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Los científicos no tienen la respuesta

Por Ana M. Soto y Carlos Sonnenschein International Herald Tribune
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31 de enero de 2000  

EUROPEOS y norteamericanos reaccionan de diferente manera a la introducción de cultivos genéticamente modificados y carne tratada con hormonas. Y bajo sus respectivas actitudes subyacen diferencias culturales. ¿Debe la ciencia decidir quién tiene razón?

Hace casi cuatro décadas, con su libro Silent Spring ("Primavera silenciosa"), Rachel Carson llamó la atención de todo el mundo sobre la degradación del ambiente causada por el uso de pesticidas. La poderosa imagen de una primavera sin cantos de pájaros, porque que las aves morían intoxicadas por pesticidas organoclorados, permanece indeleble.

Carson atestiguó ante el Congreso de los Estados Unidos, afirmando que la protección contra el envenenamiento químico es un derecho humano básico.

El legado del uso masivo de pesticidas desencadenó una serie de advertencias sobre la degradación del ambiente y la salud humana en una era de nuevas tecnologías. Las advertencias hacen referencia a la disminución de la capa de ozono, el calentamiento global, las sustancias que causan perturbaciones hormonales, los cultivos genéticamente modificados y la seguridad en el abastecimiento de alimentos.

Preocupación del público

En cuanto al agujero de la capa de ozono, el protocolo de Montreal fue una pronta respuesta que dio por resultado una reducción en el uso de fluorocarbonos con la voluntaria cooperación de la industria. Por otra parte, un modelo comenzó a tomar forma.

Primero se introducen tecnologías basadas en avances científicos. Luego, unos pocos científicos hacen sonar la alarma acerca de algunos efectos no previstos. Esto genera la preocupación del público y el activismo social. Entonces, otros científicos cuestionan las evidencias iniciales, y se mantiene el statu quo hasta obtener nuevas pruebas.

Frente a la preocupación del público por los nuevos productos químicos introducidos en el ambiente, los gobiernos responden poniendo el peso de las pruebas en la ciencia. Finalmente se formula la política pública, con prohibición de una pequeña cantidad de productos químicos.

Los cambios en las actitudes humanas hacia la naturaleza están en el núcleo de los problemas creados por las nuevas tecnologías.

Con la revolución científica de los siglos XVI y XVII, el objetivo de la ciencia pasó a ser el dominio de la naturaleza. Y la metáfora que lo representaba era el mecanismo de relojería. El conocimiento completo de los fenómenos naturales era visto como un objetivo alcanzable, muy similar al tipo de conocimiento adquirido al diseñar, desarmar y armar un reloj. Se suponía que era posible entender cómo cada una de las partes encajaba en el mecanismo completo.

Esta manera de pensar presuponía que los seres biológicos habían sido diseñados de la misma forma en que los ingenieros diseñan las máquinas. Hace unos veinte años, el biólogo francés Francois Jacob descartó el punto de vista mecanicista con su conclusión de que la evolución opera como un remendón, no como un ingeniero. La naturaleza no se reinventa a sí misma en cada nueva especie; más bien, los viejos componentes son aplicados a nuevos usos. Metafóricamente, una vieja mesa es convertida en carro.

La metáfora del mecanismo de reloj, que es el punto de vista dominante incluso hoy, no toma en cuenta efectos imprevisibles de la intervención humana. En cambio, la metáfora del remendón que surge de la biología evolucionista deja espacio para los efectos imprevisibles.

Una plétora de logros significativos en la comprensión de la naturaleza surgió a partir del programa puesto en marcha por la revolución científica. La tecnología basada en avances científicos mejoró los estándares de vida en el mundo industrializado. Ahora, sin embargo, empezamos a darnos cuenta de que nuestras hazañas trajeron consecuencias imprevisibles que afectarían la supervivencia de especies, incluida la nuestra.

Es improbable que las recientes innovaciones tecnológicas eliminen todas las formas de vida sobre el planeta. Más de 95 por ciento de las especies que existieron en algún momento se han extinguido, pero la vida continuó y continuará mucho después de que se atraviesen nuevos cuellos de botella selectivos. Lo que se debate es el impacto de las novedades en el destino de nuestra propia especie.

¿Podemos permitirnos esperar a que emerja todo el conocimiento antes de actuar? ¿Es la incertidumbre inherente a la tarea científica una coartada válida para la inactividad de políticos y ciudadanos en asuntos relacionados con el ambiente?

Curiosamente, se aplica un doble principio ético cuando los gobiernos regulan la exposición a productos químicos, ya sea directa o indirecta. Normas laxas regulan la introducción de nuevas sustancias en el ambiente, mientras, por otra parte, se imponen estrictas reglas cuando se administran drogas con fines terapéuticos a los seres humanos.

Asimismo, se adoptaron reglamentaciones obligatorias para impedir el uso innecesario de animales de laboratorio y para asegurar a éstos un tratamiento "humano", pero todavía no hemos desarrollado leyes que regulen el comportamiento humano que da por resultado la extinción de especies animales y vegetales en el planeta.

La ciencia cumple un papel indiscutible al suministrar una comprensión de la naturaleza. Pero la ciencia, a nuestro entender, no puede decidir si la gente debe soportar los riesgos de las exposiciones químicas y los alimentos genéticamente modificados.

El derecho a elegir

La interpretación de Rachel Carson era correcta. Las consecuencias ambientales y sanitarias de la nueva tecnología son un problema de derechos. Los filósofos, los moralistas laicos y religiosos, los juristas y ciudadanos en general deben involucrarse en el proceso de evaluar si los seres humanos tienen el derecho de elegir no exponerse a sustancias químicas hechas por el hombre y sospechosas de toxicidad.

¿O el derecho de elegir alimentos aceptables se limita a prácticas religiosas específicas, como las prescriptas en las tradiciones judía, musulmana e hindú?

La introducción de nuevas tecnologías y sustancias químicas plantea legítimas preguntas filosóficas y éticas que no habían surgido antes y, por lo tanto, no están codificadas en derechos y leyes. Ya es tiempo de que las sociedades y los gobiernos dejen de preguntarle a la ciencia lo que con toda razón deberían preguntarles a la filosofía, la ética, la religión y la jurisprudencia.

(Traducción de Mara Farhat)

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