Los chicos del mundo en la escuela

Por Jozef Ritzen Para LA NACION
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28 de junio de 2002  

WASHINGTON

Una educación de buena calidad es factor fundamental de liberación. Puede liberar a las personas de las cadenas de la pobreza, dándoles poder para mejorar en gran medida sus vidas y ocupar el lugar productivo que les corresponde en la sociedad. También puede liberar a comunidades y países enteros, posibilitando un avance acelerado hacia períodos de riqueza económica y cohesión social que, de otro modo, no serían posibles. Sobre la base de lo acaecido en el mundo sólo en el último siglo, podría aducirse convincentemente que el aprendizaje en sistemas educacionales de amplia base debe ser el aspecto medular de toda transformación nacional eficaz y duradera. Como señalaron hace casi cuarenta años prominentes economistas del desarrollo, "la educación es a la vez la semilla y el fruto del desarrollo económico".

Por esa poderosa razón, la comunidad internacional se ha comprometido a lograr que, para 2015, todos los niños del mundo asistan a la escuela primaria. Este compromiso, conocido como "educación para todos", está consagrado actualmente en un conjunto de metas clave de desarrollo, los Objetivos de Desarrollo del Milenio, unánimemente acordados por los propios países, las Naciones Unidas, el Banco Mundial y otras organizaciones multilaterales, la sociedad civil, etcétera.

Seguramente, pocos cuestionarían la racionalidad de la meta "educación para todos", pero ¿se puede lograr para 2015? La respuesta es un enfático sí, aun cuando lograrlo sea una tarea intimidante. Si ahora pasamos a medir el cumplimiento del objetivo en función de los niños que egresan de un mínimo de cinco años de enseñanza primaria, en lugar de considerar la mera matriculación para asistir a clase, que solía ser el patrón de medición de la educación, entonces la tarea pasa a ser aún más intimidante. Anteriormente se creía que, tomando como criterio la tasa de matrícula, sólo 32 países corrían el riesgo de no alcanzar el objetivo de educación para todos. No obstante, si se toman como criterio las tasas de terminación de estudios, el número asciende nada menos que a 88 países.

No obstante, la comunidad internacional del desarrollo se encuentra en un momento excepcional en que hay una oportunidad única en su largo empeño de impartir educación a todos los niños. Sea a raíz de la nueva solidaridad mundial evidente después del 11 de septiembre o bien simplemente por el peso moral del propio principio de educación para todos, la comunidad del desarrollo quiere hacer historia como nunca antes. No acepta que sólo algunos países lleguen a la meta hacia 2015 y que la mayoría no lo logre. Se niega a creer en la inevitabilidad y va en pos de lo visionario.

A juicio del Banco Mundial, la meta de educación para todos puede alcanzarse en la mayoría de los países "en situación de riesgo", si se cuenta con políticas correctas y un adecuado apoyo de la comunidad internacional. De los 88 países en situación de riesgo, puede esperarse razonablemente que 59 logren que todos los niños terminen la educación primaria para 2015 si armonizan la eficiencia y la calidad de sus sistemas educacionales con los parámetros de referencia propios de sistemas de rendimiento más alto y si reciben aumentos sustanciales de financiamiento y apoyo técnico externos. Los 29 países más retrasados no alcanzarán la meta, a menos que el ritmo de progreso llegue a niveles históricos sin precedentes, pero esos niveles pueden alcanzarse mediante soluciones creativas para la ejecución programática, entre ellas, uso de las tecnologías de la información, asistencia externa flexible y focalizada, y reducción del número de personas que viven en la pobreza.

Lo imposible puede lograrse, mediante un nuevo "pacto de desarrollo para la educación", puesto a consideración de ministros de Desarrollo y Hacienda en las reuniones de abril del Comité para el Desarrollo del Banco Mundial. Una lección clave de la experiencia sobre la eficacia del desarrollo, que se amplió hace poco en la Conferencia Internacional sobre la Financiación para el Desarrollo celebrada en Monterrey (México), es que la capacidad de un país para utilizar eficazmente el financiamiento para el desarrollo depende en gran medida de que sus políticas, sus instituciones y su administración sean eficaces. Cuando un país satisface esos criterios, la asistencia externa puede ser muy eficaz para alcanzar metas prioritarias nacionales, como la educación, y reducir el número de personas que viven en situación de miseria absoluta.

Cambios sustanciales

Este plan de acción requiere un nuevo pacto para el desarrollo en que los gobiernos demuestren su compromiso con la educación transformando sus sistemas educacionales, a veces mediante cambios sustanciales, mientras los asociados externos, incluidos los países donantes ricos y las instituciones financieras internacionales, proporcionan apoyo financiero y técnico de manera transparente, predecible y flexible. Hago notar que también los donantes y los organismos de desarrollo tienen responsabilidad al respecto: deben mejorar su organización interna para poder colaborar con un propósito común en favor de la educación para todos. Si los asociados y los organismos trabajan sin una armonización recíproca, esto no contribuirá a mejorar la situación. En el pacto se supone que, si bien incumbe a los países en desarrollo la responsabilidad de impartir educación primaria de buena calidad, algunos países, especialmente los más pobres, no podrían disponer de suficientes recursos nacionales para acelerar el progreso hacia la meta de educación para todos y, en consecuencia, requerirían asistencia externa a corto plazo.

El análisis de costos de lograr la educación para todos en 47 países pobres efectuado por el Banco Mundial indica que entre 2002 y 2015 el gasto medio anual de esos países en educación debería aumentar de 7400 a 16.400 millones de dólares. El grueso de esa suma podría ser generado por los propios países mediante un mayor compromiso nacional en favor de la educación, pero muchos países necesitarían un sustancial apoyo externo para sufragar los gastos periódicos de la educación durante el período de transición, mientras reforman sus sistemas educacionales y los encaminan de forma sostenible hacia la calidad y la equidad. Ese período de transición podría durar hasta quince años.

Esos 47 países necesitarían, como mínimo absoluto, entre 2500 y 5000 millones de dólares anuales en recursos externos adicionales. Esta cifra estimada es de tres a cinco veces superior a la que dichos países obtienen actualmente en asistencia externa destinada a la educación primaria. Un desglose regional de dicha suma muestra la importancia de intensificar el apoyo al Africa subsahariana: la región necesitaría septuplicar el importe actual, en términos reales, de la asistencia destinada a la educación primaria.

Esas sumas son de magnitud considerable para que los encargados de formular las políticas y los parlamentarios se comprometan al respecto, pero son sumas creíbles que, si fueran aprovechadas eficazmente por "países con buen rendimiento" que asignan gran importancia a los intereses de sus pueblos, podrían figurar entre las inversiones más profundamente transformadoras que realice jamás la comunidad mundial. Y ése sería, en verdad, un momento histórico.

Jozef Ritzen es vicepresidente del Banco Mundial para el Desarrollo Humano. Fue ministro de Educación de los Países Bajos (1988-98).

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