Maldito dólar, que está haciendo crujir el modelo

Carlos M. Reymundo Roberts
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2 de junio de 2012  

Lo digo con angustia: la crisis del dólar ha sumido al Gobierno en un debate terrible. Sentimos que el pavimento tiembla debajo de nuestros pies. Las discusiones son feroces. Por supuesto, los malos de la película son Moreno y Echegaray, que llevaron los perros a la City y ahora todo el país está ladrando.

Para peor, a la señora la vimos confundida y muchos nos preguntamos: ¿está despistada o quiere despistar? Tiene 3 millones de dólares y calificó de avaros a los que hacen lo mismo que ella: comprar dólares. Hay que ser chambón para mandar a nuestro hombre menos serio, Aníbal Fernández (también él dolarizado), a decir que ahora hay que pensar en pesos. La sospecha es que lo hizo para descolocar a Máximo, operador compulsivo del mercado de cambios: si al chico le piden que no piense en dólares queda automáticamente fuera de juego.

Por suerte, Cristina siempre reacciona a tiempo: convocó a una reunión urgente en la Casa Rosada para buscarle un punto final a esta crisis. Qué ironía cruel: cuando más maduro creíamos que estaba el modelo, una corrida en la City lo puso a crujir. Sí, qué ironía: un modelo bien nacional, bien popular, bien peronista, amenazado por el "blue".

Lo llamativo fueron las ausencias. No estuvo Beatriz Paglieri, la vocera más talibana en este tema. Se iba a hablar de la corrida, y ella, de tanto decirlo, está convencida de que no hay corrida. Tampoco invitaron a Lorenzino, porque sospechan que no sabe que hay una corrida.

El primero en hablar fue Máximo, en videoconferencia desde Santa Cruz. Dijo lo siguiente, y perdón porque voy a ser textual: "Che, no jodan con el dólar".

Después habló Kicillof. A mí me cae bárbaro que siga intentando vendernos un Marx moderno, kirchnerista y de Puerto Madero, pero odio cuando no lo entiendo. Dijo que "sólo hay una forma de encauzar la heterogeneidad estructural del entramado productivo argentino y devolverle competitividad al modelo industrial de matriz diversificada y popular: la planificación estatal".

Después de Kicillof pidió la palabra Aníbal, pero no se la dieron.

Entonces habló Moreno. Fue un mensaje lleno de templanza y sabiduría económica. "Yo le voy a demostrar al mercado quién las tiene bien puestas. A esos cornudos de la City los voy a correr con los perros y les voy a hacer vomitar hasta el último dólar". Lo ovacionaron. Qué simpático: lo aplaudieron los mismos que le echan la culpa de lo que está pasando.

Moreno le cedió la palabra a Echegaray: "Los perros de la AFIP están cumpliendo su misión –dijo–. Donde ven un dólar, muerden". Yo pensé: si donde ven un dólar, muerden, ya son recontra K.

Volvió a pedir la palabra Aníbal, y se la volvieron a negar. Lo habían llamado para castigarlo.

Fue el turno de Mercedes Marcó del Pont. "Esto es apenas una ola, a la sumo dos, como mucho tres, pero no es un tsu-nami. El Banco Central tiene espaldas para enfrentar la coyuntura. Es cierto, se están fugando 600 millones de dólares por semana; es cierto también que se nos está complicando el pago en agosto de los 2200 millones de dólares del Boden 2012; es cierto que si intentás desdolarizar te terminan desdolarizando a vos; es cierto que no sabemos muy bien qué hacer; todo eso es cierto, pero tranquilos: cuando se vayan las olas, el país va a quedar seco."

Pidió la palabra De Vido. "Che, lo de YPF nos salió muy bien. ¿Por qué no nacionalizamos los dólares?"

Volvió a aparecer Máximo: "Se ve que no oyeron: ¡no me toquen el dólar!"

La señora escuchaba y no intervenía. Me enternece cuando la veo así, calladita. Pero sé que su cabeza funciona a mil. Levanté la mano y nadie me vio. Tenía pensado decir: "Yo de esto no entiendo mucho, pero sólo sé que cuando empezaron los controles se descontroló todo".

Volvió a hablar Kicillof, y esta vez fue más concreto: "Tenemos que ir a un tipo de cambio múltiple: un dólar para importar, otro para exportar; un dólar para el turismo que viene, otro para el que se va. [‘¡Otro para los amigos!’, pidió Aníbal, pero lo hicieron callar], y un dólar financiero. Es muy sencillo –resumió Kichi–. La crisis del dólar se resuelve con más dólares". Se ganó la segunda ovación. Máximo gritó desde Santa Cruz: "¡Sí, más dólares, más dólares!"

Mercedes clamó desesperada: "Please, chicos, por qué no experimentan después de que hayamos pagado el Boden".

Cuando estábamos por irnos apareció Boudou, que venía de un ensayo con La Mancha de Rolando. Entró riéndose, bien empilchado, winner total. La señora lo había llamado sólo para molestarlo a Kicillof, que no lo tolera. Ella jamás le pediría a Boudou un consejo económico. Pero Amado hizo su aporte. "Vandenbroele me asegura que Ciccone también puede imprimir dólares", dijo.

Finalmente habló Cristina. ¡Qué expectativa! ¿Se inclinaría por el cambio múltiple de Kicillof? ¿Seguiría el consejo de Máximo de no hacer nada que perjudique al dólar? ¿Aceptaría la prudencia de Mercedes? ¿Les daría más poder a los perros de Moreno y Echegaray? Nada de eso. No nos dio una lección de economía, sino de kirchnerismo. "Señores, no pierdan más el tiempo. Acá no hay crisis. Profundizaremos el modelo. Adiós."

Nos fuimos pensando en lo genial que es Cristina. Su determinación es más fuerte que una corrida, que la inflación, la recesión y los cacerolazos; más fuerte que el desabastecimiento, que el parate inmobiliario y los conflictos con medio mundo por cerrar nuestras fronteras. Su determinación es más fuerte que la realidad. En cuatro palabras: ella es la realidad.

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