Maleficios de la duda cívica

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
(0)
17 de mayo de 2003  

Por suerte, la deserción de la fórmula encabezada por Carlos Menem permitió ahorrar vanas molestias intelectuales y tortuosas cavilaciones a millones de votantes. Aquella cordillera de boletas del 27 de abril se hubiera reducido mañana a escasas dos montañas, lo cual presuponía mayor incordio para los pasajeros del cuarto oscuro. Encorsetados hasta casi la asfixia, resulta indudable que ni siquiera hubieran podido celebrar una solitaria ronda de antón pirulero, ni ejercer el derecho de discernir su personal elección mediante el candoroso a-la-do-li-tuá de los verdes años. Más bien cabría imaginarlos penosamente enfrentados al dilema de optar por pato o gallareta, chicha o limonada, musgo o líquen, Vilcapugio o Ayohuma...

El ciudadano independiente, rara vez toro en rodeo propio, se hubiera visto forzado a asumir el papel de torazo en rodeo justicialista, con el riesgo de que la posteridad le endilgara el reproche de meterete. De hecho, faltó poco para que los amañados arbitrios de la política lo conminaran a arrimar un sobre y varios dedos a la boca de la urna, que por una vez imaginaría de colmillos afilados, dispuesta a morder y así transmitirle el bacilo de la duda cívica.

Los biólogos del sistema democrático coinciden en que no hay microorganismo más ponzoñoso que el bacilo de la duda cívica, cuyas cepas nativas son particularmente agresivas. No bien se diseminan por la médula social propagan el síndrome del arrepentimiento, que en su manifestación más benigna ocasiona urticarias de conciencia y crisis convulsivas de rencor ciudadano. El cuarto oscuro es el hábitat natural de este bacilo, que no ha cesado de acosar a los argentinos desde que, en 1912, el entonces presidente Roque Sáenz Peña inspiró la ley del voto secreto y obligatorio.

Bicho chusco

El período de incubación de la duda cívica es relativamente corto y sus efectos patológicos despuntan en cuanto la máxima autoridad de gobierno evidencia las primeras señales de amnesia y soslaya, tergiversa o escamotea sus promesas proselitistas. Los científicos de la Casa Rosada descubrieron que la bruma amnésica proviene del exacerbado apetito de poder, una desdicha de la soberbia que los presidentes contraen con excesiva frecuencia, apenas descubren que entre la cruda realidad y sus guitarreos de campaña media un foso infestado de pirañas, imposible de vadear. La metáfora resulta un poco truculenta, de acuerdo, pero la historia nacional es pródiga en presidentes olvidadizos que apelaron a toda clase de engañifas por pura gula y sólo para darse un atracón de poder.

Si el ballottage -en castellano, balotaje- se hubiese consumado, el votante se habría reconocido como un Hamlet enfebrecido, ya aguijoneado por una duda que podría parecerle metafísica si no supiera, por experiencia, que la inocula el bacilo del cuarto oscuro. Los biólogos de la democracia intuyen que la picadura es inevitable cuando la politiquería induce al elector a resignar sus convicciones e incurrir en el viejo vicio de votar "en contra de" y no "a favor de". Desde luego, esta desventura también comprende a quienes hubiesen optado por el voto en blanco, almitas errantes del limbo republicano.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.