Los libros no muerden

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12 de mayo de 2003  

La 29ª Feria Internacional del Libro, que acaba de concluir, nos deja algunas enseñanzas destacables. En un momento tan complejo de nuestra situación sociopolítica y de una crisis económica que urge superar, el público asistente continuó siendo millonario. En número, se entiende. Algunos con relativa comodidad, pero la mayoría hurgando el fondo de sus bolsillos, adquirieron ejemplares de su predilección.

Aquí llegamos a un punto fundamental: por primera vez en la historia de la Feria, más que por libros de ficción, los lectores se interesaron por textos que analizan la realidad argentina. Esto prueba a las claras que los argentinos buscan explicaciones de los males que aquejan a nuestra sociedad y quieren encontrar un camino hacia el ejercicio pleno de su ciudadanía. Es decir, alejarse de una condición de súbditos manejables por el poder, condición lesiva para "los derechos y garantías" que nos asegura la Constitución Nacional, cuyo sesquicentenario se ha cumplido hace pocos días.

Correlativamente, como informó LA NACION, "los políticos invitados desertaron en bloque, por lo que hubo que suspender los actos previstos". ¿Tan incómodos se sienten entre los libros quienes tantos conocimientos deben poseer para conducir la cosa pública? Es lamentable que gran parte de la mal llamada "clase política" esté convencida de que el saber es ajeno a la política y que bastan el clientelismo y los punteros para encaramarse en el poder. Si en ocasiones logran su designio, nunca alcanzan la estatura de los grandes estadistas que estructuraron el país, para quienes los libros fueron una herramienta indispensable.

A ésta, la más triste de las enseñanzas que nos dejó la Feria, contrapongamos otra en verdad reconfortante: un notable aumento de la venta de libros para niños. Los propios chicos prefirieron con frecuencia ver, leer, y recibir el regalo de un libro, antes que participar en juegos o asistir a espectáculos programados para ellos. Se trata de un tema que puede resultar paradójico cuando el Estado destina a la educación fondos cada vez más exiguos. Este hecho, más que inexplicable, resulta incomprensible en una etapa histórica en la que los países más desarrollados son, precisamente, aquellos que invierten importantes partidas del presupuesto nacional en educación y cultura, entendida ésta como concepto englobante de ciencia, tecnología y humanidades.

Recordemos, por la actualidad que reviste, una sentencia de Aristóteles en la primera página de su Metafísica : "El hombre tiende por naturaleza a conocer". Dicho de otro modo, la esencia humana es la búsqueda del conocimiento. El conocimiento, en su más alta instancia, no se diferencia de la ética. La inteligencia aplicada a la conducta nos permitirá reconstruir las instituciones indispensables para la consolidación de una vigorosa república democrática.

La Fundación El Libro no puede por sí sola resolver el problema de la educación en nuestro país, pero su actividad resulta un aporte incuestionable.

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