Los nuevos protestantes de la era global

Según algunos expertos, los recientes reclamos populares en el mundo son el síntoma de un posible retroceso a formas más cerradas
(0)
29 de octubre de 2000  

Hace apenas diez años, la caída del bloque socialista parecía confirmar la profecía de Carlos Marx, sólo que en un sentido contrario al que él había previsto. Con la victoria final del capitalismo sobre su secular adversario, la humanidad se encaminaba aparentemente hacia un devenir histórico común, cuyo ritmo estaba marcado de manera irreversible por las fuerzas estructurales de la economía y el desarrollo tecnológico. La palabra que sintetizó mejor que ninguna otra el significado de este nuevo ser genérico fue, sin lugar a dudas, "globalización".

Una década más tarde, sin embargo, esta supuesta dirección única de la historia es duramente cuestionada por amplios sectores de la opinión pública internacional. El dato más relevante es que estos cuestionamientos no provienen de aquellas regiones del planeta en las que la economía capitalista o la forma de gobierno de la democracia occidental jamás echaron raíces demasiado fuertes -como gran parte del mundo islámico o el Africa subsahariana-, sino del corazón mismo del mundo desarrollado. Se trata, además, de un movimiento fuertemente contestatario, como quedó de manifiesto en las calles de Seattle y de Praga durante el último encuentro de la Organización Mundial del Comercio y la Asamblea anual del Banco Mundial y el FMI.

El análisis de este creciente movimiento antiglobalización -que reúne a grupos tan distintos entre sí como los campesinos franceses, los sindicatos norteamericanos, las organizaciones ecologistas de todo el mundo y los defensores de las minorías étnicas o culturales- fue el tema central de un congreso organizado hace pocos días en Buenos Aires por la Universidad Abierta Interamericana y la Universidad de California en Santa Bárbara.

Escenario de riesgo

Según uno de los asistentes a dicho congreso, el profesor de economía internacional de la Universidad de California Benjamin Cohen, esos críticos tienen el mérito de haber puesto sobre el tapete la pregunta acerca de los costos de la globalización. "Todo cambio social tiene ganadores y perdedores -dice Cohen-; el mayor desafío de la política económica del siglo XXI es cómo ayudar a los perdedores de este proceso, sin destruir en el camino el sistema de integración de las economías nacionales que constituye la esencia de la globalización." La desigualdad de ingresos entre las personas, el deterioro ambiental y la degradación cultural impuesta por los medios de comunicación masivos, agrega el especialista, describen un escenario de crecientes tensiones sociales, en donde la respuesta a dicha pregunta se vuelve cada día más imperativa.

Desde el punto de vista económico, la mayor amenaza es el avance de las recetas proteccionistas, que muchos empiezan a ver como la única alternativa posible a los problemas generados por la apertura de los mercados. "El error de esta postura es tirar al bebe junto con el agua -sostiene Cohen-; si bien es indudable que la globalización tiene sus fallas, también produce enormes beneficios a millones de personas."

Estos beneficios, sin embargo, no son siempre tan obvios como creen los defensores a ultranza del mercado. En el fondo, la crítica de Cohen no apunta tanto a los enemigos de la globalización como a los liberales rabiosos. "A pesar del evidente poder de los mercados, no existe ningún determinismo histórico que nos autorice a pensar que un fenómeno como éste es irreversible", afirma.

Después de todo, no es la primera vez que presenciamos un proceso de integración aparentemente inevitable. Hace un siglo, la economía mundial también parecía firmemente encaminada hacia la globalización. Según algunos parámetros, como los flujos de inversión directa y el nivel de aranceles, las naciones estaban incluso mucho más interrelacionadas antes de la Primera Guerra Mundial que hoy día. Sin embargo, esta apertura se derrumbó en la década del treinta, cuando la mayoría de los países se parapetó detrás de fuertes barreras proteccionistas. "Si el genio salió una vez de la botella, ¿por qué no podría volver a hacerlo?", se pregunta Cohen.

La clave no reside tanto en la economía como en la lógica de la política, afirma el experto. "A pesar de su aparente pérdida de soberanía ante el avance de la globalización, los Estados nacionales siguen siendo básicamente dueños de su destino -dice-; si quieren, pueden ejercer su soberanía para limitar la apertura económica, por ejemplo."

Por otra parte, tampoco es cierto que haya un solo tipo de capitalismo recomendable. "Lo que vemos hoy en la escena internacional es la competencia de varios modelos regionales de desarrollo, como el norteamericano, liderado por los Estados Unidos, el europeo y el japonés -dice Cohen-; lo que los franceses llaman el "modelo angloamericano" es sólo una de las formas del capitalismo global."

¿Quiere esto decir que existe una Tercera Vía, como afirma Tony Blair? "Esencialmente, el gobierno laborista británico ha tratado de hacer lo mismo que Bill Clinton: combinar una mínima intervención estatal en la producción con una intervención más activa en las cuestiones sociales -sostiene Cohen-; en realidad, creo que hay muchas terceras vías posibles."

La nueva dependencia

"Globalización" es el término más usado en las ciencias sociales contemporáneas, pero esto no significa que tenga un sentido demasiado preciso", dice el sociólogo cubano Miguel Centeno, director del Willson College de la Universidad de Princeton.

"Cuando usamos esta palabra -agrega- generalmente le damos una de estas acepciones: metáfora de una red de relaciones sin centro; descripción del estado del mundo como un agregado de países o grupos culturales en pugna, al estilo del choque de civilizaciones de Samuel Huntington; o imperio global, que se resume gráficamente en la imagen de una rueda de bicicleta en la que todos los rayos parten de un centro." Centeno se propuso confrontar estas acepciones con una investigación empírica sobre el tráfico de llamadas telefónicas entre distintos países. Esta investigación lo llevaría a un resultado sorprendente.

El mapa del tráfico telefónico global se corresponde claramente con la tercera acepción del término "globalización" señalada más arriba. "Lejos de tomar la forma de una telaraña sin centro, lo que se observa es una especie de gran rueda de bicicleta, con una evidente desproporción en el número de llamadas telefónicas recibidas por un país por sobre el resto del mundo -dice Centeno-; ese país es Estados Unidos."

La sorpresa del investigador cubano devino al extrapolar estas conclusiones al análisis del juego político internacional. "En pleno auge de la globalización, la teoría más apropiada para describir estas relaciones de poder es la vieja teoría de la dependencia -dice-; de hecho, los conceptos de centro y periferia se ajustan perfectamente a la imagen de la rueda de bicicleta."

¿Se habrá apresurado Luis Henrique Cardoso, uno de los creadores de aquella teoría, cuando la arrojó al tacho de basura ideológico para adoptar el nuevo evangelio de la globalización?

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.