Más días de clase perdidos

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26 de junio de 2002  

La cantidad de días de clase que se pierde sigue en aumento. Los conflictos docentes son la causa principal de estas pérdidas lamentables y nada indica que la situación esté en vías de mejorar.

La descentralización escolar, que transfirió las escuelas a las provincias y a la ciudad de Buenos Aires, ha multiplicado los focos gremiales de conflicto: en lugar de tener un único problema nacional, ahora tenemos múltiples problemas; tantos como jurisdicciones educativas existen.

La información disponible muestra una situación altamente preocupante; el promedio de días reales de clase que hubo en el país fue, en 2001, de 169. El fenómeno se está agravando durante este año, particularmente en algunas provincias. En Río Negro, por ejemplo, los escolares perdieron, en lo que va del año, 35 días; en San Juan, 21. Si se contabilizan las pérdidas desde 1997 en adelante, marchan a la cabeza del listado Jujuy y Neuquén, con 124 y 119 días, respectivamente. Los problemas docentes tienen su origen, en gran medida, en los atrasos, a veces sistemáticos, en el pago de los sueldos y aguinaldos, abonados frecuentemente con monedas de uso local.

Lo que no suele advertirse con claridad es que los más perjudicados por esta recurrente situación son los niños de los sectores más humildes. Los padres de clase media o de mayor nivel económico, en efecto, pueden remediar parcialmente la situación buscando docentes particulares para sus hijos o tratando de proporcionarles ellos mismos, de manera más o menos aceptable, la enseñanza que la escuela no les brinda. Los de menor nivel, en cambio, no tienen ninguna compensación; el destino de esos niños menos favorecidos es quedar tajantemente excluidos del sistema escolar y de sus beneficios.

Todo el sistema de educación pública, que los gremios tanto defienden, queda en peligro continuo como consecuencia de los paros reiterados. Una escuela no es una fábrica que pueda reanudar su producción y compensar en poco tiempo las pérdidas producidas. No solamente quedan afectados los aprendizajes, también se produce una deformación de valores, pues los niños observan y asimilan las conductas de los mayores.

El país entero se pregunta cómo es posible que se sigan realizando paros que destruyen sistemáticamente el trabajo escolar. Si no se encuentra la manera de frenar esta nefasta tendencia, el problema se seguirá extendiendo y pronto sus consecuencias serán irreparables para generaciones sucesivas.

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