Los de adentro y los de afuera

Por María Sáenz Quesada Para LA NACION
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18 de diciembre de 2001  

Cuesta escribir en estos días de turbulencias económicas y políticas, de presiones externas y de forcejeos internos, pero también de silenciosa angustia para tantísimos hogares argentinos. Hay temores justificados: cada paso que se da a favor de una o de otra política reconoce antecedentes en el pasado del país. Si las resonancias de los antiguos aciertos y de los viejos errores se oyen todavía a la hora de tomar decisiones, es sencillamente porque la Argentina no es un país joven, como muchos se empeñan en repetir, sino una república que lleva casi dos siglos de vida independiente, ciento noventa y un años de experiencias comunes entre las cuales hay muchas que remiten a las difíciles horas de la actualidad. También nuestra democracia ha gozado de dieciocho años de vida plena, no de ejercicio pleno. Por eso, al cumplirse en estos días un nuevo aniversario de su restablecimiento, es bueno hacer un balance de los logros y de las frustraciones de un período del que somos plenamente responsables. Los resultados del balance no son satisfactorios.

La crónica periodística, y no pocas veces la sección policial, registra los múltiples abusos de poder cometidos por altos funcionarios y representantes del pueblo, en su afán de escapar a las obligaciones legales y las restricciones que afectan a la población. Uno de los rasgos más negativos que acompañan a estas conductas públicas es la pérdida de valores y del sentido de pertenencia a una patria común, y de las solidaridades que eso implica. El fenómeno se agrava a raíz de la globalización económica y cultural. La deserción de la dirigencia nacional incluye a importantes banqueros y asesores de empresas nacionales o internacionales que conservan la ciudadanía argentina como si fuera un mero accidente, consecuencia de haber nacido en un punto geográfico, y ajeno a cualquier compromiso cívico.

Hace ya más de un siglo, la Argentina, que entonces sí era un país joven, se planteó el problema de cómo argentinizar a los hijos de inmigrantes que en pocos años más serían mayoría, de acuerdo con el crecimiento de la población indicado por los censos. Del debate participaron las personalidades más destacadas de la época, tanto nacionales como de las colectividades extranjeras. No era un tema banal. Se trataba nada menos que de asegurar la supervivencia de la Nación Argentina, construida penosamente sobre una sólida esperanza colectiva como factor aglutinante. Había quienes pretendían el derecho del extranjero y de sus hijos de conservar su identidad de origen íntegra.

Amenazas a la independencia

El Estado argentino, todavía en plena formación y con fronteras sobre las que no se ejercía la jurisdicción nacional, daba lugar no sólo a críticas de los cónsules de las grandes potencias imperiales, sino también a amenazas concretas que ponían en peligro la independencia.

En un libro recientemente publicado del historiador inglés John Lynch, Masacre en las pampas , se narran los asesinatos de pobladores extranjeros cometidos por orden de Tata Dios, apodo de un paisano con poderes misteriosos, que conmocionaron a la localidad de Tandil en 1872. El cónsul británico reaccionó indignado. No era para menos, puesto que en la matanza habían perecido algunos compatriotas suyos establecidos en el país. Pero el gobierno argentino, encabezado por el presidente Sarmiento, no admitió el tono despectivo del reclamo diplomático. Este ponía en duda la capacidad del gobierno de ejercer justicia en las zonas rurales alejadas.

Periódicos liberales, como La Tribuna , de los hermanos Varela, se sumaron a la defensa del gobierno. Se afirmó que éste castigaba los crímenes en la medida de sus posibilidades y se contraatacó con el argumento de que en Inglaterra había más seguridad que en la Argentina, sin duda, pero también barreras sociales mucho más rígidas, salarios más bajos y gente que moría de inanición. Se recordó asimismo el sometimiento de Irlanda. Por aquel entonces, el cónsul sospechaba que la Argentina, en la medida en que prosperara y se organizara mejor, procuraría sacarse la tutela moral de los gobiernos extranjeros, que perjudicaba su independencia.

Hacia 1880-1890, mientras la región del Río de la Plata dejaba de ser un destino apetecible para los colonos ingleses, que tenían otras opciones en Canadá, Australia y Nueva Zelanda, aumentaba el número de inmigrantes. Los italianos constituían en el censo de 1895 una colectividad de medio millón de personas, dentro de una población total de cuatro millones. Tal situación explica que uno de los grandes temas de debate en aquella época fuera en qué medida los extranjeros y sus hijos debían argentinizarse. La cuestión no estaba limitada a opiniones vertidas en el Congreso o en la prensa nacional. Tomaban parte en la discusión los representantes de las colectividades a través de periódicos escritos en italiano, inglés, francés o alemán. El libro Patriotas, cosmopolitas y nacionalistas , de Lilia Ana Bertoni, ofrece numerosos testimonios a ese respecto.

