Malversando los símbolos patrios

Por Hugo Gambini Para LA NACION
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14 de mayo de 2003  

El 27 de abril nos colocó en la encerrona de optar -no de elegir- entre un candidato cuyo único atractivo es el rechazo que produce su adversario y otro que terminó ahogado en su propia fanfarronería.

Este fue el saldo de una interna irresuelta que el peronismo trasladó a la ciudadanía el 27 de abril, cuando presentó tres variantes. Con diferentes siglas, porque ninguno de ellos podía utilizar los símbolos partidarios ni las esfinges de Perón y Evita en las boletas, pasaron a denominarse Frente por la Lealtad (Carlos Menem), Frente para la Victoria (Néstor Kirchner) y Movimiento Nacional y Popular (Adolfo Rodríguez Saá). La inhibición los obligó a diseñar nuevos logotipos, y ésa fue la mejor oportunidad para certificar la autenticidad partidaria, porque los tres apelaron a viejas mañas peronistas.

La diablura de Rodríguez Saá consistió en introducir a Evita de contrabando, a través de su sombra recortada y con los brazos abiertos, convirtiéndola en la "y" de la sigla MNyP. El tamaño no la hizo muy visible, pero Evita estuvo allí, en infracción. Los casos de Kirchner y Menem, en cambio, pasaron de la diablura a la malversación, pues ambos se apoderaron de símbolos nacionales como si éstos fuesen de uso discrecional.

Un antecedente: RA

La primera ocurrencia de este tipo data de 1983, cuando en la campaña radical se advirtió que las iniciales RA (República Argentina) coincidían con las de Raúl Alfonsín. Sus publicitarios llevaron a los afiches electorales aquel viejo emblema ovalado, con los colores patrios y las letras RA, que se colocaba junto a las patentes de los automóviles. Esta ingeniosa creación publicitaria les serviría de inspiración a los creativos justicialistas en 1989 para introducir sutilmente la banda presidencial en la M de Menem.

Todo no pasaba de una ocurrente picardía política, digamos perdonable. Como suele ocurrir en nuestro país, siempre que se actúa sobre los límites se termina empujándolos hasta desbordarlos. De ese modo se confunde a la opinión pública, haciéndole creer que lo que era incorrecto pasó a ser normal y está permitido -aunque no lo esté- sencillamente porque todos lo aceptan y nadie dice nada. Algo similar a lo que está ocurriendo con el degradante seudoperiodismo de nuestra televisión, que comenzó introduciendo tenues ironías y hoy viola las normas, se burla groseramente de las instituciones y ridiculiza los valores de la sociedad.

Pero veamos lo que hicieron los candidatos de la opción.

Kirchner no tuvo pudor en utilizar la Bandera Nacional como logotipo de sus boletas electorales. Ordenó escribir sobre ella "Frente para la Victoria", aprovechando el sol como letra "o". Ese sol de rayos flamígeros, exclusivo de la insignia oficial, todavía sigue allí, uniendo los nombres de Kirchner y Scioli en toda la publicidad gráfica y de vía pública.

Menem, quien esta vez decidió ir más allá, se apoderó desembozadamente del Escudo Nacional y lo utilizó como ornato en el logotipo de campaña. Si no se animó a estamparlo en las boletas electorales fue por temor a un cuestionamiento judicial que le anulara los sufragios. O sea que era bien consciente de su felonía.

Desde la escuela primaria todos conocemos el origen de nuestros símbolos patrios y las limitaciones de su uso. Ningún argentino ignora que la Bandera Nacional, creada en 1812 por Belgrano, consagrada en el Congreso de Tucumán de 1816 y ratificada en Buenos Aires en 1818, no debe ser alterada ni usufructuada (como lo hizo Kirchner). La ley 23.208/85 dice claramente: "Tienen derecho a usar la Bandera Oficial de la Nación el gobierno federal, los gobiernos provinciales y del Territorio Nacional de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur", mientras que los particulares pueden usarla "debiéndosele rendir siempre el condigno respeto y honor". Es lo que no hizo Kirchner al escribirle encima y explotarla como logotipo.

