Los talleres de escritura llegan a la universidad

De manera similar a lo que ocurre hace años en Estados Unidos, la escritura creativa comienza a tener rango académico en la Argentina
Verónica Boix
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9 de noviembre de 2019  

Una clase en la Maestría de Escritura Creativa de la Untref
Una clase en la Maestría de Escritura Creativa de la Untref Crédito: UNTREF

La escritura es, en apariencia, una tarea solitaria. Sin embargo, los talleres literarios se volvieron un fenómeno en la cultura argentina. Al mismo tiempo, en los últimos años surgieron carreras formales que le dan un rango académico a la creación. Pero a pesar de la multiplicidad de propuestas, todavía hay escépticos que dudan sobre la posibilidad de aprender, como si la escritura fuera distinta del resto de las artes. Quizá los nuevos espacios anuncien un cambio de época, que finalmente, resuelva el viejo dilema acerca de la posibilidad de trabajar para convertirse en escritor.

Sin duda, la narradora y ensayista Liliana Heker es la gran especialista en el tema. La "maestra de escritores", como se la suele llamar, dicta talleres desde hace más de cuarenta años. Y en su reciente La trastienda de la escritura revela los secretos sobre un arte que fue descubriendo a lo largo de su trabajo con las palabras. Ya desde las primeras páginas la ilusión es escuchar las claves de la autora de Zona de clivaje como si trabajásemos con ella nuestras dudas, igual que alguna vez hicieron, entre otros, Samanta Schweblin y Guillermo Martínez.

Heker está convencida de que solo un creador puede ser un buen tallerista. Basta un dato para entender que su idea también alcanza la enseñanza académica. En la carrera de Licenciatura en Artes de la Escritura que dicta la Universidad Nacional de las Artes (UNA) desde 2016 todos los profesores, sin excepción, son escritores. Entre otros, autores como Gabriela Cabezón Cámara, Martín Kohan, Carlos Gamerro y Julián López. El director de la carrera y también escritor, Roque Larraquy, cree que la propuesta cubre un espacio vacante. "Faltaba en el país un curso académico de grado en el cual se pudiera hacer un recorrido artístico en la escritura, con una presencia importante de talleres de producción artística, en particular articulados y coordinados por escritores, en conjunto con una serie de materias de reflexión crítica y teórica que provean a todo el conjunto una mirada profesional", dice el autor de la novela La comemadre.

Aulas dinámicas

Ya hay más de mil alumnos que cursan la carrera, y el año próximo es probable que tenga sus primeros egresados. Una de las alumnas de segundo año, la periodista Mariana Collante, piensa que es central la interacción con otros escritores: "Está bueno experimentar con formatos, géneros y ser consciente de esos pasos creativos. Elegí la UNA porque me pareció atractivo el programa de estudios y, fundamentalmente, porque muchos de sus profesores y profesoras intervienen en el campo literario como autores; esa experiencia aporta muchísimo a alguien que se inicia en la escritura. Me gusta también que no haya tanta distancia entre los y las estudiantes y quienes deciden los contenidos. Me parece una universidad en movimiento", dice la columnista literaria del programa Demasiado humanos, conducido por Darío Sztajnszrajber.

Así es como el mito del escritor como un ser dotado de la capacidad de escuchar a las musas parece quedar lejos del trabajo diario de quienes se sientan a crear. Dicho más simple, el talento necesita desarrollar técnicas, adquirir herramientas, y abrirse a un canal interior que deje aflorar una mirada propia del mundo. Al menos eso opina el escritor y profesor Sergio Frugoni, autor de La enseñanza de la escritura en las aulas, que viene trabajando con escritura creativa en distintos niveles educativos, incluidas las carreras de Letras de la Universidad Nacional de La Plata y la Universidad Nacional de San Martín. "Ya no creemos que la escritura creativa tenga que ver con el talento o un don, sino con el trabajo -dice-. Nicanor Parra decía que él no usaba la palabra creatividad porque sonaba pomposa, engañosa. Él prefería decir ?poemas fabricados' para poner el acento en que la escritura es un trabajo. Y, como todo trabajo, necesita ciertas condiciones muy concretas para hacerse. La consigna, el taller, producen estas condiciones sociales para la escritura".

Tal es así que la Maestría de Escritura Creativa que funciona desde 2013 en la Universidad Nacional de Tres de Febrero no tiene como requisito un título de grado vinculado con las Letras, sino que admite a cualquier egresado de carreras de humanidades. Ideada y dirigida por la poeta y ensayista María Negroni, cuenta con quince seminarios que se dictan en un horario amigable para las personas que trabajan. Se presentan unas 200 candidaturas para 20 vacantes por cohorte.

