Los políticos y el pueblo

Por Sylvina Walger Para LA NACION
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21 de diciembre de 2001  

EL miércoles 19 de diciembre de 2001 marcará para siempre el recuerdo de una jornada en que los argentinos salieron a expresar (con matices, claro) el profundo drama que están viviendo. Durante el día los más pobres, los que la jerga sociológica denomina marginales, avanzaron en pos de bienes de consumo como termitas ciegas y enardecidas. Feos, sucios y malos como los personajes de Los olvidados, de Luis Buñuel, a su lado las famosas jacqueries medievales parecen hoy reuniones de meditación. Es cierto también que muchas veces no se conformaron solamente con galletitas y polenta y exigieron whisky o champagne, pero, ¿acaso ese vivere epicúreamente lo inventaron ellos o hace más de una década que los medios no hacen más que mostrarlo como símbolo de éxito?

Por la noche, y luego de que el discurso televisado del Presidente de la Nación (una fallida prosa del joven Antonio) funcionara como la guinda de la copa melba, las clases medias (y un póco más arriba) y muchos, muchísimos jóvenes ganaron la calle, la Plaza de Mayo, los barrios. Sin saqueos, con fogatas, bailes y onda tipo goles del Mundial, los autoconvocados dijeron claramente que los quieren a todos lejos. Por primera vez en la paternalista historia de la patria nadie vivó el nombre de ningún mortal. Estábamos aprendiendo a darnos cuenta de que podemos estar solos.

Es de todos conocido aquello de que la historia se repite la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. La Argentina no es una excepción a esta regla, aunque queda la duda de si es realmente la historia la que se repite o, simplemente, que nunca hemos logrado eludir el presente.

Muchas cosas nos separan de la experiencia de la República de Weimar, en que Alemania experimentó el primer proceso de hiperinflación conocido en la historia, pero sus consecuencias pueden llegar a ser similares.

Si bien los alemanes, que acabaron llevando los billetes en cestos y carretillas, lograron enderezar su economía (después de solicitarles a los vencedores moderación en la exigencia de pago de las reparaciones), el daño político y social que la hiperinflación y la desocupación produjeron fue irreparable.

Cultura democrática

El retroceso del sistema democrático y el auge de la ultraderecha fueron imparables. Las clases medias, que habían visto destrozada su economía por la hiperinflación y se encontraban enardecidas por la sumisión del gobierno a los vencedores de la Primera Guerra Mundial, encontraron su oportunidad en la figura de Hitler. Simon Wiesenthal, que de esto algo sabe, siempre advierte: “¡Guay de aquellas naciones donde las clases medias comiencen a pedir pan y trabajo!”

Lo que sí tienen en común la Alemania de aquel momento y la Argentina de hoy es que hay cada vez más compatriotas que piden pan y trabajo, que además se acaban de manifestar rechazando de plano a la devaluada clase política. También comparten esta Argentina y aquella Alemania el que los valores y la cultura democráticos no hayan terminado de enraizarse profundamente en la conciencia popular.

Aunque Hitler propiamente dicho todavía no hay ninguno a la vista, las hambrientas termitas del miércoles no estaban totalmente solas. Ese día, a las tres de la tarde, en Las Heras y Pueyrredon, sospechosos señores con walkie talkie y con el aire más de cruz gamada que de trapo rojo amedrentaron a los vecinos anunciándoles imaginarias llegadas de hordas, con lo que los obligaron a cerrar sus negocios.

Tampoco hay revolucionarios de fuste y mucho menos la displicente elegancia de los personajes de Cabaret, que en esta puesta en escena han sido reemplazados por los coloridos restos del “versacismo” del siglo XX.

Ya en 1933, Golo Mann (el hijo de Thomas) había pedido a los políticos de Weimar que fueran “un poco más inteligentes, un poco más osados, más creativos”. En la Argentina se habría podido agregar “más compañeros” y “más austeros”.

Todos aquellos beneficios que tienen los legisladores en los países serios y que están dirigidos a permitir el correcto funcionamiento de las instituciones democráticas aquí se han convertido en prebendas de los círculos cerrados del poder.

Confuso bolero

Por si a alguien le quedan dudas sobre el porqué de esta pueblada, basta recordar la voracidad rayana en la gula con que la nueva camada de senadores (hay excepciones y las conocemos), los primeros elegidos por el voto directo, debutó trompeándose por el tamaño de los despachos.

De todo lo que uno hubiera osado elucubrar en términos de reacción del Gobierno (después de habernos expropiado) para enfrentar una situación que ha pasado a ser del dominio de los piromaníacos, nadie imaginó esa especie de Yalta devaluado que resultó ser la convocatoria a un “acuerdo patriótico” y que juntó para la foto al trío Los Panchos de los últimos años de la política argentina. Del confuso bolero con que nos regalaron los oídos quedaron palabras tan tiernas como contradictorias: van a dolarizar, no van a dolarizar, jamás devaluar y adelante con la convertibilidad. Entretanto a nosotros, los de abajo, que habíamos emprendido el tumultuoso descenso que nos llevaría a convertirnos en émulos de los protagonistas de alguna novela de Miguel Ángel Asturias, se nos acaba de encender una luz, filosa y ambigua, pero luz al fin.

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