"Los relatos existen para atribuirle el fracaso de un proyecto a un enemigo"

Investigador argentino radicado en Francia desde hace 20 años, este analista del discurso político argentino sostiene que distinguir entre amigos y enemigos no es algo exclusivo del kirchnerismo, sino "la división fundamental de la política", un recurso que, afirma, también Alfonsín y Menem utilizaron en su momento
Astrid Pikielny
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10 de junio de 2012  

Qué política no dividió a los argentinos?", se interroga Dardo Scavino, al tiempo que bucea en la historia del siglo XX y confirma que tanto el peronismo y el radicalismo como los sucesivos golpes de Estado que interrumpieron en la continuidad democrática construyeron, a su modo, una épica y una fábula política, y elaboraron una narración que definió un "nosotros y ellos".

Sea de izquierda o de derecha, moderada o extremista, toda narración política establece siempre una distinción entre amigos y enemigos, entre defensores del statu quo y promotores del cambio, y entre el poder y el pueblo, aunque –claro estᖠcon significados, sentidos y direcciones distintas, explica este investigador argentino y docente en literatura radicado en Francia desde hace veinte años.

De esto precisamente da cuenta su último libro, Rebeldes y confabulados. Narraciones de la política argentina (Eterna Cadencia), en el que desmenuza la gramática de los discursos políticos del siglo XX en la Argentina.

Formado en la cultura estructuralista y lacaniana, cuando Scavino se ubica como analista de los relatos, compara su lugar con el del psicoanalista que escucha el discurso del paciente e intenta reconstruir el relato que, en este caso, una comunidad política se cuenta acerca de sí misma y acerca del país. Cuando, en cambio, se reconoce como sujeto político, no oculta una cercanía con el modelo encarnado por el kirchnerismo.

–¿A qué se refiere cuando habla de "relato"?

–Cuando yo hablo de relato, hablo básicamente de estructura. Cuando analizo la gramática de las narraciones políticas, sucede lo que sucede con la lengua: las frases dicen cosas diferentes y los contenidos varían, pero todas tienen sujeto y predicado; objeto directo e indirecto. Y eso es la estructura. Al mismo tiempo, esto me permite ocupar un lugar como lector y analista de la política, que no es el lugar del juez. Yo no quería juzgar la política.

¿Por qué no?

-Porque muchas veces, tanto los politólogos como los historiadores ocupan un lugar un poco tribunalicio y la propia historia argentina se lee como un gran tribunal histórico en el que se juzga a los distintos protagonistas a ver quiénes son los buenos y los malos, los justos y los injustos, los civilizados y los bárbaros. Todo ese tipo de debates en donde la historia se confunde con un tribunal histórico es una herencia: es la secularización de esa historia providencial judeocristiana que piensa la historia en términos de un juicio final, en el que se dirime la diferencia entre justos e injustos.

- Entonces, ¿cómo describiría el lugar en el que se ubica?

-En la lectura de la historia trato de ocupar un lugar comparable al del psicoanalista. ¿Qué hace el psicoanalista? Escucha el discurso del paciente y a partir de ese discurso intenta reconstruir lo que Lacan llama "el mito individual del neurótico", que es, en definitiva, el fantasma fundamental del individuo. Es el cuentito que arma el paciente, que es constitutivo y que aparece como una especie de compulsión a la repetición y, como bien dice [Sigmund] Freud, ese relato en general no son cosas que ocurrieron efectivamente, sino que es un fantasma elaborado por el sujeto, que va a repetirse a lo largo de su historia personal. O sea, cuál es el "cuentito" que ese sujeto se está contando sobre sí mismo. Por eso no creo que relato y discurso sean cosas opuestas. Yo analizo cuál es el relato que una comunidad política se cuenta acerca de sí misma y acerca del país. Cada política cuenta con una historia y eso es un relato. La política no puede escapar a eso.

