Más compromiso global después del G-20

Diego Ramiro Guelar
Diego Ramiro Guelar PARA LA NACION
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19 de septiembre de 2016  

Hangzhou es una hermosa ciudad que fue capital imperial durante la dinastía Song, entre 960 y 1279. Es también la ciudad cabecera de Zhejiang -cuyo Partido Comunista provincial fue presidido por Xi Jinping- y fue sede de los históricos acuerdos entre Mao Zedong y el presidente Nixon en 1972. Por otra parte, es "ciudad hermana" de El Calafate desde 2013.

En este marco urbano cargado de historia, se reunieron el 4 y 5 de septiembre los 20 jefes de Estado (más cinco invitados especiales) que integran ese club llamado G-20.

El grupo de ministros de Economía -originalmente creado por iniciativa del presidente Clinton en 1999 para superar al tradicional G-7 (que sólo contenía a las potenciales centrales)- se transformó en un ámbito ampliado para incluir a las naciones emergentes más destacadas.

La crisis de 2008 encumbró al grupo hacia un protagonismo del nivel de jefes de Estado y creó un ejercicio que preanuncia un futuro ejecutivo planetario, colegiado, en un mundo global sin hegemonías individuales ni oligarquías dominantes.

Este es el espíritu y la razón de ser de este grupo que tiende a superar los límites actuales del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, cuya Asamblea General se parece más a un futuro parlamento planetario.

Las cumbres de jefes de Estado son una ínfima parte de la responsabilidad que ejerce cada presidencia anual, la cual organiza a lo largo del año cumbres ministeriales que abarcan todas las áreas de gobierno. Nunca antes pudo organizarse un grupo tan compacto pero con tanta representatividad: 85% del PBI y 65% de la población mundial (sobre más de 190 países).

La presidencia china marcó objetivos -conectividad, innovación, inclusión, cuidado del medio ambiente- que se proyectarán hacia las dos presidencias futuras: la de Alemania, en 2017, y la de Argentina, en 2018. A partir de ahora, China, Alemania y la Argentina constituyen la troika que coordinará las actividades del grupo en los próximos años.

Sus objetivos centrales son alcanzar la derrota de la pobreza extrema, el narcotráfico y el terrorismo para el año 2030, en coincidencia con los objetivos del milenio planteados por Naciones Unidas en 2000.

Es importante entender que esta convergencia de acciones significa crear un entramado de intereses cruzados que nos plantea la posibilidad de no repetir el siglo XX -tres guerras mundiales- y trabajar sobre una hipótesis de paz global, fin de la pobreza, preservación del medioambiente y eliminación de los extremismos.

Es muy significativo que, durante la cumbre, los presidentes Obama y Xi Jinping hayan presentado en forma conjunta la ratificación norteamericana y china del Acuerdo Medioambiental alcanzado en París el pasado diciembre.

Recordemos que hace sólo dos años ninguno de los dos grandes emisores de gases de efecto invernadero estaba dispuesto a comprometerse internacionalmente en esta materia.

Es en este mismo marco que China aparece como garante de los acuerdos nucleares entre los Estados Unidos e Irán, y ambos condenaron las pruebas nucleares de Corea del Norte. Una situación similar tiene lugar en torno a la lucha contra Estado Islámico. Son temas pendientes de solución el de la guerra civil en Siria y la compleja situación del Mar de China.

La Argentina coincide plenamente con los objetivos planteados por el G-20 y los ha incluido expresamente como ejes del programa de la actual administración.

Finalmente, las responsabilidades globales se plasman en los planos regional y local. El "nacionalismo aislacionista" ha pasado a ser un "nacionalismo global", donde cada nación y su ámbito regional de integración (sean la UE, la Asean, el Nafta, el Mercosur, la Alianza del Pacífico) tienen que internalizar esos consensos globales para que alcancen a sus respectivas poblaciones.

Sin prisa pero sin pausa se va avanzando en la "obligatoriedad" en la ejecución de los acuerdos internacionales, de tal forma que los "programas nacionales" converjan en instrumentos concretos. No es casual que los presidentes de los bancos centrales se reúnan cada 60 días y armonicen sus programas financieros y monetarios, ni que la cooperación policial permita que agentes de una nacionalidad cooperen con sus pares en territorios de otra.

El futuro es siempre motivo de incertidumbres y grandes cuestionamientos, pero el actual dispositivo del G-20 es una apuesta por la paz, el orden y el progreso, en un contexto de justicia social y respeto por la diversidad política e ideológica.

La Argentina tendrá la oportunidad en 2018 de afirmarse como parte de la dirigencia más responsable, dejando atrás los errores de las últimas décadas.

Esta responsabilidad no es de una administración en particular. Todos tenemos que asumirla como un gran desafío nacional.

Embajador argentino en la ?República Popular China

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