Martín Guzmán y el peligro de ser el ministro de la salvación

Inés Capdevila
Inés Capdevila LA NACION

Inés Capdevila, en LN+

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7 de diciembre de 2019  • 00:59

La historia argentina está llena de ejemplos de ministros que llegaron con el título de salvadores; esos funcionarios son, por lo general o mejor dicho siempre, los responsables de Economía. Así de frecuentes fueron y son las crisis en el país.

Martín Guzmán tendrá, a partir del martes, una misión parecida a la de esos ministros: la de impedir que la Argentina vuelva a caer en una crisis en apariencia terminal. No está solo, otros funcionarios recibieron roles semejantes en varias naciones en años recientes; todos ellos le dejan mensajes a Guzmán.

Son señales que hablan de los riesgos de hacer promesas de más, de no recibir el apoyo político suficiente, de enamorarse del poder propio o de tomar decisiones que el tiempo prueba traicioneras. Desde Brasil a Grecia, esos mensajes son contundentes.

Paulo Guedes: es hasta ahora la mayor carta ganadora de Bolsonaro. Economista de la Universidad de Chicago, el superministro recibió el encargo (y también prácticamente un cheque en blanco) de sacar la economía brasileña de su letargo de años cuando Bolsonaro ganó las elecciones, en octubre de 2018. Privatizaciones, reformas laborales y previsionales, flexibilización de las normas para la formación de empresas, fin de las tarifas económicas, apertura hacia nuevos mercados, el plan de Guedes parece extraído de un manual básico de neoliberalismo.

Desde sus inicios, la división de trabajo dentro del gobierno brasileño fue bastante clara: mientras Bolsonaro y su entorno se dedica a la política, Guedes es el amo y señor de la economía. Semejante poder hizo creer a dirigentes políticos, economistas, inversores que Guedes, un técnico de mucho prestigio, también sería una influencia moderadora sobre el polémico presidente de extrema derecha.

Pero, a medida que pasaron los meses, el superministro se mostró más cerca de las controversias que de la cautela. Eso sucedió con su desinterés inocultable por la Argentina y el Mercosur, con sus insultantes declaraciones sobre Brigitte Macron o, más recientemente, con su advertencia de que si las protestas regionales llegan a Brasil, el gobierno puede responder con las fuerzas armadas.

Como todo ministro de Economía que se enfrenta a desafíos casi imposibles, a Guedes no le falta muñeca política. Junto con el presidente de la Cámara de Diputados, Rodrigo Maia, fue el artífice del mayor éxito de Bolsonaro hasta el momento: la negociación en el Congreso de la reforma previsional, que endurece el sistema de jubilaciones brasileño con el fin de ahorrar 200.000 millones de dólares en 10 años.

Entre sus éxitos y su "bolsonarización", hoy la imagen de Guedes fluctúa mucho más de lo que él quisiera: pasa de ser considerado un potencial candidato a presidente para las próximas elecciones a ser criticado por el extremismo de sus advertencias o por haberse dejado llevar por el entorno del mandatario.

Guedes enfrenta otro problema propio de los superministros que reciben todo el poder: la trampa de las promesas excesivas. Es cierto que Brasil empezó a crecer estos meses más de lo pensado, pero lejos está Guedes de haber cumplido con el ritmo de reformas y de privatizaciones y de alcanzar el déficit cero en el primer año de gobierno.

Mario Centeno: pocos países sufrieron tanto la gran recesión de 2009, la peor pesadilla económica de este siglo, como Grecia y Portugal. El primero aún se estremece y no logra alcanzar el nivel de vida de sus vecinos europeos. El segundo es admirado, en especial en la Argentina, por el milagro de su recuperación, conducida por una coalición de toda la izquierda -incluso el comunismo- con un presidente de centro derecha, desde 2015.

Detrás de esa impensada recuperación de Portugal, están esa inédita coalición, el premier Antonio Costa y su ministro de Finanzas, Mario Centeno, el economista que logró doblegar la recesión, el déficit y las deudas al punto de que los portugueses lo llaman el "Cristiano Ronaldo de la economía".