- ¿Qué análisis hace del relato kirchnerista? ¿Qué continuidades y rupturas advierte entre el discurso peronista clásico y el kirchnerista? ¿Cómo opera y cuáles son las marcas de época?

-Analicé muchos discursos de Néstor y de Cristina, sobre todo los discursos de asunción presidencial, y hay algunas similitudes y continuidades en relación con el peronismo clásico. Por ejemplo, el enemigo es más o menos el mismo, la prensa. Eso ya estaba en el discurso de campaña que Perón produce en Santa Fe en 1946, cuando habla de "la prensa venal". Y el otro enemigo es el poder económico concentrado. En ese aspecto hay una continuidad porque guarda una dimensión antiimperialista del discurso peronista clásico. En lo que sí cambia es en que en el peronismo la columna vertebral del movimiento eran los trabajadores y el sindicalismo, mientras que en el discurso del kirchnerismo los trabajadores prácticamente desaparecen. En los discursos de Néstor y Cristina aparecen mencionados, pero en el discurso de Néstor de 2003 se integra a los trabajadores en un grupo de vulnerables, que son los jubilados y los niños.

- ¿Y quién ocupa ese lugar vacante?

-Bueno, cuando me pregunto cuál es el grupo que viene a sustituir a los trabajadores o descamisados, esa parte de la sociedad que representa a la totalidad, lo que aparece es la referencia a "nuestra generación". "Nuestra generación" aparece como ese grupo que representa a la totalidad. "Nuestra generación que luchó por nuestros ideales" es una referencia constante. Esa evocación al setentismo es muy importante. El gobierno actual se plantea como una continuación de ese movimiento y momento histórico que fue interrumpido por el golpe de Estado y más tarde por el gobierno de [Carlos] Menem.

- ¿Hay un uso de eso para construir épica y epopeya, y para recrear una mística?

-Todos los discursos políticos hacen esta operación. Los que dicen que el kirchnerismo hace eso hacen lo mismo, pero lo que sucede es que los protagonistas de esa epopeya son otros. En la época de Menem también había una épica, pero el héroe de la epopeya era el "empresario" y el enemigo era "el empleado público".

- O sea que cada discurso político, del signo que fuere, construye su propio altar de héroes y villanos, de santos y enemigos.

-Sí, porque la política no puede sustraerse a eso. Amigos y enemigos es la división fundamental de la política. Carl Schmitt decía que el discurso de la ciencia se divide entre lo verdadero y lo falso; el discurso de lo moral, entre el bien y el mal; el discurso de lo estético, entre lo bello y lo feo; y el discurso de la política, entre amigos y enemigos. Todo discurso es político desde el momento en que un discurso dice "nosotros y ellos".

- Entonces ¿no coincide con quienes afirman que la división entre amigos y enemigos es una operación más extrema en el kirchnerismo?

-No creo en absoluto que esa operación sea más radical en el kirchnerismo. Esta crítica al kirchnerismo porque establece una división entre los argentinos y una diferencia entre "nosotros y ellos", entre "fieles y traidores", ésa es una crítica oportunista porque cualquier relato político hace eso. Cuando Alfonsín habla de democracia o dictadura, está haciendo la misma división: nosotros y ellos. Que uno pueda estar más o menos de acuerdo con un discurso u otro, eso es otra cosa. Cada uno considera a dónde se va a situar, y va a definir quiénes son sus amigos y quiénes sus enemigos. Pero acusar a una política de dividir entre amigos y enemigos es acusar a la política de ser política. Además, agrego, esa división entre amigos y enemigos tiene que ver con que los enemigos siempre son el statu quo y los amigos, los que se rebelan contra el statu quo. Toda política se propone como una rebelión contra el statu quo y contra el poder, incluso todos los golpes de Estado en la Argentina -la Revolución Libertadora, la Revolución Argentina, el Proceso de Reorganización Nacional- plantearon que algo estaba mal en este país y había que cambiarlo. Por supuesto que uno no está de acuerdo con lo que hicieron, pero todos se plantearon cambiar el orden establecido. Todas las políticas dividieron a los argentinos. ¿Qué política no dividió a los argentinos? No hay política sin división lo que sucede es que hay divisiones que a uno le resultan más simpáticas que otras.

