo en el fondo espera porque "así no se puede vivir".

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.