Más policías inmolados

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31 de agosto de 2000  

Ciertos oficios o profesiones sólo pueden ser ejercidos por personas que, por sus aptitudes y condiciones, sobrepasan el nivel medio o común de la población. La función policial es, precisamente, una de esas actividades exigentes. No sólo se requiere plena vocación de servicio sino, además, un total espíritu de entrega: las fuerzas policiales pertenecientes a todas las jurisdicciones del país arriesgan permanentemente sus vidas con la finalidad de cumplir sin menguas la misión que la sociedad les ha encomendado.

Las informaciones periodísticas dan constante testimonio, lamentablemente, de la valiente actitud de muchísimos servidores del orden que, sin medir riesgos personales, libran durísimos enfrentamientos con la delincuencia.

En los últimos días, sin abundar en mayores detalles, más policías han pagado, a costa de sus vidas, el duro precio de intervenir sin vacilaciones en defensa de una comunidad acosada y agredida por una ola delictiva sin precedente.

Si bien la inseguridad parecería ser una endemia de alcance nacional, por razones comprensibles los policías federales y los bonaerenses son quienes están sufriendo en sus filas mayor cantidad de bajas. El más reciente de tan dolorosos episodios fue el fallecimiento de un suboficial de esa fuerza provincial, caído en durísimo enfrentamiento -murieron dos delincuentes y quedaron malheridos varios policías- con los asaltantes de una sucursal bancaria.

Hace muchos años y sin que ello, por supuesto, atenuase su responsabilidad penal, era frecuente que incluso los malhechores más peligrosos y endurecidos apelasen al uso de las armas sólo en situaciones extremas.

De un tiempo a esta parte, en cambio, hasta los delincuentes de menor cuantía suelen dar muestras de un altísimo grado de peligrosidad. Cada vez son más los malvivientes que ejercen la violencia por la violencia misma. Su natural perversidad suele verse exacerbada por el frecuente empleo de armamento de gran poder de fuego -fusiles de guerra y pistolas ametralladoras, por ejemplo-, por la ingestión de narcoestimulantes y por la extremada juventud de muchos de los malhechores.

Esas circunstancias estremecedoras enaltecen, sin duda, el diario quehacer policial. La delincuencia ha llegado a extremos tales que los integrantes de las fuerzas policiales se exponen hoy, en el ejercicio de sus más elementales obligaciones, a peligros completamente imprevisibles. Para afrontarlos sin arredarse necesitan un grado de entereza y presencia de ánimo que excede la mera voluntad de cumplir con fidelidad su deber.

Desprovistos por lo general de armas, carentes de elementos de protección y de vehículos equivalentes a los utilizados por los marginales, exiguamente retribuidos y casi siempre sin el debido grado de preparación, los policías no cejan -sin embargo- en su sacrificada y empeñosa lucha contra la criminalidad.

Esa es, por cierto, la misión esencial de la institución policial. Se le otorga el monopolio de la fuerza para que se ocupe constantemente, sin exceder los términos que fija la ley, de disuadir, prevenir y reprimir los actos ilícitos.

La sociedad, que produce esa delegación de responsabilidades, no puede desentenderse del inestimable costo en vidas humanas útiles y provechosas que está pagando la institución guardiana del orden en el eficiente desempeño de esa labor fundamental. No basta, entonces, con rendirle postrer homenaje a los policías inmolados; también es menester preocuparse porque los demás integrantes de las fuerzas de seguridad puedan disponer de todos los recursos que les son imprescindibles para continuar cumpliendo el honroso deber de garantizar y preservar las condiciones indispensables para que la comunidad pueda convivir en paz, protegida y libre de temores y sobresaltos.

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