Los errores no forzados de Kirchner

Alfredo Leuco
Alfredo Leuco MEDIO:
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2 de noviembre de 2006  

El Presidente deberá revisar su sistema de toma de decisiones. La cadena de errores no forzados que cometió en las últimas semanas culminó en Misiones, donde evidenció una torpeza política que no se le conocía. Su mecanismo de conducción política hiperconcentrada empieza a fallar porque la agenda de desafíos y asignaturas pendientes es muy compleja para cualquiera, incluso para alguien como Kirchner, que ejerce de manera inédita la combinación binaria de látigo y billetera.

¿A quién consulta Kirchner cuando elige su táctica y su estrategia? Apenas a un puñado de incondicionales: su esposa, Cristina; Carlos Zannini; Julio De Vido, o Alberto Fernández. Ellos podrán argumentar que a Kirchner no le fue nada mal hasta ahora con ese particular estilo. Que gobernó hasta que quiso en Santa Cruz y que sigue gobernando aún hoy la provincia. Y que –sobre todo– superó con éxito su debilidad de origen, producto de la huida de Carlos Menem en la segunda vuelta. Pero eso es sólo una parte de la verdad.

La otra parte que nadie se atreve a decirle a Kirchner es que cada día está más claro que no es lo mismo gobernar un país que una provincia, que los problemas de la Argentina son infinitamente más complejos que los de Santa Cruz y que todos los presidentes argentinos desde 1983 empezaron bastante bien y terminaron bastante mal. Todos tuvieron más apoyo electoral que el propio Kirchner. Todos se creyeron eternos y confiaron en parir un movimiento a su imagen y semejanza y todos terminaron tirando su prestigio a los perros. Para comprobarlo, basta con repasar qué porcentaje de votos sacaron Raúl Alfonsín, Carlos Menem (incluso en la reelección) y Fernando de la Rúa y compararlos con las encuestas de la actualidad. Esos tres ex presidentes son hoy salvavidas de plomo para cualquier proyecto.

Kirchner debería preguntarse cómo evitar el camino que lo lleva a pegarse un duro golpe como el del domingo. Si lee correctamente el mensaje de las urnas deberá examinar nuevamente su método de construcción. Cualquiera se equivoca. El ex jefe del Estado español Felipe González lo dijo: cualquiera puede meter la pata. Lo grave es seguir metiéndola y no corregir.

Hasta ahora, el Presidente optó por un silencio atronador, y eso habla de la sorpresa y la profundidad de su fracaso en Misiones. El resto de los kirchneristas (funcionarios o militantes) aceptó la orden tácita o explícita y también eligió callarse. Es el mismo error que cometió el Gobierno antes de las elecciones. Eran varios los ministros o secretarios que en la intimidad (y con ruego de que no se revelaran sus nombres) aseguraban que era una locura política aguantar las pretensiones de emperador del gobernador Rovira. Los abultados recursos públicos y la presencia en la campaña del Presidente, de su hermana, del jefe del bloque de diputados oficialistas y hasta del titular de la Anses fueron una desmesura que ni siquiera Rovira pidió. No hay muchos antecedentes de un clientelismo tan humillante como el que desarrolló Rovira en los últimos 15 días. Y Kirchner quedó asociado a ese fenómeno. Su alta imagen positiva fue salpicada por esa adhesión. Y por Hugo Moyano. Y por Quiroz y Muhamad.

Esa tozudez de redoblar siempre la apuesta puede fallar. Y falló. Y no solamente porque las urnas se llenaron de votos contra el hombre del Presidente. Aunque hubiera ganado Rovira, el jefe del Estado hubiese perdido igual. El diputado nacional Miguel Bonasso, insospechado de opositor, lo dijo tímidamente, pero lo dijo, antes de los comicios: “Dado el estado de sospecha en Misiones, ganar es una derrota”. Y completó: “No es mi estilo apoyar reelecciones indefinidas”.

¿Bonasso será castigado por Kirchner o será premiado por la honestidad y la audacia de mantener sus convicciones y de no ocultarlas? Tomás Borge, un comandante sandinista caro a la cultura K, solía decir: “A los amigos los critico de frente y los elogio a sus espaldas”.

Otros que expresaron su módica disidencia fueron el gobernador de Mendoza, Julio Cobos, y la senadora Vilma Ibarra. Ninguno nombró a Kirchner, pero ambos plantearon su desacuerdo con las reelecciones eternas.

El Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), en un informe, dice. “Lamentablemente, la independencia judicial está desa-pareciendo en Misiones”. El informe enumera una serie de atropellos para provocar y cubrir vacantes en el Superior Tribunal o para apropiarse de los dos cargos para legisladores en el Consejo de la Magistratura, el de la mayoría y el de la minoría. Esa bulimia de poder de Rovira lo llevó a la soberbia de querer modificar un solo artículo de la Constitución para su propio beneficio. La omnipotencia lo empujó a no disimular esa obsesión con otras modificaciones para la tribuna. Es tanta la falta de autocrítica del gobierno de Misiones –y muchas veces del de la Argentina– que lo lleva a vivir en un microclima de ficción donde siempre está bien lo que hacen y siempre son enemigos los que dicen lo contrario.

Dos autoridades de Misiones, nada menos que el intendente de Posadas y el titular de la Legislatura, kirchneristas convencidos y roviristas hasta hace muy poco, huyeron espantados hacia la lista de Joaquín Piña cuando comprobaron que el rey de la provincia estaba desnudo. Viajaron de urgencia a Buenos Aires para llevarle la novedad a Kirchner, pero éste no los quiso ni recibir.

Lo dicho: a Kirchner no le gusta que lo contradigan ni que le den malas noticias. Artemio López mostró encuestas que aseguraban que Rovira ganaba por 19 puntos. Equivocarse por más de 30 puntos no es un error razonable. Habla de una brutal ineficiencia o de querer calmar la ansiedad del cliente, aun a costa del propio prestigio profesional. López fue la caricatura, pero casi todos los encuestadores nacionales le dieron el triunfo a Rovira. La mayoría trabaja para el Gobierno y con esas encuestas el Presidente toma decisiones. Así le fue. Y así nos puede ir a todos.

La soberbia, la omnipotencia y el autoritarismo son los peores disvalores de cualquier gobierno. La humildad, la tolerancia y la valoración de las opiniones distintas para enriquecerse son las mejores banderas de una buena administración. Los misioneros pueden decir “misión cumplida”. Quedó claro, una vez más, que en democracia nada es gratis. Y que nada es para siempre.

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