Malevich, la muestra del momento

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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2 de octubre de 2016  

La retrospectiva del artista ruso Kazimir Malevich en Fundación Proa es la muestra del momento; sólo impide decir que es la exposición del año el hecho de que el año aún no ha terminado. El domingo pasado las salas de la institución estaban colmadas. En el hall de entrada, se agolpaban quienes habían ido a ver las obras del pintor suprematista y quienes hacían cola para asistir en el auditorio a un hecho totalmente distinto: la conferencia performática de la dramaturga, directora y actriz Romina Paula, que formaba parte del ciclo Direccionario, destinado a recorrer la trayectoria de directores teatrales.

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Los grandes artistas, aun bajo la amenaza de terribles dictaduras (Stalin. Hitler), buscan eludir las directivas oficiales y desafían las instrucciones recibidas con detalles que sus censores no llegan a advertir. En el catálogo de la muestra sobre Malevich, el crítico y curador Giacinto Di Pietrantonio se detiene en las cabezas de los campesinos o de los deportistas pintados por el artista en las década del 20 y del 30. No hay en ellas ningún rasgo, ni boca, ni nariz, ni ojos. Son como los maniquíes que aparecen en los cuadros del futurista Carlo Carrá. Esas cabezas tienen la forma de un huevo. Son máscaras ovales en las que la identidad y la expresión han desaparecido: pura potencialidad. Esas características las acercan a la tradición de los íconos rusos, al espíritu místico, a la realidad superior que había llevado a Malevich, en la década de 1910, al suprematismo, a la más absoluta abstracción. En otros casos, por ejemplo, Cabeza de un campesino, de 1928-1929, el mujik tiene ojos, nariz, pelo, pero está pintado contra un fondo de paisaje en el que el cielo es surcado por aviones cuya forma simplificada es la de una cruz. En el avión, los jerarcas soviéticos veían el símbolo de la industrialización y de la modernidad, pero era también una alusión a Jesús.

Hace cuatro años, en Roma, se expuso una muestra monumental, Realismos socialistas, que mostraba el estallido del concepto de "realismo" aun bajo el régimen soviético. En el catálogo había un ensayo, "Fuentes religiosas en el arte del realismo socialista", de Eugenia Petrova, precisamente la curadora de la muestra de Proa. Petrova señala allí cómo Malevich, Kandinsky, Goncharov y Filonov introdujeron temas religiosos en sus obras no sólo para rendir homenaje a la tradición de los íconos, sino también porque, en distintos momentos, la práctica del arte los llevó a reflexionar sobre Dios y a acercarse a Él para acercarse a la Verdad.

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Subamos la escalera y vayamos al auditorio de Proa. Allí, Romina Paula hablaba sobre sus obras, Algo de ruido hace, El tiempo todo entero, Fauna y Cimarrón, que aún no ha terminado de escribir. Un grupo de actrices, entre las que estaban Susana Pampín y Pilar Gamboa, leyeron fragmentos. El punto de partida de las cuatro piezas fue una obra de otro autor que Paula reescribió por completo. Algo de ruido hace nació del cuento "La intrusa", de Borges; El tiempo todo entero, de El zoo de cristal, de Tennessee Williams; Fauna, de poemas de Rilke y Cimarrón, de la pieza Late: A Cowboy Song, de la dramaturga estadounidense Sarah Ruhl. Late cuenta la historia de un matrimonio que tiene un bebé intersexual. Los esposos, que fueron novios desde el secundario, no terminan de madurar y de decidir el sexo del bebé. Al mismo tiempo, la mujer queda cautivada con una ex compañera de colegio que se ha convertido en lo que los norteamericanos llaman una lady cowboy.

Las casualidades a veces son muy expresivas. Como los actores que debían interpretar los papeles masculinos faltaron a la cita, Romina Paula los reemplazó por actrices. Mientras que en el teatro isabelino todos los papeles los hacían hombres, en el de La Boca los hicieron mujeres. Sin embargo, un varón apareció en escena: el hermoso y simpatiquísimo hijo de Romina, un bebé de ¿un año y medio? que se bajó de su cochecito, se abrazó a las piernas de su madre y tiró del cable del micrófono hasta que ella se lo alcanzó. Cuando parecía que se lo iba a comer, demostró que había comprendido a la perfección para qué servía. Con voz potente, lanzó un "Bummm" explosivo que produjo una carcajada en el público. Fue el más aplaudido.

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