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Los modestos misterios del coleccionismo

Pablo Gianera
Pablo Gianera LA NACION
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19 de julio de 2015  

Uno de los momentos que mayor agitación provoca en los coleccionistas sobreviene cuando una buena biblioteca entra en liquidación. Que la biblioteca sea "buena" dependerá, claro está, de los intereses del coleccionista. Las veces que una biblioteca así me convoca, no puedo no sentirme como un animal que se alimenta de la carroña, de los restos de quien ya no está. Pero en realidad no podría haber mejor responso que esa carrera de postas de una vida cifrada en algunos miles de volúmenes. Esto lo entendió con claridad Walter Benjamin cuando escribió: "Porque la actitud de un coleccionista hacia sus posesiones se deriva de un sentimiento de responsabilidad del dueño hacia su propiedad. Ésta es, en el más alto sentido, la actitud de un heredero, el rasgo más distintivo de una colección siempre será su transmisibilidad".

Todo coleccionista suele ser eminentemente frívolo, puesto que funda su pasión en un simple principio acumulativo. Es también mi propia frivolidad, aunque, por otro lado, hace tiempo ya que el coleccionismo adoptó para mí un signo inverso: el del desprendimiento. Menos y menos libros hasta llegar a un núcleo mínimo, íntimo. Sin embargo, como consignó también Benjamin en Passagen-Werk, no hay estudio sin coleccionismo. No todo coleccionista estudia, pero no puede estudiarse sin ser coleccionista. Y la vida del dueño anterior, tal como se revela en las marcas de las páginas, constituye un objeto privilegiado de estudio para el coleccionista. Todo libro es un souvenir de la vida de su dueño. Quedarse con ese ejemplar, una vez que el poseedor decidió desprenderse de él o que la muerte separó poseedor y libro, es quedarse también con esa pequeña historia. Los libros nos informan sobre sus dueños. No es otro el origen del gusto por la "segunda mano", que permite leer las líneas en la palma de la "primera mano".

Las historias de esos ejemplares (muy diferentes de lo que esos ejemplares dicen como ensayos o poemas) pasan a ser la historia del coleccionista, y cada coleccionista encuentra en ellas un misterio. Por ejemplo, hace varios años compré una edición alemana en tres tomos de la obra del poeta Richard Dehmel. El Ex Libris indica que los ejemplares pertenecieron a Kurt Wittgenstein, hermano de filósofo Ludwig y del pianista Paul. Podría ser un caso de homonimia. Pero, por más popular que fuera la poesía de Dehmel a principios de siglo, ¿cuántos Kurt Wittgenstein lo leerían en Viena? El misterio se activa al constatar que los volúmenes fueron publicados hacia 1920 y al contrastar ese dato con el hecho de que Kurt murió (en circunstancias nunca aclaradas del todo) en el frente italiano durante los últimos días de la Primera Guerra. ¿No murió Kurt cuando se dice que murió? ¿Es equivocado el año del libro? ¿Alguien pegó el Ex Libris cuando él ya estaba muerto? ¿Había dos Kurt Wittgenstein?

Lo que contaré ahora, y que creo que ya conté antes alguna vez, pasó una tarde, ya casi noche, en un local de la calle Rodríguez Peña, a media cuadra de la avenida Corrientes. Un primer barrido visual por la promiscuidad de los estantes no revelaba nada digno de mención.

Cuando ya me iba, un volumen escaso pero llamativo me acercó a una mesa arrinconada. Muy avejentado, el libro, editado en 1963, es de Guillaume Apollinaire y lleva el sello de Malinca Pocket, pequeña editorial porteña dedicada a los clásicos y a los textos de divulgación cuyo lema declaraba: "Libros de ayer, de hoy, de mañana". En el ángulo superior izquierdo de la tapa se lee un nombre manuscrito, "Di Benedetto", dibujado con bolígrafo, letra de imprenta y pulso vacilante. La portadilla, ya de color bilioso, agrega más información: "Antonio Di Benedetto. 12/1/77. Bs. As." Nada más. Apenas algún subrayado. Es cierto que, como con Kurt Wittgenstein, podría tratarse de un caso de homonimia, pero la verosimilitud sugiere que el libro perteneció al autor de Zama y El silenciero. Di Benedetto fue secuestrado inmediatamente después del golpe de Estado, en marzo de 1976, y liberado en septiembre del año siguiente; es decir, habría recibido de algún modo ese ejemplar y lo habría leído en el tiempo final de su cautiverio. Por lo demás, la ilustración de la tapa muestra, sobre fondo negro, una inquietante silueta blanca con una mancha roja en el pecho. Inevitablemente, el título del libro es El poeta asesinado.

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