Los ex presidentes: la vida sin banda ni bastón

La historia confirma que cuando los mandatarios argentinos abandonan el poder no se resignan a un bucólico retiro, lejos de la política, sino que comienzan una casi inmediata búsqueda por recuperarlo. Un anecdotario recuerda su difícil adaptación a la vida en el llano
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25 de mayo de 2003  

Se cuenta que en 1939, en su lecho de muerte, Marcelo T. de Alvear seguía "roscando" (verbo radical, hoy se diría "operando") con correligionarios igualmente infatigables. Diez años después de dejar la Casa Rosada, Alvear venía de perder las presidenciales de 1937 con Roberto Ortíz. Pero su mujer, a quien la rosca política sobre el colchón ya le parecía demasiado, decidió apostrofarlo. Entonces, ofuscado, Alvear exclamó: "¡Regina, dejame vivir!".

Adictos compulsivos a la política, igual que Carlos Menem desde 1999 y, probablemente, Eduardo Duhalde desde hoy, muchos ex presidentes se negaron a disfrutar de un retiro bucólico consagrado a jugar con los nietos, practicar jardinería o hacer turismo con honores.

A diferencia de Julio Argentino Roca, de Hipólito Yrigoyen y de Juan Domingo Perón, Alvear y Menem quisieron volver y no pudieron (tampoco Pedro Eugenio Aramburu, Italo Luder y Adolfo Rodríguez Saá, si se cuentan los provisionales e interinos que saborearon primero los terciopelos del llamado Sillón de Rivadavia y luego el polvo de la derrota electoral).

Hasta ahora todos los que marcaron épocas -Roca, Yrigoyen, Perón- dominaron el escenario político también durante los años en los que estaban "en el llano", donde en rigor nunca estuvieron del todo porque su vigencia parecía superior a los cargos. Menem, podría decirse, es el primero de esas características que sufre una derrota electoral (de hecho, pero derrota al fin) y todavía no se sabe cuán al borde del escenario -o cuán afuera- quedará plantado.

Claro que no todos los ex presidentes creyeron que la Patria los seguía precisando y viceversa. Hubo uno, incluso, que dejó un día la Casa Rosada -en manos de Perón- y nunca más se supo de él. Es cierto que era de facto, pero su caso merece un párrafo. Se trata del general Edelmiro J. Farrell, aquel cuyo gobierno alumbró, nada menos, el nacimiento del peronismo. Al morir, en 1980, a los 93 años, Farrell llevaba 34 años de ostracismo incomparable. Poco se sabe de cómo procesó durante esas décadas de reflexión la responsabilidad que le cupo en el encumbramiento de su camarada de armas, el vicepresidente y secretario de Trabajo que cambió el curso de la historia.

Extremista del silencio

Las multitudes no lamentan otro retiro abrupto, el de la única ex presidenta, casualmente viuda de quien cambió el curso de la historia, hoy más madrileña que riojana, extremista del silencio. Ella, Isabel Perón, dueña de mil silencios, se sospecha, ni siquiera legará sus memorias (el último que lo hizo fue el general Alejandro Lanusse), visto que hace unos años, cuando la citó a declarar el juez español Baltazar Garzón dijo que no recordaba nada de nada de su gestión inolvidable.

Tienen los norteamericanos (una vez que se deja la Casa Blanca no se puede volver) sólo dos clases de ex presidentes, aquellos que pasan derecho al bronce (o siliconas, si los evoca Disneyworld), como Gerald Ford o el anciano Ronald Reagan, y los que gastan su influencia residual en negocios (George Bush padre) o en misiones internacionales de paz (James Carter, de quien suele decirse que resultó mejor ex presidente que presidente). También está el más joven de todos y el más endeudado, Bill Clinton, hoy cuentapropista que se gana la vida, se dijo, hasta por cien mil dólares la noche, como conferencista (casado Clinton, igual que el futuro ex presidente Néstor Kirchner, con una senadora tenaz). Pero entre los nuestros hay más subespecies. Y la más poblada es la de activos con ambiciones de retorno.

Magnicidios

Aunque en la Argentina no ha habido magnicidios como en Estados Unidos donde ya llevan cuatro, hemos tenido dos ex presidentes "eliminados" por sus enemigos, lo que habla a las claras de que el retiro bucólico no es lo que prevalece. Fueron Justo José de Urquiza y Pedro Eugenio Aramburu. Asesinados, es curioso, con cien años de diferencia, cuando tenían 68 y 67 años respectivamente.