En busca de la propia voz

"Yo no creo mucho en el concepto del progreso y menos en el área de la creación. Tampoco hablaría de ?aprender a escribir'. En realidad, quien escribe está todo el tiempo tratando de ?desaprender' eso que supuestamente sabe. Siempre recuerdo haber visto, en una retrospectiva de la pintura de Paul Klee, que, al final de su vida, terminó pintando monigotes gigantes, a grandes trazos de un solo color, como los que haría un niño. Hay que ?madurar hacia la infancia', como escribió Bruno Schulz. Ese es el desafío que enfrenta quien quiere escribir: aprender a jugar", dice la autora de Islandia, que dio clases en el Programa de Escritura Creativa en español de la Universidad de Nueva York y en Sarah Lawrence College, donde se imparte uno de los programas de Escritura Creativa más prestigiosos de Estados Unidos.

En verdad, esos fueron los modelos en los que se inspiró para armar el programa de la maestría. Solo que incluyó como novedad seminarios sobre otras artes, como el de artes visuales o el de música y literatura.

Así y todo, a Negroni no le gusta la idea de la profesionalización: "Creo que detrás de ese concepto está el deseo, inconsciente o no, de controlar lo que hacen los artistas. En mi visión, el arte está siempre parado, por su naturaleza misma, en la vereda de la disidencia y el cuestionamiento y es, por ende, reacio a dejarse encasillar; la profesionalización es una suerte de encasillamiento".

Precisamente, es esa cualidad maleable la que hace de la escritura creativa un lugar de libertad, incluso, en los lugares de encierro. Frugoni lleva su pensamiento a la acción y dicta talleres en algunas unidades del Servicio Penitenciario. La experiencia es esperanzadora: "Una consigna buena de escritura funciona cuando le permite a una persona escribir algo que no escribiría sin la consigna. Habilita escrituras menos estereotipadas, menos ancladas a lugares comunes. Y una práctica como la escritura, que en el imaginario no todo el mundo puede hacer, a partir de una consigna se produce muy rápidamente. Un punto clave es que la escritura literaria es una actividad socialmente muy valorada, y para muchas personas, escribir literatura es una manera de participar de espacios que pareciera le están vedados. En términos de identidad para la persona que escribe es tremendamente inclusivo. Son experiencias potentes porque le permiten a la persona reinventar su propio papel dentro de una situación tremenda como el encierro. Ahí la escritura tiene una función distinta, vinculada con la identidad, la subjetividad. ¿Quién soy yo frente a los demás? Y de nuevo, la escritura literaria tiene una potencia que no tienen otros géneros discursivos", dice el autor de los cuentos reunidos en Los efectos.

Ya desde los tradicionales encuentros de escritores en los bares de la ciudad, la reunión social alejaba la escritura de su lugar solitario. "El que escribía no estaba solo", cuenta Liliana Heker en el capítulo de su libro dedicado a los talleres literarios. Hoy la experiencia alcanza una nueva dimensión, se diversifica y especializa según los ámbitos. Para Larraquy es central el espacio social que se crea. "Lo que se dio al interior de la carrera es un fenómeno muy emocionante por el alto compromiso de los estudiantes con los cursos, con los docentes y con su propia producción. Uno de los datos a tener en cuenta con respecto a la carrera es el tipo de actividades que se desarrollan por fuera de la universidad. Los estudiantes han desarrollado proyectos de editoriales independientes de poesía y narrativa, organizan sus propios concursos de narrativa con premios y publicaciones, continuamente están produciendo fanzines, ciclos de lectura. Verdaderamente, se ha conformado un espacio vital de mucha producción, de mucha inquietud. En ese espacio convivimos en el marco de este proyecto los docentes escritores y los estudiantes escritores", dice el director de la carrera.

En un plano más silencioso, hacia el interior de cada uno, la escritura creativa abre ventanas nuevas para pensarse. Se sabe que nuestro pensamiento se construye a partir del lenguaje. De ahí que, ya sea en ámbitos formales o informales, como parte de una búsqueda personal o como vocación vital, su práctica se vuelve esencial. "La escritura creativa es una práctica epistémica, en el sentido que produce conocimiento en el mismo ser. Produce una mirada sobre el propio ser de la escritura, la literatura y la lengua, que habilita reflexiones de conocimiento. Hay cantidad de experiencia interesantes donde a partir de una actividad de escritura empiezan a reflexionar sobre procedimientos literarios, cuestiones gramaticales pero a partir del desafío que les produce escribir", dice Frugoni.

Sea como sea, no hay que esperar ser un genio para sentarse a escribir. Inés Garland, autora de la reciente Con la espada de mi boca, suele decir al comienzo de su taller que hay algunos talentosos como Shakespeare o Kafka, todos los demás trabajan para ser los mejores escritores posibles. En el fondo, esa es la tarea: elegir las herramientas para cavar cada vez más cerca de la voz propia.

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