Con la misma determinación con que saneó las cuentas o respetó las condiciones impuestas por la Unión Europea, el FMI y el Banco Central Europeo a cambio de un rescate, Centeno apostó por un poco de creatividad y apuntó a revitalizar la demanda. Subió el salario mínimo, bajó el IVA, estimuló las inversiones y alentó el boom de turismo como fuente segura de ingresos.

Su receta funcionó y el Ronaldo de la economía mantiene su puesto y fue esencial en la revalidación electoral del gobierno de Costa, en octubre pasado. Pero su intransigencia con las cuentas portuguesas le gana más y más críticos entre sus aliados políticos, que lo acusan de subejecutar el presupuesto y de ser negligente con las necesidades sociales.

Precisamente lo que allanó el camino de las políticas de Centeno -una amplia y decidida coalición que abarcaba todo el arco político portugués- es lo que empieza a flaquear lentamente.

Yannis Varoufakis: Costa y Varoufakis tienen varios rasgos en común. Ambos son economistas prestigiosos y de izquierda, aunque el primero es moderado y el segundo se identifica como marxista. Y ambos fueron encomendados con una misión imposible: salvar de la muerte anunciada a dos economías en quiebra. El primero, que llegó con dudas, lo logró; el segundo, que arribó con aura de héroe y lleno de confianza al ministerio de Economía de Grecia, apenas duró cuatro meses en el cargo.

Desde la izquierda más radical, Varoufakis y el premier, Alexis Tsipras, alcanzaron el poder con una ambición que en ese momento parecía inclaudicable y, sobre todo, muy posible: salvar a Grecia no solo de la quiebra total sino también de las condiciones impuestas por la UE, el FMI y el Banco Central Europeo para otorgar un tercer rescate al país.

Hartos de los ajustes a los que estaban sometidos los griegos, ambos se mostraron intransigentes; su negativa a las condiciones de austeridad fue tajante al punto de que sometieron a un referéndum el paquete negociado con la troika.

El 60% de los griegos se opuso a nuevos recortes y Varoufakis renunció. No así Tsipras, que pocos días después, ignorando el mensaje del voto, aceptó las condiciones para el rescate.

Dos lecciones dejó el fracaso de la gran ambición de Tsipras y Varoufakis: por más de que se cuente con el apoyo mayoritario de un pueblo, la estrategia de ruidosa confrontación con los acreedores no suele tener buenos resultados y la unión política de un gobierno es tan importante como el plan económico que tiene.

Timothy Geithner: cuando Barack Obama lo designó ministro del Tesoro, Timothy Geithner, entonces jefe de la Reserva de Nueva York, tenía la misión no solo de salvar la economía norteamericana sino la del mundo entero de la peor crisis económica y financiera en 80 años. La gran recesión estalló en 2008 con la caída de Lehman Brothers y, en pocos días, la debacle que había comenzado con un problema de hipotecas tóxicas se convirtió en un terremoto que paralizó todas las economías del planeta. La emergencia era aguda y, ya con Obama como presidente, Geither se enfrentó a un dilema que aún hoy lo persigue. Para impedir la pulverización de la economía global, incluida la argentina, había que salvar al sistema financiero que le daba liquidez; pero ese mismo sistema había sido también la fuente la crisis. ¿Era moral entonces destinar a eso miles de millones de dólares de los contribuyentes norteamericanos? Más que moral, en ese momento Geithner y la Casa Blanca sabían que era urgente reconstruir el sistema financiero por lo que destinaron un paquete de 700.000 millones de dólares a salvar a los bancos. En ese momento el secretario del Tesoro fue un héroe: evitó el derrumbe completo de todo y la economía norteamericana comenzó así, en 2009, un ciclo de crecimiento que aún hoy persiste y nunca vio un mes de amesetamiento.

Sin embargo, con el paso de los años, la figura de Geithner comenzó a ser cuestionada. El héroe que impidió el infierno económico también había sido el villano que salvó a los responsables de esa debacle. En reacción a eso, surgieron los indignados norteamericanos bajo el nombre de Occupy Wall Street mientras cientos de miles de votantes norteamericanos empezaron a buscar opciones fuera del sistema que los había traicionado, un fenómeno que eventualmente, y ayudado por otros factores más, desembocó en Donald Trump.

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