Los idus de agosto

Por Mikhail Gorbachov Para LA NACION
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23 de agosto de 2001  

MOSCU.-Para muchos rusos, agosto es un mes para pasarlo en sus dachas. Pero también va teniendo una tradición de mes propicio a los cambios nacionales. Agosto de 1991 lo fue a causa de la intentona contra mi gobierno. Ese golpe de Estado fracasó, pero Rusia cambió para siempre. En este agosto, nos hemos abocado igualmente (aunque de manera más pacífica) a reexaminar el Poder Ejecutivo ruso, mientras seguimos tratando de corregir muchos de los cambios efectuados por el presidente Yeltsin a partir de los sucesos de aquel agosto de 1991.

La insensata imposición, a casi todos los componentes de la sociedad, de unas reglas de mercado promovidas por un pequeño círculo del gobierno de Yeltsin dejó paso a esfuerzos reformistas más equilibrados. Por cierto, en julio último, el electorado mostró tendencias izquierdistas mucho más acentuadas. Este hecho no ha pasado inadvertido para el presidente Putin.

Por iniciativa suya, se encargó a diversas comisiones el análisis de reformas importantes y de los rumbos que debería tomar Rusia. De este modo, opiniones antes desoídas pudieron desempeñar un papel clave en el trazado de nuevas políticas. Por ejemplo, una de las comisiones presidenciales rehizo en forma positiva la reestructuración que Anatoli Chubais, ex gurú económico de Yeltsin, pensaba imponer a los Sistemas Energéticos Unidos, monopolio ruso de la electricidad. Las opiniones socialmente informadas también desempeñaron un papel decisivo en la redacción de los proyectos de un nuevo Código Laboral, reformas de los sistemas jubilatorio y de vivienda, y mejora de las estructuras educacionales.

Vladimir Putin promovió estos cambios. Sus actos reflejan su percepción de que la declinación social persiste. Ni falta hace decir que aún no se vislumbran los resultados deseados; su logro dependerá tanto de la actitud de la gente como de las políticas escritas. Lo que sí impresiona es el realismo de Putin: sus políticas pueden obtener el apoyo mayoritario de la población. Bajo Yeltsin, se desdeñaba la opinión pública respecto de la reforma.

El Partido Unido Socialdemócrata Ruso, que ayudé a fundar, apoya la nueva tendencia seguida por Putin. Por ejemplo, estamos convencidos de la flagrante inconstitucionalidad del actual sistema educativo. Bajo el artículo 43 de nuestra Constitución, el gobierno garantiza el acceso de todos a la educación gratuita, así como la enseñanza superior gratuita para quienes aprueben los exámenes de ingreso competitivos.

Pese a estas garantías, prevalece un sistema educacional ávido de dinero y empobrecedor, que pronto despojará a Rusia de sus tradicionales logros intelectuales. Para corregir esto, es indispensable una mayor financiación estatal. Hay que duplicar, por lo menos, el sueldo de los maestros que hoy apenas si llega a la mitad del salario (de por sí bajo) de los obreros industriales. El Estado también deberá invertir en libros de texto, mapas, televisores, computadoras y asistencia técnica; sólo así la educación rusa podrá aspirar a mantenerse a la par de los niveles mundiales, y aun sobrepasarlos.

La actitud codiciosa se extiende al campo de la salud con la comercialización, igualmente inconstitucional, de los hospitales esatales y municipales. Aun cuando el artículo 41 de la Constitución garantiza la atención médica gratuita, la mayoría de la población ya no puede acceder a ella. Ante el deterioro del nivel de salud nacional, privar de atención médica a quienes no puedan pagarla traerá consecuencias desastrosas, en particular para los ancianos.

Los socialdemócratas -por ejemplo, los de mi partido- se inclinan por un Estado social. Por eso criticamos el nuevo Código Laboral, aunque apoyemos básicamente a Putin. Desde luego, hay que tener en cuenta las necesidades del mercado, pero no se puede redactar un código mirando únicamente los intereses de los empleadores. Los intereses humanos deben ser protegidos por encima de todos los demás; de lo contrario, desembocaremos en una sempiterna inestabilidad socioeconómica. Si el gobierno quiere establecer una coparticipación social con nuestro pueblo, debe comenzar por implantar un Código Laboral que refleje tal deseo.

Lamentablemente, en materia de vivienda y servicios públicos (por ejemplo, la electricidad), la política oficial parece seguir la corriente. Pero, ¿por qué hemos de pagar más dinero para cubrir la ineptitud administrativa? Los mitines organizados por nuestro partido en Moscú, San Petersburgo, Pskov y algunas regiones de Siberia demostraron que si los servicios funcionan bien, no hay consumo excesivo de gas, electricidad y agua y, por tanto, es innecesario encarecerlos enormemente para controlar su derroche. En verdad, cuando los servicios y el sistema de viviendas se administran con inteligencia, sus costos se reducen sustancialmente. Tal como se ha propuesto, la reforma sólo creará monopolios privados más difíciles de controlar que los viejos monopolios estatales.

Valores esenciales

La raíz de todos los fracasos de la última década está en el hecho de que, en la mayor parte de ese período, los reformadores no pensaron en la gente cuya vida querían reformar. Nunca consideraron el impacto que tendrían sus proyectos en la vida cotidiana. Pero no habrá acuerdo social si, a consecuencia de la reforma, la gente ve aumentar sus gastos más de un 50 por ciento y sus salarios apenas un 25 por ciento. Semejante enfoque genera inestabilidad, como lo vimos harto a menudo durante la presidencia de Yeltsin. Antes de convertir en leyes las reformas propuestas, es preciso someter sus resultados a un debate público; después, será demasiado tarde para cambiarlas.

Todos aquellos para quienes las libertades democráticas, la justicia social y el bienestar del pueblo son algo más que palabras huecas -en verdad, son los valores esenciales de Rusia- deben apoyar los esfuerzos de Putin por reconstruir nuestro país de un modo que sea justo para todos. Pero también él debe cumplir su parte, evaluando a quienes lo rodean por su devoción a sus puntos de vista. Debe guiarse no sólo por el respaldo a su persona, sino también por su apoyo activo a la causa que él defiende.

Si lo hace, sus políticas serán realistas y socialmente viables, y los intereses nacionales de Rusia podrán ser respetados y sustentados. En este mes de agosto, a diez años del colapso de la Unión Soviética, los rusos tenemos, por fin, una oportunidad de consolidar nuestra sociedad alrededor de metas constructivas. Habiendo malgastado diez años, no podemos dejarla escapar.

© Project Syndicate

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