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Los conflictos abiertos del Mercosur

Joaquín Morales Solá
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26 de marzo de 2000  

FERNANDO DE LA RUA ordenó sacar de las reuniones del gabinete los conflictos del Mercosur. El gesto es síntoma de dos hechos. Por un lado, las tensiones y contradicciones de los dirigentes argentinos -y también de los brasileños- alcanzaron tal grado de sensibilidad que el problema debió ser encerrado entre quienes conocen hasta sus secretos más inservibles.

Por otro lado, el Presidente ratificó su vocación de conservar al Mercosur, la única política de Estado real que tiene la Argentina.

El acuerdo para la industria automotriz (el más serio conflicto comercial desde la devaluación brasileña de enero de 1998) y la decisión de los presidentes De la Rúa y Fernando Henrique Cardoso de relanzar el pacto fundamental no han eliminado los problemas políticos que aún existen en ambos lados de la frontera.

Sin embargo, prevaleció en las últimas horas la mirada estratégica de los mandatarios, que consiste en sostener que cualquiera de los dos países sería más débil sin el Mercosur.

Dos conflictos están abiertos en la Argentina. Uno es el protagonizado por el gobernador de Buenos Aires, Carlos Ruckauf, que ha tomado la bandera antibrasileña para progresar en su carrera política. El otro es el debate lanzado por el jefe de Gabinete, Rodolfo Terragno, cuando se metió con un tema tabú y propuso una negociación con Brasil por el tipo de cambio.

La posición de Ruckauf les pertenece sólo a él y a los funcionarios de su gobierno; de hecho, el peronismo, cuando estuvo en el poder, rivalizó en algún momento con Brasil a través de Menem, pero nunca renunció a la idea del Mercosur.

En una reunión de hace pocos días, en Washington, el actual senador peronista Corach ratificó, al lado del canciller Rodríguez Giavarini, que esa alianza de países es una política de Estado para su partido. En cambio, puede advertirse en los funcionarios bonaerenses cierta confusión sobre la relación con Brasil; confunden, en verdad, hasta los nombres y las funciones de los diplomáticos de Itamaraty.

Tal vez el único funcionario versado sobre el tema sea el asesor en política internacional de Ruckauf, Diego Guelar, que fue embajador de Menem en Brasil y que se retiró de ese país sin gozar de buen concepto; en rigor, es el único embajador argentino que nunca fue condecorado por el gobierno de Brasilia.

Ruckauf ha dicho que su embate contra Brasil reconoce sólo los conflictos económicos y sociales que le provoca la fuga de empresas de su provincia.

Pero, tal como lo constató La Nacion, esa fuga no existió y, según diplomáticos brasileños, en la famosa lista de empresas que se fueron a Brasil, que la UIA confeccionó y escondió, figuran también inversiones de firmas argentinas en Brasil. Si ése es el modelo, los Estados Unidos serían el país más pobre del mundo por la cantidad de inversiones que tiene en el exterior, ironizaron en Brasilia.

El Gobierno discutió la conveniencia de una competencia dialéctica con Ruckauf. Pero el ministro del Interior, Storani, aconsejó eludir esa puja: Sus planteos contienen una gran dosis de irresponsabilidad, asestó.

El otro error de Ruckauf refiere a su certeza de que el acuerdo de integración americana (lanzado por Bush y sostenida con altibajos por Clinton) está a la vuelta de la esquina. Según él, la Argentina puede darse el lujo de enfrentar a Brasil porque el año próximo ("en marzo a más tardar", afirmó) el ALCA estará funcionando.

No hay ALCA por ahora y no lo habrá hasta donde llega la mirada. La idea no ha muerto, pero está paralizada por la fuerte presión en Washington de los sectores antiintegracionistas.

Un alto exponente de la diplomacia norteamericana acaba de decir en Buenos Aires que aquella iniciativa podría potenciarse si existiera un Mercosur que incluyera a Chile y que se mostrara disciplinado en los temas fiscales y arancelarios. Si no hubiera Mercosur, me temo que la inversión norteamericana se iría a Brasil, nos guste o no a los diplomáticos, espoleó el hombre de la Casa Blanca.

El Mercosur significa además, para los Estados Unidos, alguna garantía de tranquilidad en el Atlántico Sur, dentro de un continente con demasiadas convulsiones políticas. El único país miembro de la alianza que se encuentra con muy serios conflictos internos es Paraguay, donde en las próximas horas podrían estallar malas noticias.

Washington ha propuesto que Brasil y la Argentina se esfuercen en una solución política para la crisis de Asunción (amenazada por el riesgo constante del ex general Lino Oviedo), a la que podrían sumarse luego los Estados Unidos. Rodríguez Giavarini y el canciller brasileño, Luiz Felipe Lampreia, están hablando por teléfono, más de una vez por día, para darle forma a esa probable solución.

Hay que detenerse en el otro debate. El planteo de Terragno refiere a la supuesta necesidad de debatir una pregunta tan sencilla como volcánica: ¿puede haber convergencia económica entre dos países cuando uno tiene libertad cambiaria (Brasil) y el otro está regido por un tipo de cambio fijo (la Argentina)? Aunque lo haya parecido, Terragno no dijo esas palabras de escándalo para que el tema se incluyera ya mismo en la negociación, sino para que quedara inscripto en alguna eventual agenda de discusión.

Quizá fue inoportuno: habló de la cuestión en el momento mismo en que se estaban labrando acuerdos fundamentales, pero su opinión revela dos pensamientos distintos en el oficialismo.

Según la opinión del grueso de los economistas del Gobierno, empezando por Machinea y Rodríguez Giavarini, los acuerdos macroeconómicos con Brasil deben limitarse a la disciplina fiscal de ambos países. Esa disciplina, dicen, marcará de manera determinante el tipo de cambio.

Para ellos, ni a la Argentina le conviene discutir el valor del dólar (justo cuando logró convencer a diestra y siniestra que mantendrá la convertibilidad) ni a Brasil le gusta que se piense en una nueva devaluación de su moneda.

De acuerdo con esta escuela, los europeos han demostrado que se puede controlar el tipo de cambio con sólo mantener en orden las cuentas fiscales. Pero Terragno desempolvó el tratado de Maastricht (que ordenó a la unión económica europea) para demostrar que ese acuerdo contempló el tipo de cambio de sus naciones. Algún día habrá que hablar del tipo de cambio; no ahora, aclaró el jefe de Gabinete. Pero lo habló a boca de jarro con el embajador brasileño ante el Mercosur, José Botafogo, y llegaron en el acto a un primer acuerdo: Estamos en desacuerdo, coincidieron, aunque esa diferencia no impida otros avances.

Entre el populismo de Ruckauf y la audacia intelectual de Terragno, Rodríguez Giavarini está, seguramente, prendiéndole una vela a cada santo para que lo ayude a fortalecerse en la negociación con un país enorme, difícil y vital.

Las palabras fáciles no revelaron otros datos. La Unión Europea devaluó, en términos reales, más que Brasil, y la provincia de Buenos Aires envía a este país casi la mitad de sus exportaciones.

Si Europa comprometió más que Brasil las exportaciones argentinas, si la fuga de empresas fue sólo una ilusión óptica y si la balanza comercial con su socio más importante (aun favorable para la Argentina) le dejó al país unos 8000 millones de dólares en los últimos cinco años, ¿dónde hay una razón para la xenofobia contra Brasil que no sea el resultado efímero de una encuesta? Una cuestión de Estado no se dirime preguntándole la opinión a la vecina de al lado.

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