- Una de las cuestiones que aparecen en la discusión política es el desacuerdo sobre dónde está el poder. El Gobierno tuvo un apoyo en las urnas del 54%, tiene mayoría en el Parlamento, medios afines, gobierna 21 de las 24 provincias y neutralizó al poder sindical. ¿Se puede seguir diciendo, entonces, que el Gobierno no es el poder y que está en otro lado?

-No hay manera de ocupar un lugar neutral desde donde decir "el poder está acá". Yo puedo decir eso como sujeto político, pero no puedo decirlo como analista de los relatos. No hay un poder en el que todos están de acuerdo. Nadie dice políticamente "yo soy el poder". Todos dicen "yo me rebelo contra el poder". Tomemos el caso de los intelectuales kirchneristas. Ellos van a posicionarse como contestatarios de un poder que es el poder de las corporaciones y el conglomerado mediático, y los intelectuales antikirchneristas también se van a poner en una posición de ruptura, de contestación y disidencia de lo que ellos llaman "statu quo" o hegemonía política, en este caso kirchnerista. El poder no se puede presentar como una montaña que está ahí, y en la que todos estamos de acuerdo que está ahí. Cada uno construye un relato y pone el poder en algún lado. Es un tema de posicionamiento, y no hay manera de decir objetivamente "el poder está acá". Es la política la que va a definir dónde está el poder.

- En los discursos de la Presidenta hay una evocación a Néstor Kirchner -con el uso del pronombre "el"- que parecería promoverlo como mártir y héroe de la política. ¿Coincide con esa lectura?

-Sí, hay una idea de convertir a Kirchner en prócer, pero esto no es un fenómeno exclusivo del peronismo. Todos los movimientos crean próceres, el problema siempre es "quién". Para algunos será Sarmiento, para otros será Rosas? Alfonsín mismo, alguien que insistió tanto en la cuestión institucional, aparecía como una figura carismática. Alfonsín elabora ese relato tan potente de "democracia o dictadura" en el 83, y que cohesionó a una sociedad muy diferente, desde la izquierda hasta la derecha. En el 83, en la Plaza de Mayo estaban desde la Ucedé hasta el MAS aplaudiendo el discurso de Alfonsín en el Cabildo. Y en el 87, con los levantamientos, fueron a la Plaza sectores de lo más heterogéneos, en defensa de la democracia. Ahí también había una mística.

- Parece comprensible que, en plena transición democrática, Alfonsín haya diferenciado entre "nosotros y ellos" y haya identificado a quienes perpetraron el horror. ¿En qué medida la operación de "amigos y enemigos", hecha ahora, no potencia la enorme facciosidad de la vida política argentina?

-Amigos y enemigos es una división política que pierde este estatuto cuando se militariza, como ocurrió durante la última dictadura militar. Pongámonos de acuerdo en una cosa: hay una diferencia cualitativa entre lo político y "su continuación por otros medios", lo militar, que distingue a la última dictadura de cualquier otro gobierno llamado democrático. Incluso los medios de comunicación que ampararon, ocultaron y hasta justificaron ese exterminio de enemigos políticos, no pueden compararse con aquellos que, por más que se muestren parciales o, para sus críticos, tendenciosos, no alientan el exterminio de los adversarios. Dicho esto, muchas de las acusaciones que se le dirigen hoy al kirchnerismo también valdrían para el alfonsinismo, porque en aquella época también se compraron medios de prensa, como Tiempo Argentino y El Periodista; se levantaron programas de radio como el de [Eduardo] Aliverti, y se intentó controlar, por medios no siempre democráticos, espacios como la universidad, algo que conozco por experiencia personal. Yo creo que la crítica de las formas de llevar a cabo una política suele esconder la oposición a un contenido político que no puede explicitarse.

- ¿En qué sentido?

