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Los subsidios injustos en los países poderosos

Por Andrés Fescina Para LA NACION
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17 de enero de 2007  

Desde hace décadas, los Estados Unidos, la Unión Europea, Japón y otros países subsidian sus productos primarios -trigo, maíz, algodón, citrus, entre otros- destinando, anualmente, la suma de casi 400.000 millones de dólares.

Como es sabido, esa política comercial proteccionista ocasiona a nuestros productores y al país injustas pérdidas anuales, que se ubican entre los siete y los diez millones de dólares por año, según estudios confiables.

Ciertamente, ese perjuicio lo soportan también otros países productores, entre los que se encuentran los cofundadores del Mercosur, Brasil, Uruguay y Paraguay, así como los países asociados, Bolivia y Chile.

La cuestión no es sólo económica, sino que resulta, por parte de los países proteccionistas, una contradicción injustificable a su constante prédica reclamando libertad de comercio, y que en décadas anteriores ha sido aceptada casi disciplinadamente.

Por esto es que la injusticia adquiere mayor entidad y su agravio no debe ser tolerado.

También, durante décadas, los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón participaron de reuniones específicas con los países productores, en las que formularon promesas y hasta compromisos para terminar con los subsidios.

La última de esas expectativas se gestó en la llamada reunión de Doha, en noviembre de 2001, sobre las que, durante este año, se han dado sobradas muestras de su fracaso, dada la persistente renuencia de aquellos países a dar respuestas satisfactorias a nuestros justos reclamos. La mezquindad, las especulaciones electorales y la avidez e influencia de los grandes productores, que captan más del 80% de las sumas destinadas a subsidios, hicieron que las esperanzas abiertas se transformaran en una nueva frustración.

Tan antiguos son los reclamos y los consecuentes perjuicios, que ya en la reunión de la Organización Mundial de Comercio (OMC), celebrada en Seattle en diciembre de 1999, el canciller Guido Di Tella afirmó que, en los últimos veinte años (1979-1999), la región había perdido, por la política de subsidios, más de ¡205.000 millones de dólares!

Cuando se vuelcan anualmente 400.000 millones de dólares para sostener producciones ficticias, frente a las de otros países que compiten internacionalmente en calidad y costos, se está generando un sistema económico que empobrece, injustamente, a esos países productores de materias primas, como el nuestro. Que esa política sea o no deliberada no modifica su arbitrariedad. La negativa a soluciones equitativas está en el umbral de la humillación y la prepotencia para con países a los que, en numerosas oportunidades, se les han solicitado solidaridades que han sido respondidas, aun en cuestiones bélicas.

Algunos ejemplos del abuso: los productores de algodón de los Estados Unidos reciben subsidios anuales por cerca de 4000 millones de dólares, cantidad que triplica toda la ayuda que ese país brinda a los países africanos, que se empobrecen más, pues son productores de algodón. La realidad revela la ignominia: una vaca europea tiene un subsidio de 2,5 dólares diarios, cuando hay más de 1000 millones de personas que viven con menos de dos dólares por día.

Para nuestro país, la cuestión es vital, ya que más del 50% de las exportaciones provienen de la producción agrícola. Estudios calificados señalan que la eliminación de los subsidios incrementaría la rentabilidad agropecuaria de la región entre un 20 y un 26 por ciento.

Es la oportunidad de imaginar y practicar otras medidas, que sin abandonar las diplomáticas, seguidas hasta ahora, nos permitan vislumbrar soluciones más inmediatas.

Es tiempo de intentar la intervención judicial, mediante demandas ante los organismos internacionales competentes, entre ellos, la Organización Mundial de Comercio (OMC), de las que existen precedentes, no sólo para el cese de la política proteccionista, sino que, además, se reclame retroactividad del pronunciamiento, con la determinación del daño inferido.

Igualmente, correspondería examinar la procedencia de plantear, ante otros organismos -entre ellos, las Naciones Unidas- la aplicación de sanciones a los países que subsidian, por la simple y grave razón que ellos acentúan la pobreza de los pueblos productores, incorporando una nueva transgresión a los derechos humanos y a la discriminación.

Sí es fundamental que las acciones se practiquen en conjunto con los países integrantes del Mercosur, ya que todos son víctimas de esta política proteccionista. Esta decisión tendría, además de la fortaleza del planteo, algunas consecuencias asociadas no menores: actuaría como efecto demostrativo para los países del Grupo Cairns, afectados también por las subvenciones, con lo que el reclamo incrementaría su presión; realizar acciones conjuntas con objetivos comunes ayudaría a la Argentina y Uruguay a suturar heridas abiertas en estos tiempos, y, finalmente, fronteras adentro, también el gobierno nacional abriría un camino de entendimiento con los productores agropecuarios y sus entidades representativas.

La paciencia tiene un límite, los refranes populares ostentan una docencia permanente en la que se puede abrevar. La Argentina ha demostrado durante décadas de negociaciones que ha cultivado la tolerancia, pero ya no se puede consentir más que decisiones urdidas por los países más opulentos, reunidos en el denominado G-7, nos impongan la pobreza como destino para nuestros pueblos. Decisiones cargadas de conductas imperiales.

Frente a la desmesura del poder y de los poderosos, la única estrategia inconducente es la resignación.

Con cordura, con sensatez y con vigor, corresponde arbitrar los instrumentos jurídicos que ofrece la estructura institucional internacional.

Abrazar la seductora aventura de instalar la equidad en las relaciones internacionales para los que menos pueden constituye el sello de distinción y de respeto de los países que, sin compromisos ni complejos con los intereses o ideologías del pasado, acreditan su independencia y su sana rebeldía contra la injusticia.

Sófocles nos autoriza: "En una causa verdaderamente justa, el débil vence al fuerte".

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