Macunaíma y aquel abrazo que no nos dimos

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13 de junio de 2020  • 00:00

Hay muchos tipos de abrazos. Están los abrazos cariñosos, los abrazos de gol, los abrazos fraternos, los abrazos sensuales, los abrazos inolvidables y, como dice Almodovar, los abrazos rotos. Y están, también, los abrazos que nunca dimos. Muestra de cariño trunco que quedan en el terreno platónico, en ese limbo, tan signo de estos tiempos, que es la virtualidad. ¿Es posible atragantarse con un abrazo? Si me preguntan, eso es exactamente lo que tengo: un abrazo atragantado con una persona que acaba de morir. Me refiero a Atilio Perez da Cunha, "Macunaíma", a quien no conocí personalmente, pero admiré a través del tiempo y la distancia.

Contemporáneo de Horacio "Corto" Buscaglia, otra figura clave de la cultura uruguaya de las últimas seis décadas, Macunaíma fue un referente de la radio, la música, la poesía y la publicidad. Además, ejerció la docencia. Otro uruguayo de ambición renacentista. Se me hizo un personaje mítico porque supe de él a través de sus testimonios en un par de libros que son biblias personales: Razones locas, el paso de Eduardo Mateo por la música uruguaya, de Guilherme de Alencar Pinto, y de los dos volúmenes de De las cuevas al Solís, cronología del rock en el Uruguay, de Fernando Peláez.

Nació en Montevideo, el 16 de julio de 1951, justo un año después del célebre Maracanazo, el partido que le otorgó a Uruguay su segunda Copa del Mundo, en la más heroicas de las gestas celestes. Su apodo viene de la novela que el modernista brasileño Mario de Andrade publicó en 1928 (el mismo año que Tarsila do Amaral pintó "Abaporú", el cuadro que inspiró el Manifiesto Antropófago de Oswald de Andrade). Así lo bautizó su abuela, brasileña, en honor a ese personaje que, a fines de los 60, encarnó Grande Otelo en la versión cinematográfica del film, de 1969. La película se popularizó en Montevideo a principios de los 70, y el apodo quedó incorporado para siempre, como un sello de distinción.

Su figura me fascinó por relatos como este: "(...) Escuché de prestado el disco de vinilo Highway 61 Revisited, y alguien me dio el texto de «Desolation Road», y me dije: «¡Qué es esto! Un tipo que hace un texto poético kilométrico, que hace una canción con lo que otros hubieran hecho varios discos». Así que aparece Dylan y me parte la cabeza. Y se dio en mi una situación bastante curiosa, porque uno supone que hablando español, empieza por leer a Machado, la poesía española o la poesía uruguaya. Yo era un lector bastante apasionado de la poesía beatnik, empecé con los norteamericanos. Y eso fue lo que después me impulsó a leer más seriamente a Machado, a García Lorca, a Ernesto Cardenal, a todos los uruguayos y argentinos, y sobre todo, al gran maestro de todos que reniega del calificativo de poeta y que es Bob Dylan. Éramos unos tipos raros en el Liceo, uno o dos por clase. Cuando yo voy a Tacuarembó en 1969, con el objetivo de conocer a Washington Benavides, poeta mayor uruguayo, conozco a Eduardo Darnauchans. Yo estaba convencido que acá en Montevideo éramos los reyes de la milanesa: gente que leía a Kerouac, que tenía discos de Donovan, etcétera. Entonces, cuando llego a Tacuarembó y me encuentro con un tipo que conocía a Dylan, que tenía una guitarra con una foto de Donovan, me di cuenta que también había otros tipos raros como yo desparramados por el mundo. Había otra gente que también estaba impregnada por ese cambio, por esa expresión musical y poética. Creo que era una época tan fermental que había vasos comunicantes con todo lo que estaba pasando. Si bien yo tenía muchos amigos dentro del rock, también era amigo y curtía con otra gente que estaba en el candombe. Yo siempre estuve entre el rock & roll y el candombe. Por ejemplo, para mi Rada siempre fue una especie de gurú, de maestro, un tipo maravilloso".

Macunaíma escribió un texto bellísimo que acompaña la reedición en CD de dos discos de Tótem, del sello Sondor. Y junto a las liner notes, hay una foto con Rada, que despidió a Macu con hondas palabras. "Era el Mateo de la radio, un tipo increíble. Nos supo acompañar incontables veces en los conciertos, en los camiones, en los ómnibus... Incansable luchador de los derechos de las personas". Actuaron juntos, además, en El Chevrolé (1999), el film de Leonardo Ricagni que marca -junto a 25 watts (2001)-, el inicio de una nueva era en el cine uruguayo.

Macu formó parte de los poetas "urubeatniks", publicó libros de poesía como Ontheroadagain, colaboró con músicos como Eduardo Darnauchans y Leo Maslíah, y tendió un puente con la cultura brasileña, especialmente con la ciudad de Porto Alegre. El viernes 5 de junio, las redes y los medios uruguayos se llenaron de palabras de sus amigos, muchos músicos como Omar Giammarco, J.J. Alastra y Walter Bordoni. Todos destacaban su generosidad. "Macu te abrazaba y te contagiaba de entusiasmo" escribió Leonardo Siveira. Sus abrazos eran memorables y quizás por eso, ese que nos mandamos en un par de ocasiones por redes sociales, ese que quedó flotando en el viento, es el que ahora me duele.

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