-Cuando Alfonsín protegió a los especuladores de la "patria financiera", negándose a tomar las medidas necesarias para terminar con procedimientos que permitían el enriquecimiento escandaloso de una minoría en detrimento de la mayoría de la población, los medios vinculados con esta "patria financiera" miraban para otro lado, y le criticaban, por ejemplo, el Plan Alimentario Nacional. Pero cuando el gobierno de Kirchner concede los planes trabajar o las asignaciones por hijo a una población devastada por aquellas políticas neoliberales, lo acusan de clientelismo. Una vez más, la forma, el "clientelismo", es una acusación que aparece cuando se trata de ciertos "clientes" y no de otros.

- En estos meses se produjo una caída de las reservas y de la producción industrial, aumentó el riesgo país, se disparó el dólar paralelo, se sospecha de una importante fuga de capitales y hubo protestas en la calle. ¿Cree que el "relato" oficialista comienza a crujir desde lo económico? ¿La economía revela las grietas del relato?

-Los relatos políticos no se agrietan. Fíjese en el regreso de Domingo Cavallo. Fíjese, si no, en cómo ese mismo relato político está sumergiendo a la Unión Europea en la peor crisis de su historia, sin que sus principales líderes políticos lo cuestionen. Para eso existen, en parte, esos relatos: para atribuirle el fracaso de un proyecto a un enemigo. Si pensamos en los datos a los que se refiere, no me parece que por el momento minen la credibilidad del Gobierno. El aumento del riesgo país se disparó después de la nacionalización de YPF, y se trató de un castigo de las agencias de notación, que son todo menos neutrales.

- Pero las reservas cayeron.

-Es cierto que las reservas "cayeron", pero este verbo no puede emplearse en el mismo sentido para la industria, porque esto significaría que la curva ascendente ahora es descendente, lo que no es cierto: según el propio Banco Mundial, las previsiones de crecimiento industrial para la Argentina serían este año del orden del 6%, lo que no significa una "caída", sino una "subida", por decirlo así, menos empinada. De todos modos, si lo comparamos con la mayoría de los países occidentales, se trata de un crecimiento notable, que hace soñar a más de un país "serio". El fenómeno del dólar en la Argentina, y la cuestión del control cambiario es otra de las cosas que resultan increíbles: en Europa, y más particularmente en Francia, tampoco pueden comprarse divisas extranjeras sin justificar la procedencia del dinero y sin presentar una declaración fiscal en orden. Lo sorprendente es que en la Argentina no se hubiese hecho esto antes. Estas medidas -la nacionalización de las empresas, el control cambiario y la presión tributaria- muestran, más bien, el fortalecimiento del proyecto gubernamental.

MANO A MANO

La conversación con Scavino se realizó en dos andariveles que él se encargó enfáticamente de diferenciar en cada una de las respuestas y posicionamientos: el registro meramente teórico y, por momentos, "aséptico" del análisis de los relatos, en donde se ubica como "lector" de los discursos políticos, y el del sujeto político, que se identifica con el universo de izquierda y explicita, desde ese lugar, adhesiones y afinidades con las políticas kirchneristas.

Instalado en Francia desde 1993, Scavino dejó la Argentina porque acá le resultaba difícil trabajar de su profesión. Partió por dos años, se quedó dos décadas y aunque admite que la fantasía del regreso siempre está presente, la situación familiar y los hijos nacidos allá hoy dificultarían el retorno.

A diferencia de los críticos del kirchnerismo, afirma que, desde afuera y a la distancia, la Argentina se ve mejor de lo que los argentinos piensan sobre sí mismos; y además valora cuestiones que están naturalizadas, como el hecho de que aquí nadie se atrevería a basar una campaña política en la discriminación y convertir eso en un relato político, como sí sucede en la política europea en general y la francesa en particular, en la que el ahora ex presidente Nicolas Sarkozy obtuvo el 48 % de los votos con una campaña política basada en la discriminación a los musulmanes.

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