Macri tomó la posta de Betancourt

Diego Arria
Diego Arria PARA LA NACION
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14 de enero de 2016  

NUEVA YORK.- Es una vergüenza que en una región donde tanto se habla de democracia sólo dos presidentes en ejercicio de sus funciones hayan sido los únicos que en América latina se han pronunciado clara y firmemente sobre la responsabilidad de preservar la democracia, la libertad y los derechos humanos en la región.

El primero, Rómulo Betancourt, reconocido como el padre de la democracia de Venezuela, y el segundo, Mauricio Macri, el nuevo presidente de la Argentina; curiosamente, ambos hijos de inmigrantes: español uno, italiano el otro.

¿Por que se llama "doctrina Betancourt" a este reclamo? Porque condena el golpismo militar, la violación de los derechos humanos y la subversión de la democracia. El propio Betancourt la resumía así: "Regímenes que no respeten los derechos humanos, que conculquen las libertades de sus ciudadanos y los tiranicen con respaldo de políticas totalitarias deben ser sometidos a riguroso cordón sanitario y erradicados mediante la acción pacífica colectiva de la comunidad jurídica internacional". En el mismo contexto, agregaba: "La no intervención no puede ser escudo bruñido detrás del cual se abroquelen y protejan los gobiernos dictatoriales, que son escarnio de un continente nacido para la libertad y los cuales constituyen focos permanentes de perturbación de la paz y seguridad de los regímenes democráticos".

Esta orientación política de Betancourt se materializó en la VI y la VII Reunión de Consultas de Cancilleres de la Organización de Estados Americanos en 1960, cuando se sanciona a la dictadura en República Dominicana de Rafael Leónidas Trujillo, y en la VIII, en 1962, con la exclusión del sistema interamericano de la Cuba de Fidel Castro. Así nace la doctrina Betancourt.

Increíblemente, han debido pasar 55 años para que finalmente otro presidente, Mauricio Macri, de la Argentina, al considerar la situación de Venezuela en la reciente cumbre del Mercosur se posicionara sin ambigüedades para concluir así: "Quiero pedir expresamente aquí, delante de todos los presidentes, por la pronta liberación de los presos políticos en Venezuela. En los Estados parte del Mercosur no puede haber lugar para la persecución política por razones ideológicas ni para la privación ilegítima de la libertad por pensar distinto".

Más de medio siglo separa las presidencias de Betancourt y de Macri, pero los mantiene unidos el mismo compromiso con la libertad y los derechos humanos. Y en especial, el respeto por los pueblos que representan, que quieren presidentes que no ofendan sus gentilicios ni sus valores, y tampoco que los asocien con regímenes de comportamiento antidemocrático y dictatorial, como hoy es el caso en mi país, Venezuela.

Para promover y consolidar la "doctrina Macri" sólo faltaría que la Argentina, ojalá acompañada de otros países de la región, convocara una reunión del Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos (OEA) para denunciar al régimen venezolano de Nicolás Maduro por la violación sistemática de la Carta Democrática Interamericana y por el quebrantamiento de la institucionalidad nacional, al imponer a través del Tribunal Supremo de Justicia un golpe de Estado, tras declarar nulas las actuaciones de la Asamblea Nacional con el propósito de revertir su derrota en las elecciones legislativas del 6 de diciembre.

Creo que Mauricio Macri, en su estilo, coincide con el prestigioso historiador colombiano Germán Arciniegas, quien dijo: "Un dictador no puede obrar impunemente dentro de sus fronteras, porque contra él deberá llegar algún día la sanción pública internacional".

Ex alcalde de Caracas y ex embajador de Venezuela ante la ONU

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