Los cazadores del dinero perdido

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9 de marzo de 2019  

El tema surge espontáneo, cada tanto, en derredor de Macri . No es más que una hipótesis de funcionarios o amigos, algunos de los cuales frecuentan Cumelén. En determinado momento de la charla, alguien preguntará si tantas declaraciones de arrepentidos podrían concluir finalmente en el hallazgo de fondos en efectivo de la corrupción . El Presidente tiene la sospecha de que sí. Pero casi todos son escépticos al respecto. "La deben haber quemado o gastado", objetan miembros del Gobierno. Son suposiciones. Colaboradores con acceso a la Justicia y a las fuerzas de seguridad han contribuido últimamente a lo que hasta ahora parece una leyenda. ¿Está la plata?

No debería hacer falta. El Lava Jato no incluyó bóvedas rebosantes de dólares ni tuvo siquiera soporte en papel: todo se inició en un correo electrónico que la policía federal encontró en 2013 allanando una estación de servicio de Brasilia. Convencidos de que detrás de ese predio de 16 surtidores, un minimercado, un café y un lavadero de autos se escondía en realidad una cueva financiera, los investigadores dieron con el mensaje en que Alberto Youssef, uno de los jefes de la organización sospechada, hablaba de una camioneta Range Rover Evoque que acababa de regalarle a Paulo Roberto Costa, director de Abastecimiento de Petrobras entre 2004 y 2012. "La causa de los mails", podría rebautizarla el kirchnerismo.

Cuando faltan siete meses para las elecciones , la posibilidad de un descubrimiento cinematográfico ilusiona aquí a parte de una administración que casi no tiene buenas noticias para dar. Hasta ahora no han sido suficientes ni la atención puesta por la Unidad de Información Financiera en distintos destinos extranjeros ni el carácter dramático de testimonios que esperan la homologación del juez, algunos más verosímiles que otros. Víctor Manzanares, excontador de los Kirchner , recordó haberle oído al secretario Daniel Muñoz que había dólares en una pileta cuya ubicación se desconoce. Manzanares no solo lloró en la indagatoria: dice haberle pedido perdón a Dios en la cárcel, donde se confesó con un sacerdote por primera vez en muchos años.

El avance de esta y otras causas gravitarán seguramente en la campaña. No solo por la obviedad de eclipsar el hecho de que la actividad económica esté ya en niveles inferiores a 2015, que la obra pública y los programas de participación público-privada hayan terminado de paralizarse con las últimas indagatorias a empresarios o que la carga impositiva y el costo argentino sigan desalentando inversiones, sino por razones inherentes al estado de ánimo de la sociedad, incluidos quienes deberían hacer las inversiones.

Hasta 2015, parte del establishment razonaba aquí del modo en que ahora lo hace en Venezuela: un eventual regreso a cánones de administración más o menos amigables con el mundo de los negocios dejaría a la Argentina en el lugar que supuestamente se merece. Pero se gastó esa bala: pasó el kirchnerismo, llegó un empresario al poder y el problema estructural económico es el mismo. Con una dificultad nueva: se consolidó entre los empresarios la idea de que la Argentina, un país históricamente corporativo, solo resulta gobernable mediante criterios acordes. Es la lógica según la cual Menem habría podido privatizar abrazado a sindicatos estatales, y fácilmente explicable contrastando fotos: los legisladores del PJ levantaban en 2008 la mano para estatizar jubilaciones con la misma euforia con que la elevaron en los 90 para darles la bienvenida a las AFJP. Una versatilidad que también se percibió en YPF.

La discusión sobre quién puede asumir un verdadero liderazgo en la Argentina es vieja. Desde su destierro en Chile, Sarmiento les reprochaba a Francia y Inglaterra no estar ejerciendo presión para terminar con los excesos de quien consideraba su enemigo local. "Se ha repetido, en orden de Rosas, en todas las prensas europeas, que él es el único capaz de gobernar en los pueblos semibárbaros de la América", se queja en Facundo.

La Argentina puede no ser bárbara, pero arrastra desde hace décadas una inercia corporativa. Algunos funcionarios macristas se siguen sorprendiendo de que, al momento de tratar con cámaras o sindicatos, presidentes y secretarios generales se desvíen de lo que debería ser el eje de la discusión –los intereses del sector que representan– para exigir alguna concesión que puedan exhibir en el frente interno como logro ante la corriente adversaria. El macrismo llegó al poder pregonando exactamente lo contrario: una democracia liberal. Por eso celebra contrapuntos económicos que en medio de la volatilidad cambiaria parecen periféricos, como los que libró frente a los laboratorios en el PAMI o a Techint en Vaca Muerta. En el Gobierno se jactan, por ejemplo, de que la empresa de medios de pago Prisma, hasta hace un año y medio propiedad de 14 bancos, esté haciendo por primera vez publicidad callejera. Un dictamen de Defensa de la Competencia recomendó hace dos años que los bancos vendieran esa participación para evitar abusos de posición dominante. "Antes la gente ni la conocía: Prisma no estaba obligada a competir", se entusiasman.

Estas batallas, medulares para una economía moderna, resultan irrisorias a la luz del fracaso macroeconómico. "Yo entiendo que, puesto a elegir entre una mejora institucional o irse de vacaciones este año, un argentino elija lo segundo", se lamentaba esta semana un miembro del Gobierno.

Macri está forzado a congeniar, en medio de la recesión, ese discurso con una sociedad por momentos contradictoria, capaz de rechazar el endeudamiento, el ajuste, la inflación, los cortes de luz con la misma vehemencia con que reclama la intervención estatal y las tarifas subsidiadas. "Hay que aprobar el subsidio a mí", solía ironizar el economista Juan Carlos de Pablo.

La novedad de la última corrida cambiaria es que estas dificultades, percibidas desde hacía tiempo por los inversores, llegaron a los propios militantes de Cambiemos, muchos de los cuales se identificaron la semana pasada con la catarsis final del discurso del Presidente en la apertura de sesiones del Congreso. Pareció una combinación de frustración genuina y entrenamiento, tarea que, en su rasgo más emotivo, el Gobierno encargó a Julieta Herrero, una especialista en comunicación que acompaña al macrismo desde los tiempos de la gestión porteña. Para quienes participan desde los orígenes de Pro fue como revivir la campaña de 2015.

Pasado aquel tiempo de globos amarillos, Macri ha decidido ahora volver a hablarle a su electorado. Es entendible que quiera confrontar otra vez con Cristina Kirchner , o que se ilusione con causas de corrupción ajenas. En la devastación o la impotencia, recuperar lo robado suena también a epopeya.

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