José Ceppi, periodista italiano, colaborador de LA NACION, que firmaba sus artículos con el seudónimo de Aníbal Latino, era contrario al lenguaje arrogante de ciertos comisionados, escritores y gobernantes italianos, cuando se referían a la relación de "los italianos de aquí", y aceptaba que el gobierno argentino buscara darle coherencia y unidad al espíritu de los extranjeros establecidos.

Estanislao Zeballos, uno de los más firmes defensores de la inmigración como forma de asegurar la riqueza y la libertad de la República, destaca en La región del trigo (1883) los rápidos progresos realizados en la provincia de Santa Fe gracias a la radicación de colonias de agricultores. Señala además la necesidad de inculcar en el corazón de los hijos de extranjeros nacidos en el país, y por lo tanto futuros ciudadanos, el sentimiento de nuestra nacionalidad. Pocos años más tarde, cuando se aproximaba la crisis de 1890, el mismo Zeballos observaba con preocupación que el tema del civismo no interesaba a los alumnos de las escuelas públicas.

Argentinizar la dirigencia

Como la ley nacional 1420 de educación pública, gratuita, laica y obligatoria, sancionada en 1884, establecía la obligatoriedad del estudio del idioma, la historia, la geografía y la instrucción cívica nacionales, lo más simple era hacer cumplir la ley en el espíritu y no sólo en la letra. Esto fue encarado como una política de Estado que se mantuvo vigorosa a través de sucesivas administraciones nacionales y provinciales. Unos años se ponía énfasis en mejorar la infraestructura edilicia; otros, en las bibliotecas, los textos escolares y la formación de maestros. Cuando la cuestión de argentinizar al inmigrante se volvió álgida, se trabajó sobre la mejora de la calidad de la enseñanza, la ampliación de la convocatoria y los contenidos patrióticos incorporados a las materias antes citadas.

Así se llegó al Centenario de la Independencia con una sociedad más coherente y unificada interiormente de lo que parecía posible en 1889-1891, cuando la crisis económica y de valores éticos que conmovió al país generó dudas acerca de su capacidad de gobernarse a sí mismo.

Por su parte, el presidente Roque Sáenz Peña, que siempre había mostrado interés por estos temas, al proponer la reforma electoral de 1912 la presentó como un instrumento para que los hijos de extranjeros asumieran en plenitud su condición de ciudadanos: "Una década más y los argentinos seremos minoría. ¿Y qué asimilación debe esperarse si los de adentro se sienten tan extranjeros como los de afuera y desdeñan, como aquéllos, el ejercicio de la soberanía?".

Casi un siglo después de estos debates, el país afronta una nueva y prolongada crisis que deja al costado del camino a millares de compatriotas y en la que prevalece la falta de fe en un futuro de progreso y hasta la presunción de que somos incapaces de gobernarnos por nosotros mismos. A simple vista parecería que los de adentro, como imaginaba Sáenz Peña en el más negativo de los escenarios posibles, se sienten tan extranjeros como los de afuera. Pocos conservan sentimientos profundos de pertenencia, y esta ausencia resulta más aguda en buena parte de la dirigencia, más que en las personas del común, cuyas posibilidades de participar son escasas y están sometidas a operaciones de información avasallantes y contradictorias. Los partidos políticos, garantes de la democracia, hace demasiado tiempo que abandonaron la responsabilidad de pensar en políticas de Estado. Cada cual atiende su juego, en actitud infantil, sin interesarse por gestiones que no ofrezcan satisfacciones inmediatas.

La ausencia de ideas fuerza que encuadren un proyecto de futuro, señalada hasta por los organismos internacionales a la hora de concretar préstamos, es consecuencia de esa falta de compromiso respecto de los intereses nacionales. Argentinizar a la dirigencia, exigirle que se ponga a la altura de la comunidad de los ciudadanos y mejore la calidad de su participación en la vida pública, reviste hoy el carácter de tarea urgente, inminente e irrenunciable, en una nación que clama por soluciones dignas, serias y maduras a una dirigencia que no parece estar a la altura de sus obligaciones.

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