Maquiavelo en Puerto Madero

Álvaro Abós
Álvaro Abós PARA LA NACION
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13 de abril de 2012  

Hay un lector entusiasta de El p ríncipe en Puerto Madero. Se llama Amado Boudou. Quizá no haya tenido nunca en sus manos el libro que Nicolás Maquiavelo, confinado en San Casciano, escribió para congraciarse con Lorenzo de Médicis, ese príncipe, su antiguo jefe, que lo había castigado. Los gustos del vicepresidente de los argentinos parecen más bien orientados a la música que a la lectura. Pero si no ha leído El p ríncipe, al menos aplica esa biblia de los poderosos.

Amado Boudou no se ha privado de hacer su personal aporte a la doctrina maquiavélica. El autor de El p ríncipe se pregunta: ¿qué es más importante para un hombre del poder, ser amado o ser odiado? Ante la disyuntiva de Maquiavelo, Amado Boudou tiene su personal respuesta. Lo más importante es ser temido. Dicho y hecho: en su patotero monólogo del Jueves Santo, esa conferencia de prensa sin prensa, convocada para exculparse ante una investigación judicial que lo implica, arrojó una catarata de improperios contra jueces, políticos, abogados, empresarios, funcionarios y demás bichos que habitamos este mundo. A los periodistas que investigan su conducta y la de otras personas que ocupan el poder, que informan u opinan sobre su vida pública, los trata de esbirros.

Puesto que usted, señor Boudou, sostiene que todos quienes escribimos en medios no oficialistas somos esbirros de no sé quién, debo decirle que yo no soy esbirro de nadie. Soy un escritor que desde hace casi tres décadas se expresa como ciudadano en los medios que se lo permiten. Usted, señor vicepresidente, preferiría ser intocable, pero en una democracia no hay nadie intocable. Usted "aprieta" porque ocupa el poder, pero eso no lo habilita para echar lodo sobre personas ni instituciones. Ni para confundir a la opinión publica.

Usted tiene ideas trastocadas sobre la prensa. Una cosa es idealizarla. Y otra cosa es no entender que quien escribe o habla en un medio de comunicación conserva su identidad y su responsabilidad. Usted, por ejemplo, se burla de un editorial del diario español El País que critica la política económica argentina porque, usted sostiene, España vive en este momento una crisis económica fuerte. Por lo visto, cree que la política económica de España fue dictada por El País. Pero resulta que ese diario es inquisitivo con los gobernantes, sean del signo que sean, y en sus páginas se publicaron y se publican investigaciones y cuestionamientos a los gobiernos, opiniones a favor y en contra.

La prensa es crítica porque ésa es su función natural: informar no es una tarea neutra y aséptica. Los gobiernos no son entidades intocables. Son la obra de hombres y mujeres falibles, y señalar fallas y marcar vicios a través de la prensa es un reaseguro que tiene toda sociedad para mejorar su vida. La faena de opinar con libertad y criticar el poder la equiparaba Sócrates a la que cumple un tábano que Dios pone sobre la ciudad "para picarla y tenerla despierta".

Usted, señor Boudou, cuestiona lo que no entiende. Prefiere una prensa adicta al gobierno del que usted es parte, una prensa que no puede cuestionar al poder porque depende de él. A pesar de sus dichos, señor vicepresidente, no lo insultaré tratándolo de esbirro. Usted es un político que ocupa un cargo por el voto ciudadano, aunque esa candidatura se la deba a un dedo, y no seré yo quien lo insulte ni lo denigre, menos aun quien le indique que se vaya. Todo lo contrario. Debe quedarse. Pero cuestionaré lo que haga. Para eso no necesito insultar, a pesar de que no es agradable ser tratado de esbirro.

¿Los jueces son buenos cuando deciden lo que le conviene al príncipe y son mafiosos cuando no lo hacen?

Dice Maquiavelo, ese maestro lejano de Boudou: "El secreto de gobernar consiste en debilitar el espíritu público hasta el punto de desinteresarlo de las ideas y de los principios... En todos los tiempos los pueblos, al igual que los hombres, se han contentado con palabras. Casi invariablemente les basta con las apariencias, no piden más. Es posible entonces crear instituciones ficticias, que respondan a un lenguaje e ideas igualmente ficticias". Este desencantado y lúcido retrato del ansia de poder que a veces domina a los hombres fue escrito por Nicolás Maquiavelo en 1527.

Los pueblos, dice Maquiavelo, viven en la necesidad, no necesitan de la libertad. ¿Es cierto? A lo largo del tiempo, otras voces han matizado esa descripción cruda del florentino y han señalado su insuficiencia. No sé si la libertad hace más felices a los hombres, pero sí sé que los hace más hombres (Manuel Azaña).

El exabrupto de Amado Boudou el Jueves Santo de 2012 no es discurso nuevo. Lo venimos escuchando hace más de ocho años. Ese discurso machaca el abecedario maquiavélico. Repasar un ejemplar de El príncipe , releer los consejos que Maquiavelo le daba a Lorenzo de Médicis sirve para entender la actualidad. No violentes a los hombres, desármalos. No combatas las ideas de los hombres, bórralas. No proscribas sus ideas, trastócalas apoderándote de ellas. Son los consejos que desgranaba Maquiavelo hace sólo 500 años. ¿No suena actual esa música?

Maquiavelo describe la libido de poder, la pura pasión por mandar, que sería brutal si no necesitase ser astuta. Cual módico pero exitoso seguidor de Maquiavelo, adaptado del Arno a Puerto Madero, Amado Boudou también es astuto. En su alocución del Jueves Santo, mostró la calidad de su astucia: si caigo, no caeré solo, nos comunicó, conmigo llevaré al infierno a aquellos que han estado cerca del poder en estos años.

Pensar que en el lugar que hoy ocupa Amado Boudou alguna vez estuvo un argentino llamado Elpidio González. Ese hombre fue vicepresidente de Hipólito Irigoyen. Murió en 1951, y salió del poder aún más pobre de lo que era al entrar, tanto que hasta el último día trabajó, con modestia y dignidad, como corredor de Anilinas Colibrí.

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