Malas señales

Por Luis Castelli Para LA NACION
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28 de mayo de 2003  

En cualquier lugar hacia donde uno mire encuentra un cartel. Se ven miles por día. Gigantescas estructuras de hierro, avisos que proliferan sin límite. Desesperadas artimañas para concretar un acoso visual: luces que parpadean, animales salvajes con piel de espejos, moscas con barba, muñecos hiperactivos que no cesan de limpiar, helicópteros, escenografías atravesadas por algún misil desorientado, y eso sin mencionar las publicidades de ropa interior femenina, capaces de paralizar al hombre más insensible.

Es sofocante ver las paradas de colectivos o esas grotescas pantallas, sin utilidad alguna, instaladas junto al cordón de las veredas. Puede ser la libertad de estar conectado las veinticuatro horas a Internet, hamburguesas baratas, yogures descremados o las fotografías de quienes proponen la certeza de cuatro años más de desengaños. Los provisorios cercos de obras en construcción han devenido en monumentales ofertas que perduran meses, a veces años, conviviendo con lugares históricos, monumentos o paseos públicos. Una tortuosa pesadilla en que calles arboladas y sitios emblemáticos se convierten en un mediocre laberinto de góndolas de supermercado. Un caos que se enciende por las noches como antorchas de acero, que impide imaginar otro cielo detrás.

La ausencia de un parámetro objetivo que permita medir el modo en que afecta la calidad de vida o contribuye significativamente a provocar estrés ha minimizado los efectos de la contaminación visual. Lo cierto es que nada perjudica tanto ni más profundamente el carácter de una comunidad como la instalación descontrolada de carteles y cables. Por eso se prefieren las zonas donde la publicidad está prohibida, y los lugares que se han colmado de avisos han perdido notablemente su valor. El responsable de tal deterioro debería indemnizar a quienes lo sufren por el simple criterio de que si alguien causa daños debe repararlos, que en materia ambiental se traduce en el principio de "quien contamina paga".

En 1997, por una acción de amparo, se obligó al gobierno porteño a retirar los carteles que se encontraban a lo largo de la avenida Lugones por considerarse que su abundancia era peligrosa para el tránsito. Lamentablemente, como una enfermedad crónica, los carteles han vuelto a proliferar en esa vía de ingreso a la ciudad y hoy la avenida presenta un aspecto deplorable que recuerda las agobiantes imágenes de la película Brazil , donde los automóviles circulan dentro de interminables corredores de publicidad.

Los anuncios en la vía pública eliminan nuestra posibilidad de elegir: los vemos aunque no queramos y, a diferencia de otras modalidades, utilizan un espacio público que no podemos ignorar. No hay vuelta de página, no hay cambio de canal. Los carteles están allí, agazapados, esperando nuestro paso, día y noche, brillando como latas al sol. Es indistinto si se encuentran instalados sobre terrenos públicos o privados; lo esencial es que se proyectan sobre un área abierta al público: nuestro campo de visión.

La Argentina, como tierra de paisajes y ciudades que siempre han despertado una fascinación por su indiscutible belleza, debe establecer un estricto control de su ambiente visual. No sólo sería una respuesta adecuada para la conservación de nuestro patrimonio natural y cultural, sino una política que potenciaría sus condiciones turísticas, tan mencionadas últimamente. Quizás el primer paso sea detener la colocación de nuevos carteles y evitar que esas espantosas membranas que despliegan los sistemas de telefonía y televisión por cable continúen degradando el entorno, para luego, como han hecho varias ciudades del mundo, darles una ubicación adecuada.

De alguna manera es necesario terminar con esa falta de criterio para planificar los espacios públicos, que beneficia a muy pocos y sufrimos todos. Seguramente esto despertará una conciencia que ayudará a comprender la implacable desvalorización que provoca la contaminación visual que va uniformando comunidades a través de todo un arte de la insensibilidad, un arte de afear.

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