Al principio quienes dejaban de gobernar se iban a Europa, aunque con propósitos diversos. Bernardino Rivadavia, el primer ex presidente, que dicho sea de paso y salvando todas las distancias gobernó durante un período casi idéntico al de Duhalde, decidió un autoexilio parisiense que hasta le permitió traducir del francés un libro sobre la cría de los gusanos de seda. Roca, el primer acreedor de homenajes, se paseó por la Alemania de Bismarck, la Italia de Umberto I y la Inglaterra victoriana. José Figueroa Alcorta, en cambio, se fue enviado a España por Roque Sáenz Peña. Distante adrede, el mismo Alvear siguió desde París el derrocamiento de su sucesor Hipólito Yrigoyen aquel 6 de septiembre de 1930.

A propósito de Figueroa Alcorta, resulta notable la vigencia que tienen hoy las cosas que dijo en Londres (llegado el caso, Duhalde podría repetirlas sin cambiar ni una coma). El rey de Inglaterra le preguntó cómo había sido la experiencia de gobernar la Argentina. "Yo le respondí -contó luego el propio Figueroa Alcorta- que los soberanos de los pueblos que tienen todos sus organismos acabados y perfectos no sospechan siquiera el trabajo que cuesta dirigir aquellos que carecen de organización completa".

Es cierto que otras citas de Figueroa Alcorta no vienen al caso duhaldista, como cuando el hombre que le dejó la Casa Rosada en 1910 a Roque Sáenz Peña (nunca tan literal, porque se fue a vivir a la Rosada) dijo: "No quiero volver a pensar en la política".

Hombre de tres poderes

Con la política no se aludía entonces a la Justicia. Cinco años después, el ex presidente Figueroa Alcorta fue nombrado por Victorino de la Plaza como ministro de la Corte Suprema, la cual encabezaba en 1931, bajo el primer gobierno militar, cuando murió. Dado que este cordobés había presidido el Senado como vicepresidente de la Nación (con Manuel Quintana), se trata hasta hoy del único argentino que ocupó sucesivamente la titularidad de los tres poderes, el Legislativo, el Ejecutivo y el Judicial, en ese orden.

En el siglo XIX las luchas por la organización no dejaban espacio para consagraciones de cúspide. Bartolomé Mitre, uno de los dos gobernadores de la provincia de Buenos Aires que llegaron a presidir el país -el otro es Duhalde-, no abandonó después su lucha (aunque no volvió a la presidencia) ni la amalgamada faena de escritor y periodista. De hecho, fundó LA NACION dos años después de dejar el poder. Tampoco Domingo Sarmiento entendió el final del mandato como un descanso: fue entonces senador, director general de Escuelas de la provincia de Buenos Aires y durante un mes hasta ministro del Interior de Nicolás Avellaneda (como si ahora Duhalde fuera ministro de Kirchner). Todo ello, desde luego, junto a la tarea de periodista y escritor.

Avellaneda era ex presidente en 1881 cuando se lo designó rector de la Universidad de Buenos Aires y también un año después, cuando como senador por Tucumán impulsó su ley de educación. Y Carlos Pellegrini nunca dejó de ser hombre de consulta.

Por lo común, los presidentes siguieron defendiendo sus ideas presidenciales cuando pasaron a ser ex presidentes. Pero también está el caso de Arturo Frondizi, el mandatario acechado por los planteos golpistas, derrocado y detenido en la isla Martín García, que con el correr de los años adoptó posiciones políticas cada vez más pro militaristas y asistió impasible a la virtual extinción de su propia fuerza política.

Los que viven

Otro camino eligió Raúl Alfonsín, cuando buscó exorcizar el desgaste con el que había dejado el gobierno presentándose como candidato a senador por la provincia de Buenos Aires. Ganó, aunque por poco, y más tarde renunció. Pero no paró de hacer política -como Alvear, como Perón, como tantos- desde el mismo día que se descalzó la banda presidencial.

Integra Alfonsín el grupo de cinco ex presidentes constitucionales vivos (seis desde hoy), junto a Isabel Perón, Menem, Fernando de la Rúa y Rodríguez Sáa. Si se incluyen los militares el grupo será de nueve, aunque de los procesistas Jorge Videla y Reynaldo Bignone sólo se escuchan cada tanto noticias penales y del decano de los ex presidentes, Roberto Marcelo Levingston, no se escucha nada.

Dato sobre la Argentina: una foto de todos juntos sería inaudita. Pero no sólo por el antagonismo entre facto y jure. También sería impensable juntar sólo a los civiles: Menem y Duhalde, De la Rúa con el resto, Isabel Perón y todo lo que recuerde su pasado, la historia de hoy, la de ayer y la de anteayer.

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