Los pilares de la paz

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31 de diciembre de 2001  

El mensaje del Papa para la Jornada Mundial de la Paz 2002, cuya celebración la Iglesia propone el primer día de cada año, ensaya una articulada respuesta al desafío abierto a la humanidad por los atentados del 11 de septiembre en Nueva York y Washington.

En estos días cruciales y dramáticos, esas reflexiones sobre la paz y la justicia adquieren para los argentinos una particular resonancia. Conmovidos por una situación inédita, desafiados como nunca antes por una crisis terminal que los ha colocado al borde de la disolución social, esos planteos aparecen como un cauce acogedor, como una luz en medio de las tinieblas de la sinrazón y los sectarismos.

¿Acaso no resonará como dirigido a la sociedad, y particularmente a la dirigencia argentina, el interrogante formulado por el Papa en los primeros tramos del mensaje? "¿Cuál es el camino que conduce al pleno restablecimiento del orden moral y social violado tan bárbaramente", pregunta, con referencia a lo sucedido durante los regímenes totalitarios del nazismo y el comunismo. Y se responde Juan Pablo II: la convicción a la que he llegado razonando y confrontándome con la revelación bíblica es que no se restablece completamente el orden quebrantado si no es conjugando entre sí la justicia y el perdón.

Los pilares de la paz verdadera son la justicia y esa forma particular del amor que es el perdón, dice el Pontífice. Su orientadora reflexión aplicada a la gravísima situación del país evoca aquellas iluminadoras páginas ofrecidas por los obispos argentinos en "Iglesia y comunidad nacional", que contribuyeron a orientar la recuperación de la democracia. Así, el mensaje papal parece estimular a la Iglesia argentina a ahondar su compromiso como promotora del diálogo y la reconciliación.

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El mensaje del Papa es, claro, la página liminar de un inminente acontecimiento religioso: el encuentro de oración que el 24 de enero próximo congregará en Asís, la ciudad de San Francisco, a líderes de las más diversas confesiones.

El Papa no deja resquicios en su condena del terrorismo y suscribe el derecho a defenderse de ese flagelo, pero recuerda que deberá atenerse a reglas morales y jurídicas tanto en la elección de los objetivos como en la de los medios por emplearse. "¡No se mata en nombre de Dios!", dice, al reafirmar que imponer a otros con la violencia lo que se considera como la verdad significa violar la dignidad del ser humano y ultrajar a Dios, del cual es imagen. "Si nos fijamos bien, el terrorismo no sólo instrumentaliza al hombre, sino también a Dios, haciendo de él un ídolo, del cual se sirve para sus propios objetivos", proclama el mensaje cuyo lema es igualmente conmovedor: "No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón".

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