Marie Kondo, samurái del orden

Verónica Chiaravalli
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13 de abril de 2016  

Aunque se trate de categorías más prosaicas, menos chic que las que estableció Umberto Eco al clasificar a sus contemporáneos en apocalípticos e integrados, hay que admitirlo: el mundo también se divide en ordenados y caóticos. Los primeros suelen sentir por los segundos una ambigua mezcla de conmiseración y repulsa. Y éstos -aun si fingen lo contrario- se consumen en la hoguera de una envidia inconfesable o se hunden en la resignación, abandonada toda esperanza de encontrar al primer intento las llaves de casa, el celular, los anteojos, el control remoto o ese documento indispensable para el trámite que vence hoy. Por fortuna, desde Japón ha llegado la salvación: Marie Kondo, implacable samurái de la pulcritud, terror de alacenas, cajoneras y roperos, esperanza de redención para los desmelenados del mundo, publicó La magia del orden, una guía para mantener a raya los objetos que habitan nuestras casas y, de paso -luminosa consecuencia de haber puesto cada cosa en su lugar-, encauzar la propia vida.

El libro que, según sus editores, lleva vendidos más de dos millones de ejemplares en su país, recorrió en la Argentina una trayectoria singular: alcanzó los primeros puestos de los rankings de ventas recomendado de boca en boca. ¿Qué ofrece su autora? Un "sencillo método" para organizar el hogar o la oficina de una vez y para siempre. Como si el desorden fuera una adicción y las formas tradicionales de combatirlo, una dieta insostenible, Kondo garantiza que su plan evita el "efecto rebote". "Mi tasa de repetidores es de cero", sentencia.

La clave para que lo que fue ordenado no se desbande consiste en acomodar los objetos en forma correcta, mantenerlos limpios y conservar sólo aquellos que nos den "felicidad". El orden, afirma Kondo, tiene el poder casi mágico de hacer que uno se sienta "seguro, exitoso y motivado para crear la vida que quiere". En este punto, Marie aporta el testimonio de los que encontraron el camino: desde el hombre que, habiéndose organizado, renunció a su trabajo para abrir su propio negocio hasta aquel que, entre las cosas que ya no necesitaba, descubrió su matrimonio (el divorcio le devolvió la alegría); sin olvidar al cliente satisfecho porque, en tren de tirar trastos, adelgazó tres kilos. "Cuando pones tu casa en orden también pones en orden tus asuntos y tu pasado. Como resultado puedes ver con claridad lo que necesitas en tu vida y lo que no, lo que debes hacer y lo que no", afirma Marie.

Pero acaso más interesante que la prédica de Kondo sea la enseñanza que la autora trafica sin proponérselo al contar fragmentos de su historia.

Todo empezó cuando, a los 5 años, descubrió las revistas de decoración. Aplicó con ahínco las sugerencias que leía y, ya en la escuela, durante los recreos, en lugar de jugar con otros niños prefería escabullirse dentro del aula para reacomodar bibliotecas, estantes y armarios. A los 15, un libro le cambió la vida: The Art of Discarding. "Me convertí en una «máquina de desechar» -confiesa-. Mi objetivo era deshacerme de tantas cosas como fuera posible. Cuando estaba en casa siempre me sentía tensa, siempre en busca de cosas superfluas que pudiera tirar." Kondo entró en un frenesí: llenaba bolsas y bolsas de basura, pero alrededor de ella sólo seguía viendo desorden. Frustrada, "para aliviar el estrés", salía de compras y volvía cargada de chucherías. Ordenar se convirtió en una obsesión. Ya no le bastaba su cuarto, así que incursionó en las habitaciones de sus hermanos y rastrilló toda la casa. Su familia se le antojaba la encarnación del desmadre acumulativo; la desesperaba, sobre todo, un gran armario colectivo donde se encimaban pertenencias de todos que Marie juzgaba inútiles. Para serenarla, padres y hermanos le prometían deshacerse de los cachivaches. Pero no cumplían. Y Marie decidió actuar. Identificaba baratijas y armatostes intactos durante años, según el polvo que habían acumulado; los ocultaba y observaba la reacción: si nadie notaba la ausencia, los tiraba. A veces su familia sospechaba de ella, pero Marie negaba con vehemencia o respondía con evasivas. Hasta que la descubrieron y la conminaron a no tocar nada fuera de su cuarto.

Marie aprendió de la experiencia y logró transformar su obsesión en una profesión rentable. Hoy da cursos en hogares y empresas, se jacta de haber ayudado a desechar más de un millón de objetos y sus clientes permanecen en lista de espera durante meses. Como invita el título de un célebre ensayo de Slavoj Žižek (¿apocalíptico moderado?, ¿integrado crítico?), Marie Kondo parece decirnos Enjoy Your Symptom! (y, quién sabe, tal vez te hagas rico).

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