En cuanto al Escudo Nacional, todos los libros de historia argentina enseñan que la Asamblea General Constituyente de 1813 lo adoptó para identificar a las Provincias Unidas del Río de la Plata, ordenando desde entonces que fuese "usado por el Superior Poder Ejecutivo". Además, la ley 31.026/33 prohibe el uso del Escudo de la Nación "a los particulares, corporaciones o entidades privadas de cualquier naturaleza" y la posterior ley 21.533/39 prohibe la concesión a los particulares "de marcas que ostenten los escudos de la Nación, de las provincias y de la Municipalidad de la capital".

También hay un decreto firmado en 1944 por el presidente Edelmiro J. Farrell y su ministro Juan Domingo Perón, por el que se ratifica que el Escudo fue creado para uso del Poder Ejecutivo. Tal decreto no menciona sanciones, aunque todos sabemos que lo utilizan únicamente los organismos de carácter nacional, que no lo puede usufructuar cualquier ciudadano y, menos aún, explotarlo en una campaña electoral.

Por si fuera poco, en 1978 el Ministerio de Cultura y Educación dictó las normas sobre las características, tratamiento y uso de los símbolos nacionales, mediante la Resolución 1635/78, cuyo inciso C dice textualmente: "El Escudo no será usado como ornato". Pues eso es precisamente lo que hizo Menem. Simulando ignorar dichas limitaciones, pero prevenido de sus riesgos legales, el ex presidente cometió con el Escudo Nacional lo que los abogados llaman un "uso malicioso", pues apareció -y sigue allí- en todos los carteles de su campaña.

Fiel discípulo del fundador de su partido, Menem le guiñó un ojo al maestro y le desobedeció el decreto, en el mejor estilo peronista.

Todas estas transgresiones no parecen preocuparle a la Cámara Nacional Electoral. Por eso, para evitar que quienes se aprovechan de las carencias del decreto vuelvan a utilizar los símbolos maliciosamente, es necesario sancionar una ley correctora que determine con claridad las sanciones que corresponden a los aprovechadores. Y que éstas se apliquen.

Vieja maña

La confusión de símbolos es una vieja maña instaurada por el creador del peronismo en su primer gobierno, cuando colocaba su propio emblema junto al Escudo Nacional en el balcón de la Casa Rosada, como si ésta fuera la central de la sede partidaria. Dado el estilo de aquel régimen, era de suponer que el escudo peronista iría trepando, hasta colocarse por encima del símbolo patrio. Cosa que ocurrió poco después. Tamaños desbordes llegarían al extremo de que para el acto del 17 de octubre de 1953 se cubrió el frente de la Casa Rosada con gigantescos retratos de Perón y Evita, se colocó el emblema del partido arriba de todo, en una dimensión dos veces superior al Escudo Nacional, y éste fue a parar debajo de un enorme círculo con el sello de la CGT.

Esa tarde fue tanta la ostentación y tanto el delirio imperial que desde un balcón ficticio, todavía más alto que el tradicional, Perón se solazó en reclamarle a la multitud que gritara "¡Viva el general Anastasio Somoza!" Al escuchar un rugido con su nombre, el dictador nicaragüense recibió fascinado los efusivos abrazos de su anfitrión.

La característica de confundir el partido con el gobierno, que le servía al peronismo para apropiarse y disponer del Estado a su antojo, hizo escuela. Por eso no es una casualidad que hoy asistamos a un nuevo manoseo de los símbolos nacionales de parte de sus candidatos. Y cuidado, porque como las tres siglas desgajadas acumularon el sesenta por ciento de los votos, ya circula la absurda creencia de que en la práctica todo el país adhiere a ese signo, sin computarse los votos independientes que recoge cada fórmula. Máxime en una opción final, donde ambos competidores sumarían el ciento por ciento, cuando en rigor de verdad el próximo presidente llegará con un porcentaje genuino de 22 o -a lo sumo- 24 puntos del electorado.

Los candidatos peronistas que arribaron al ballottage fueron los únicos que se atrevieron a manosear los símbolos nacionales. Una manía incorregible. Lo grave es que la opción entre estos "dos modelos" no garantizaría mucha diferencia de conducta cívica.

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