Macri y Alberto: seguir para cambiar o cambiar para volver

Sergio Suppo
Sergio Suppo LA NACION
Fuente: LA NACION - Crédito: Alfredo Sabat
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11 de julio de 2019  • 21:40

Al final de la campaña, la elección se definirá por la engañosa ilusión de poner o quitar del futuro un fragmento del pasado más o menos inmediato. En un juego de suma cero, las dos fórmulas que pelean por el poder tratan de extremar la idealización y la demonización de épocas propias y ajenas.

Es un fenómeno clásico de la polarización tener más razones para votar en contra que para votar a favor de alguien. Sobre ese parámetro, el macrismo expone las miserias del kirchnerismo y la idea de que su regreso al poder las repondrá y las legitimará. La corrupción impune, el odio militante al pluralismo y la persecución a los adversarios son los datos que Todos por el Cambio (ex Cambiemos) trabaja como recurso para el debilitamiento de sus adversarios.

El oficialismo usa todas las señales posibles para exponer los riesgos del regreso de ese pasado. Una huelga sin preaviso de un servicio público, una movilización violenta, una frase que anuncie revancha, y la irritación que provoca Cristina Kirchner como símbolo del regreso son un combo que Mauricio Macri y su gente tratan de explotar junto a la clave de la diferenciación: el sistema piramidal de recaudación ilegal de coimas.

El ensayo del kirchnerismo es más complejo. Eclipsada por decisión propia, Cristina eligió que Alberto Fernández represente al espacio en busca de aquellos votos independientes (que se hicieron evidentes en la elección de medio término de 2005) que acompañaron a Néstor Kirchner en el primer mandato del ciclo de 12 años. Es un ejercicio difícil para el exjefe de gabinete, que a cada paso debe explicar diferencias que no son tales en lugar de ir al hueso de su oferta: prometer que terminará con el fracaso económico del macrismo.

Fraccionar al kirchnerismo para rescatar lo supuestamente bueno de lo malo con Cristina como parte de la fórmula es una cirugía política pocas veces vista. Alberto toma distancia de la idea de venganza, pero a cada momento aparece un kirchnerista que la proclama como un deseo irrefrenable. Ocurre lo mismo cada vez que hace malabares para estar lejos de la corrupción cuando fue puesto como candidato y es compañero de fórmula de una expresidenta acusada en varias causas como la jefa y heredera de una banda de asociación ilícita.

Impedir la vuelta. A eso se reduce el núcleo esencial del macrismo. Reponer la felicidad. Es la síntesis que el kirchnerismo trata de comunicar a sus votantes. Para llegar a destino, los dos sectores deben buscar entre los escasos votantes indecisos los números que los acerquen al triunfo. Quedan pocos votos sueltos por fuera del 80% que ya suman en partes similares macristas y kirchneristas.

Los dogmas ideológicos a izquierda y derecha tienen sus candidatos y difícilmente puedan moverse de sus respectivas cápsulas. El macrismo insiste en hacer más precario el reducto liberal de José Luis Espert agitando el temor de que votar al economista implicará favorecer la restauración kirchnerista. En esos detalles, como en el eventual corrimiento del voto de izquierda ideológica hacia Fernández-Fernández, pueden esconderse los números de un resultado ajustado.

Más interesante es la persistencia de Roberto Lavagna, cada vez más presionado por la polarización. ¿Representa la variante prolija del kirchnerismo o es una versión del macrismo? Ser ni lo uno ni lo otro es un intento cada vez más dificultoso en la Argentina del blanco y negro.

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