Los tiempos de la pequeñez

Por Daniel Larriqueta Para LA NACION
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16 de mayo de 2003  

No podemos sentirnos orgullosos del estilo de nuestra vida política en los tiempos recientes. El presidente electo, Néstor Kirchner, ha trazado un dibujo del deterioro de las instituciones fundamentales siguiendo las observaciones de casi todos los analistas. Y ese camino de bajada ha tenido su final emblemático en la imposibilidad de completar la elección presidencial según las disposiciones constitucionales.

Al mismo tiempo, tanto en los resultados de la primera vuelta como en los anticipos de las encuestas para el frustrado ballottage la opinión pública ha confirmado su compromiso con la democracia y su reclamo de un cambio de fondo. Tenemos la oportunidad de cerrar una etapa de desencuentro entre la sociedad y la dirigencia. Pero no es "pan comido".

El desencuentro ha producido un primer resultado en la crisis de los dos grandes partidos históricos que parecían destinados a alternarse por siempre en el poder.

Maduración y crisis

Para el radicalismo, es una crisis de implosión. Para el justicialismo, es explosiva. Pero como los cambios sociales y políticos nunca son tan terminantes ni súbitos como aparecen en la información periodística, es seguro que ambas formaciones buscarán aún modos de recomponerse. De la capacidad de sus dirigentes para interpretar los deseos de la sociedad dependerá el éxito de sus intentos.

Pero la sociedad misma no es homogénea. En los veinte años de vida democrática se ha producido una notable maduración de la cultura política del conjunto. Pero también el país tiene las consecuencias de cambios económicos y sociales que son, desde el punto de vista de la unidad, claramente negativos. El empobrecimiento no ha golpeado de igual manera a todas las regiones ni a todas las provincias. Y esas disparidades han dado modos políticos diferentes.

En las provincias más empobrecidas el poder de los caudillos locales ha crecido por el camino del clientelismo; en las más ricas y en las grandes ciudades la opinión se mueve cada vez con mayor libertad, violentando las antiguas pertenencias a una u otra bandería, dando nacimiento a nuevas expresiones políticas y manifestándose de manera abierta y hasta ruidosa. Y es una Argentina así dividida la que ha concurrido a la elección presidencial.

Detrás de esta asimetría están la distribución geográfica de los votos de los candidatos y, probablemente, los errores de cálculo y la deserción final del candidato Carlos Menem.

Al evaluar los resultados de la primera vuelta, el doctor Menem enfatizó que había ganado en la mayoría de las provincias, que es el mejor indicio de cuán consciente era él de esa asimetría social profunda.

Salvo en la Patagonia y en dos provincias menores con situaciones particulares de liderazgo local -Formosa y Jujuy-, la fuerza del voto clientelista le aseguró a Carlos Menem su primacía. Su problema para la segunda vuelta pareció ser doble: la imposibilidad de cambiar la tendencia en los grandes centros urbanos y la probabilidad de que los caudillos locales en las provincias chicas no siguieran fieles a una candidatura no ganadora.

Pudo haber sucedido, así, que Menem obtuviera, en la segunda vuelta, menos votos que en la primera.

Queda al descubierto un esqueleto que explica, probablemente, por qué ha estado declinando la calidad institucional argentina durante los años recientes, a pesar del estado de creciente alerta de la opinión pública de las grandes ciudades. No es casual que los mayores estropicios institucionales hayan provenido del Senado ni que hayamos asistido, con no poco asombro, al resurgimiento de una suerte de liga de gobernadores como un poder paralelo a las instituciones constitucionales.

Algunos sectores de la dirigencia política han jugado su suerte a este predominio de las provincias chicas y empobrecidas, cuya voluntad puede ser manipulada con una mezcla de premios y castigos que se derrama hasta el clientelismo de los votos. Y esto es, ahora, la bomba de tiempo de la democracia argentina: hay una opinión pública moderna y una opinión pública cautiva.

El mecanismo por el cual las provincias y regiones pobres toleran y apoyan desvíos institucionales que consolidan sus pobrezas es perverso, pero está en pleno funcionamiento. Su empobrecimiento se ha acentuado, justamente y de manera brutal, con las políticas económicas de las dos presidencias del doctor Menem; sin embargo, es en ellas donde el frustrado candidato ha obtenido los mejores resultados. Ayer nomás me decía un dirigente no menemista de una de esas provincias: "Ya no tenemos clase media independiente, porque el abogado, el médico, el agrimensor necesitan del empleíto público para completar sus ingresos o cubrirlos totalmente".

Esta es la deformación socio-política que recibirá el nuevo presidente. Lo grave es que esa deformación viene fracturando al país. No es cierto que tengamos una división entre peronismo y antiperonismo, sino una divergencia entre una parte del país que aspira a la modernización y está dispuesta a lograrla y otra parte prisionera de su pobreza y de la servidumbre política que resulta.

Obstáculos en el horizonte

Frente a esto reaparecen soluciones institucionales que se dirigen a los efectos. La más escuchada es la posibilidad de suprimir el Senado, que es donde las provincias pobres tienen mayoría numérica. Es la solución de romper el termómetro para ignorar la fiebre. El Senado es, además, una institución básica de la formación de la Argentina, pues su creación está en el pacto que clausuró las guerras civiles del siglo XIX.

La cuestión está en lograr políticas nacionales de gran impulso que cambien el destino de las regiones pobres y su forma de hacer política, porque aun cuando el Senado tuviese una actitud responsable y moderada nadie podrá evitar que los dolores de la pobreza se expresen en conflictos sociales y sean usados políticamente.

Se discute si la presidencia del doctor Kirchner nace debilitada por la falta de la segunda vuelta. Siendo tan clara la voluntad de la opinión pública como para haber desalentado a Carlos Menem no comparto el diagnóstico de debilidad.

Pero la presidencia de Néstor Kirchner tropezará, rápidamente, con los obstáculos de esta división estructural del país. Más que alianzas nacionales globales, serán necesarias alianzas en las provincias más pobres para levantarlas hacia nuevas formas económicas y de representación y políticas económicas y sociales para desterrar la pobreza, no sólo por razones éticas y económicas, sino también porque está comprometida la limpidez del sistema institucional.

Venimos de años de empequeñecimiento de las instituciones que nos ha dado el estado colectivo de insatisfacción y desesperanza que hemos vivido. También se empequeñecieron los dirigentes y los partidos, y la opinión independiente ha denunciado y condenado ese apocamiento. Necesitamos dejar atrás esos años pequeños.

Pero no será tarea fácil. Quienes se oponen a los cambios necesarios o responden a intereses sectoriales pueden utilizar esta deformación del país para obstaculizar la tarea del nuevo gobierno. El Presidente y sus colaboradores necesitarán fuerza y tacto para emprender las reformas y negociarlas con todos los sectores.

No es posible anticipar ahora si los viejos partidos serán capaces de representar estas rupturas y concurrir a su solución o si seguirán implosionando y explotando como hemos visto en las últimas semanas. No es fácil representar nacionalmente a un país con dos realidades contrapuestas. Pero a lo mejor es posible imaginar políticas nacionales de reencuentro.

En otras palabras, los años pequeños quedarán atrás si recuperamos el mandato constitucional de la unidad nacional. Tal vez ésta sea la tarea mayor del nuevo presidente.

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