Los idus de octubre

Por Luis Gregorich Para LA NACION
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29 de agosto de 2001  

Para el calendario romano, como se sabe, los idus eran los días que dividían los meses (los 15 para marzo, mayo, julio y octubre, y los 13 para los restantes). La palabra ha sobrevivido a causa de la expresión "idus de marzo", que nombra el 15 de marzo de 44 a.C., fecha del asesinato en el Senado de Julio César, que supuestamente no había tomado en cuenta la advertencia de los augures de "cuidarse" en esa jornada.

Algunos dirigentes políticos argentinos, y no pocos periodistas -quizás inspirados en Plutarco o Suetonio-, han comenzado a formular, por el momento sigilosamente, hipótesis inquietantes para nuestros idus de octubre. En efecto, el próximo 15 de ese mes será el día siguiente al de la elección en que, casualmente, se renovará la totalidad del Senado (y la mitad de la Cámara de Diputados). Guste o no, se dirimirá un test sobre el gobierno de la Alianza, pero también sobre la credibilidad de toda nuestra clase política. Ahora bien, ¿a quién hay que cuidar de estos idus? ¿Cuáles son los valores que deberíamos proteger?

Hay sectores del principal partido opositor que otorgan a este acto electoral un carácter épico, casi fundacional. Anticipan, para sí, decisivos porcentajes de triunfo. Susurran a quien pueda escucharlos que antes de fin de año -inmediatamente después de las elecciones- estarán listos para asumir el poder, no se sabe después de qué renunciamiento o alquimia constitucional.Convertidos por súbito impulso en duros críticos de una política económica que ellos mismos compactaron en la década de los 90, se postulan ahora como estentóreos promotores de un optimismo neodesarrollista. Sin embargo, en un tono de voz más bajo, casi inaudible, explican a sus interlocutores de la corporación economicofinanciera que serán ellos los que apliquen el verdadero ajuste, porque saben gobernar y domar a los sindicatos, y no tienen escrúpulos ni culpas para hacerlo.

Desde el gobierno, a su vez, también promueven la exageración, aunque simétricamente opuesta. Aquí no se habla de batallas épicas sino de un oscuro episodio de burocracia comicial, en el que se eligen bancas y donde la suma total de los votos prácticamente no cuenta. La ansiedad y el candor por disimular un resultado adverso llegan al límite de afirmar que aun saliendo segundo en todos los distritos, el partido o alianza gobernante tendrá mas senadores que ahora, es decir, ¡triunfará aunque pierda en todas partes! Por supuesto, el oficialismo tampoco asume los errores políticos que ha cometido, todos los cuales podrían explicarse o justificarse, salvo el empecinado aislamiento en el que se ha ido confinando.

Quizá sería importante que los dirigentes, tanto del gobierno como de la oposición, exploraran cuidadosamente el sentimiento popular, la actitud del ciudadano medio, frente a nuestros idus de octubre. No hay que aventurar diagnósticos generalizadores, pero todas las encuestas confiables nos transmiten un mensaje de apatía, de incredulidad, de rechazo a la habitual opción de nuestro sistema político. Por cierto, se trata de una reacción casi visceral ante el índice de desempleo, la recesión y la falta de horizonte de crecimiento, pero, asimismo, una obvia condena a la incapacidad de los partidos de sacrificar intereses particulares y acordar un proyecto común. No es extraño que hoy, más que nunca, frente a una evidente crisis de representatividad, resulte probable -y por qué no, deseable- la aparición de nuevas fuerzas o partidos transversales.

Sea como fuere, hay que ir a votar el 14 de octubre, y esperar el 15 sin la utopía de la salvación ni el presagio de la catástrofe. Cada uno votará según su razón o su corazón: convencidos, cansados o enojados. Desde el punto de vista político, lo peor que le pueda ocurrir al gobierno es una cantidad de votos muy menguada y la pérdida de la mayoría en la Cámara de Diputados. Habrá que tomar buena nota de los resultados -en ese caso y en cualquier otro- y reajustar y mejorar la gestión. Nada más ni menos dramático nos espera.

Gesto de consenso

Habría, eso sí, una buena oportunidad para aprovechar en las afortunadamente pocas semanas de campaña electoral. ¿Sería mucho pedir a los partidos que adoptaran, para beneficio de la población, una actitud didáctica y nos explicaran a todos las verdaderas condiciones de la situación argentina, sin agravios mutuos ni exhibición de pequeñas miserias, además de detallarnos sus respectivos proyectos para que el país salga de la recesión, crezca y recupere la esperanza? En un ambiente de sinceridad, desprovisto de trampas y falsas ilusiones, sería más fácil otorgar sentido al voto. Sí, tal vez sea mucho pedir.

Antes o después de las elecciones, de todos modos el gobierno y la oposición, y nuestros partidos históricos, nos siguen adeudando el gesto de consenso, el acuerdo para la transformación económica y moral -o más bien moral y económica- que frene o al menos intente frenar la decadencia nacional. Si la proximidad o las consecuencias de los idus de octubre sirven para concretar ese objetivo, bienvenidos sean.

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