Los imprevisibles caminos de la tecnología

Por Eitel H. Lauría Para La Nación
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23 de octubre de 2000  

Cuando se observan el estupendo desarrollo tecnológico y la extraordinaria magnitud industrial y comercial que a fines del siglo XX alcanzaron la aviación, las telecomunicaciones o la electrónica y se comparan con los primitivos y modestos comienzos de esas actividades a principios de siglo, se experimenta un sentimiento de asombro por la creatividad y el esfuerzo desplegados.

En el caso de la aviación, los primeros vuelos de una máquina más pesada que el aire tuvieron lugar en Kitty Hawk, Carolina del Norte, el 17 de diciembre de 1903, con el aparato Flyer construido con telas, maderas y alambres por los hermanos Wilbur y Orville Wright. El más largo de esos vuelos cubrió 260 metros y duró 59 segundos. No habían transcurrido cien años cuando miles de jets surcaban los cielos del mundo a velocidades de 1000 kilómetros por hora, transportando cientos de millones de pasajeros por año.

Sólo la ciencia ficción

En telecomunicaciones, la primera experiencia exitosa fue realizada por el físico italiano Guillermo Marconi el 12 de diciembre de 1901, cuando la letra S del alfabeto Morse fue transmitida inalámbricamente a través del Atlántico desde Cornwall, Inglaterra, hasta Terranova, Canadá. Un siglo después, las señales inalámbricas de radio, telefonía y televisión cubrían el planeta como una invisible, densa y enmarañada telaraña.

Tal vez aún más sorprendente es el arco de realizaciones desplegado por la electrónica. En 1897, el eminente físico inglés J. J. Thomson (1896-1940) identificó en el Laboratorio Cavendish, Cambridge, las hasta entonces misteriosas partículas (los electrones) cuyos flujos se manifiestan como corrientes eléctricas. Pocos años, después el inglés J. H. Fleming y el norteamericano Lee De Forest inventaban las válvulas o "lámparas" termoiónicas, el díodo y el tríodo, respectivamente, ambas de enorme importancia en el desarrollo posterior de las radiocomunicaciones. No obstante, el progreso desbordante de la electrónica se produjo después de la Segunda Guerra Mundial con la invención del transistor (1947) y del circuito integrado o chip (1959). Sus aplicaciones, en particular la computadora digital, son las principales responsables del giro copernicano operado en la instrumentación tecnológica de la sociedad de finales del siglo XX.

Aunque pueden delinearse otras evoluciones de magnitud comparable en el campo de la energía o de los materiales, las diferencias abismales antes señaladas entre los primeros pasos dados por algunas tecnologías y sus impresionantes progresos posteriores suscitan algunos interrogantes. ¿Fueron previsibles esas evoluciones? ¿En qué medida dependieron de invenciones sorpresivas e inesperadas?

En cuanto al primero de los interrogantes, es obvio que la realidad superó con creces todas las previsiones y predicciones efectuadas inicialmente. Sólo en algunos casos la ciencia ficción predijo en sus grandes líneas, sin precisiones ni detalles, los avances después realizados.

Alfombra mágica

Por otra parte, las innovaciones e invenciones inesperadas son las principales responsables de la imprevisibilidad de la evolución tecnológica e invalidan muchas veces los escenarios prospectivos propuestos por los futurólogos. Ejemplos de ello son el circuito integrado, el motor de reacción y la fibra óptica.

Estas reflexiones conducen a un nuevo interrogante: ¿cómo evolucionará la tecnología durante el siglo XXI?

En primer lugar, es necesario decir que en la actualidad es muy íntima, casi simbiótica, la relación existente entre la investigación científica y las innovaciones tecnológicas y que, casi seguramente, se asistirá a un notable desarrollo de algunas nuevas tecnologías basadas en la biofísica y la biología molecular.

Tal es el caso de la nanotecnología, definida en el ámbito espacial del nanómetro, una longitud igual a la millonésima parte del milímetro. Imitando las estrategias de la naturaleza, permitirá crear mecanismos y máquinas de dimensiones moleculares, tales como motores, bombas, mecanismos de reparación celular y nanocomputadoras, con aplicaciones revolucionarias en medicina, en el control de procesos industriales y en la lucha contra la contaminación ambiental.

Desarrollos de análoga importancia pueden anticiparse en el caso de los superconductores. Reciben ese nombre los materiales que no ofrecen resistencia a la circulación de las corrientes eléctricas y se comportan como conductores perfectos, sin pérdidas de energía. Se caracterizan asimismo por su capacidad para repeler los campos magnéticos, haciendo que un electroimán colocado encima de un superconductor flote sobre él, y viceversa. La superconductividad fue descubierta en 1911 para temperaturas cercanas al cero absoluto (-273ºC) y las investigaciones realizadas a partir de la década del 80 lograron la obtención de materiales superconductores a temperaturas sensiblemente más elevadas.

Algunas de las aplicaciones de la superconductividad que se anticipan asombran: motores y generadores eléctricos eficientísimos, precisos y pequeños; transmisión muy barata de la energía eléctrica, y trenes que se trasladan con la levedad de una alfombra mágica, flotando sobre sus carriles, a 500 kilómetros por hora.

No se agotan en las dos áreas señaladas las innovaciones que pueden esperarse en el siglo XXI. El panorama es mucho más amplio y permite concluir que el cambio de escenario tecnológico a fines de siglo será dramático, difícilmente imaginable, y sus proyecciones económicas y sociales serán enormes. © La Nación

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