Los protagonistas y los actores de reparto

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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30 de junio de 2002  

CUANDO Alberdi describió la institución presidencial en su libro Bases , publicado en 1852, que serviría de modelo a la Constitución de 1853, bajo la cual todavía vivimos, citó con aprobación esta rotunda frase de Bolívar: "La América antes española necesita reyes con el nombre de presidentes". San Martín fue aún más lejos: quería, simplemente, reyes. Ninguno de los dos libertadores era monárquico militante, pero ambos pensaban que sin poderes ejecutivos fuertes nuestra América sucumbiría al mal que arreciaba en su época y que todavía nos acecha: el mal de la anarquía.

Para traducir el lenguaje de San Martín y Bolívar al espíritu republicano de nuestra época, lo que correspondería decir es que la América antes española necesita presidentes-protagonistas. Cuando los tiene, esa clase de presidentes puede equivocarse o no, pero en todo caso marca el rumbo. Cuando no los tiene, cuando sus presidentes no son protagonistas sino actores de reparto, cunde el virus de la ingobernabilidad, que es la antesala de la anarquía.

Calificar a un presidente de actor de reparto no equivale a despreciarlo. Hay excelentes actores de reparto. Pero a los díscolos países de Hispanoamérica su débil autoridad no les alcanza. Necesitan presidentes-protagonistas. Cuando no los tienen, al fin les pasa lo que pasó entre nosotros el 20 de diciembre, cuando De la Rúa salió de escena en medio de muertes y disturbios. Cuando no los tienen, les pasan los muertos y disturbios de esta semana.

Pero la lucha de Duhalde por ejercer una verdadera autoridad no ha concluido. Quizá dispone aún de un camino para no quedar "delarruizado". La lucha de Duhalde por dejar de ser un actor de reparto y escalar la cumbre de los protagonistas es, en rigor, el argumento central del drama que estamos viviendo. Las tragedias terminan necesariamente mal, pero los dramas, que encierran como ellas una tensa trama, pueden terminar mal o bien, los espera un final abierto, y por lo tanto contienen hasta su desenlace funesto o feliz una semilla de esperanza.

De Alfonsín a Duhalde

Según hemos visto, hay tres clases de presidentes: los protagonistas acertados , los protagonistas equivocados y los actores de reparto. Con los primeros, el país avanza impetuosamente. Esto ocurrió, por ejemplo, con Mitre, Sarmiento y Roca. Con los segundos, el país al fin retrocede, pero mientras dura el predominio de ellos tiene al menos una conducción, un rumbo definido. Esto pasó, por ejemplo, con Perón. Con los terceros, el país anda a la deriva. Es larga la lista de nuestros presidentes-actores de reparto: la integran, entre otros, Derqui, Juárez Celman, Luis Sáenz Peña, Castillo e Isabel Perón.

¿Cómo ubicar a los cinco presidentes que ha tenido hasta ahora la democracia renacida en 1983? Alfonsín fue, sin duda, un presidente-protagonista, pero, como lo demostró el dramático final anticipado de su mandato en 1989, también fue un protagonista equivocado. Podría decirse que Menem fue entre 1989 y 1995, en su primer mandato, un protagonista acertado. Pero el segundo Menem, de 1995 a 1999, fue un protagonista equivocado que en vez de mejorar decisivamente el avance imperfecto que había logrado en su primer mandato terminó empeorándolo. De la Rúa fue, como Derqui, un actor de reparto. Rodríguez Saá no podía no serlo, dada la brevedad de su mandato.

Duhalde ha sido hasta ahora un actor de reparto, pero aún tiene la posibilidad de elevarse a la altura de los protagonistas si acierta a ofrecernos finalmente una transición ordenada hacia quien será, esperamos, un nuevo presidente-protagonista acertado a partir del cual la Argentina podría retomar la senda del crecimiento.

Final abierto

Cuando Duhalde asumió la presidencia al comenzar el año, el hecho de que no hubiera sido elegido por el pueblo sino por una asamblea legislativa lo proyectaba desde el inicio como un presidente débil, como un actor de reparto. Pero el hecho de que hubiera doblegado en 1999 la intención reeleccionista del protagonista Menem, aspirando de ahí en más a discutirle la jefatura del peronismo, lo convertía en un "peso pesado" con serias aspiraciones a trascender su situación inicial. Digamos que, desde principios de año en adelante, Duhalde ha sido un actor de reparto con pretensiones de protagonismo.

Para llevarlas a cabo, debía aprobar dos asignaturas. Una, sacarnos del pozo económico y social donde nos encontrábamos. La otra, llevarnos al buen puerto de una elección de donde surgiría el próximo presidente-protagonista. La aprobación de la primera de las asignaturas pendientes podría haberle facilitado decisivamente la aprobación de la segunda.

Pero Duhalde y Remes no aprobaron la primera asignatura. Es más: la reprobaron con una nota claramente menor que sus antecesores. Tendemos a echarle la culpa por lo que nos pasa al segundo Menem, a De la Rúa, al segundo Cavallo. Culpa, sin duda, tienen. Pero Duhalde y Remes, que conservan todavía la imagen bonachona del equipo de bomberos que vino a apagar el incendio, lo agravaron hasta lo indecible echando nafta al fuego con la devaluación y la pesificación improvisadas que desataron.

Poco a poco, a medida que los argentinos obtengamos la perspectiva necesaria de los seis meses que han pasado desde la inauguración de Duhalde, llegaremos a la conclusión de que el daño que él y Remes han producido es sencillamente incomparable con el que heredaron. El desempleo y la pobreza están creciendo a un ritmo nunca visto. Si la Argentina económica andaba a los tropezones antes de Duhalde, hoy se precipita en caída libre hacia el abismo.

Lo más que pueden esperar de ahora en más Duhalde y Lavagna o quien resulte su eventual sucesor al frente del Ministerio de Economía es demorar algunas semanas, algunos meses, el desastre. No es por la vía económica y social que Duhalde logrará superar el destino de los actores de reparto.

Pero le queda, aún, la vía política. ¿Qué pasaría si el presidente de la transición, dándose cuenta de que no tiene posibilidades económicas, concentrara sus esfuerzos en la salida política? ¿Qué pasaría si, entregándose de lleno a una reforma integral y urgente de nuestras costumbres políticas, nos ofreciera de aquí a unos meses una elección de donde pudieran surgir un número mucho menor de legisladores auténticamente representativos y un nuevo presidente ampliamente apoyado por el pueblo?

Hasta ahora Duhalde se ha concentrado en la economía y en las carencias sociales que su colapso genera, dejando la política para más adelante. Si quiere figurar en la historia junto a los grandes, si quiere ser protagonista, tendrá que invertir de inmediato su estrategia. El mal económico que contribuyó como nadie a agravar ya no puede remediarlo. Pero puede buscar, todavía, el bien político de una reforma audaz del sistema representativo, bajando drásticamente sus costos, y de una elección anticipada en dirección de un nuevo comienzo. Esto aún puede hacerlo. Le queda poco tiempo. En caso de que no apure el paso, la elección vendrá de cualquier modo, caótica y conflictiva, dejándole al nuevo presidente la pesada tarea de promover la transición que Duhalde debía liderar.

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