Los desafíos del próximo gobierno

Ricardo López Murphy Para LA NACION
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23 de diciembre de 2009  

Los años 2010 y 2011 serán de una transición hacia un nuevo régimen en las reglas, principios y actitudes frente al país y al mundo.

Es posible que estos años estén afectados por actitudes populistas. Esto es: déficit fiscal, no ligado con una política contracíclica, sino con la intención de robarle al futuro los recursos del presente, con una agudización de los desequilibrios en los precios relativos y una acumulación de problemas de financiamiento que serán muy serios para el próximo período gubernamental.

Sería ingenuo no partir de esa descripción, porque reside en la naturaleza de un gobierno con un estilo de gestión que está en decadencia frente a la opinión pública.

Es esperable que el Gobierno trate de edulcorar y atenuar su partida merced al endeudamiento, con la sensación de que en la derrota lo mejor es dejar un campo minado para el adversario. El núcleo de este proceso será el atraso cambiario y el endeudamiento del sector público.

Las construcciones y los liderazgos políticos en decadencia se debilitan, y la debilidad implica transmitir al futuro los problemas que no se saben afrontar. Esto ha sido así, en la Argentina y en el mundo.

Lo diferente en el caso de nuestro país es que en los años de auge, el presente gobierno fue acumulando desequilibrios ocultos muy importantes. Será decisivo tenerlos bien presentes para evitar problemas en el futuro.

El principal desequilibrio es la descapitalización de la economía. Se han perdido activos y se han acumulado pasivos. El país ha pasado estos años de populismo consumiendo sus reservas de gas y petróleo y otros activos físicos de la infraestructura del Estado.

Alieto Guadagni, en este diario, cifra este deterioro en un valor equivalente al que tienen 450 millones de vacunos. Esto da una unidad de medida que es fácil de transmitir.

A esa pérdida debería agregarse la descapitalización de actividades ineludibles del Estado en materia de defensa. El deterioro del capital de la defensa nacional en barcos, aviones, blindados, armamento, equipamiento electrónico y radares alcanza la cifra de 50 millones de vacunos. Esa sería la inversión mínima que habría que realizar para modernizar nuestras Fuerzas Armadas y ponerlas a la altura de nuestros vecinos y en paridad de enfrentar las nuevas amenazas existentes.

El tercer factor de deterioro es el desequilibrio que se ha acumulado en el sistema de seguridad social. Esto no es una novedad para la Argentina.

En los años 40 y 50, el país acumuló casi 40 puntos del PBI en préstamos de seguridad social al Estado que luego se dilapidaron. Esa dilapidación fue lo que hizo casi imposible -en los años 70, 80 y 90- financiar jubilaciones decentes, porque los gobiernos anteriores se habían comido el stock de capital para financiarlas.

Para tener una idea: los recursos equivalentes en los Estados Unidos son una cifra que ronda el 20% del PBI.

El déficit implícito que se ha acumulado alcanza aproximadamente a 750 millones de vacunos. Si se hace el cómputo de ese desequilibrio más el déficit que se va a acumular en 2010 y 2011, se comprende el dilema que enfrentará el gobierno que suceda al kirchnerismo en 2012.

Deberá afrontar los desequilibrios de precios relativos, una expansión del gasto público que ha pasado de 31 puntos del producto histórico a más de 44%, una presión tributaria insostenible por su dimensión y, además, esta descapitalización implícita y oculta que está gravando el futuro de los argentinos.

Una de las razones del fracaso de anteriores transiciones es no haber planteado con honestidad y con lucidez cuáles eran los desafíos que enfrentábamos. Un desafío sustancial que afecta a nuestro país hacia el futuro es lograr que la riqueza per cápita crezca sistemáticamente, como una forma de canalizar el progreso tecnológico, de asegurar una mayor productividad y facilitar la creación y formalización del empleo.

La situación descripta no da espacio para pensar en una solución de sesgo estatista. Es difícil que se pueda hacer la acumulación primaria sobre la base de mayores impuestos, cuando ya hemos alcanzado niveles, que, bien computados, exceden los de Europa occidental.

El programa necesario para reencauzar a la Argentina es muy complejo. Reconoce la descapitalización y convoca a la inversión, permite atenuar la brutal presión impositiva y moviliza la eficacia de la administración hacia la mejora de la calidad del gasto público. El plan de gobierno que necesitamos es un programa concreto y sofisticado, que requiere no sólo resolver los problemas de corto plazo, sino, sobre todo, la solvencia intertemporal.

La clave del plan estratégico de largo plazo no es si hay déficit un año y superávit otro año, sino la mencionada situación estructural. Esto es lo que está severamente afectado en la Argentina, por la descapitalización, por los niveles de desconfianza en la calidad de nuestros contratos y de nuestra estabilidad jurídica y por la demanda que esto va implicar sobre la próxima administración. En ella, las expectativas de normalización y de sensatez van a obligar a dejar de lado algunas herramientas usadas por este gobierno, como endeudarse con los jubilados, a los que se les ha omitido la movilidad inflacionaria entre 2001 y 2009, a pesar de las sentencias de la Corte Suprema de la Nación. En realidad, los déficit que tenemos son menores que los que tendríamos si cumpliéramos con la legalidad. Una parte de los desequilibrios acumulados está oculta en el incumplimiento de las deudas no pagadas, en los juicios no afrontados.

Esta línea argumental no pretende ser pesimista. Por el contrario: las circunstancias para la Argentina van a ser favorables. Probablemente el mundo crezca vigorosamente, y lo va hacer demandando fuertemente los recursos naturales con los que cuenta nuestro país.

Si respondemos ordenadamente con políticas públicas racionales y sensatas vamos a tener la oportunidad. No la habrá si no se reconoce en el propio debate preelectoral la gravedad de los desequilibrios acumulados. ©LA NACION

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