Mata Hari, la espía inocente

La Justicia francesa analiza reabrir el caso tras una investigación que probaría un complot para condenar a la bailarina
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18 de noviembre de 2001  

PARIS

En octubre de 1917, una mujer fue fusilada por traición en el bosque de Vincennes, al este de París. Era una bailarina, no un soldado.

Había nacido en un país que no estaba involucrado en la guerra. Y al revés de los cientos de miles que desaparecieron en las trincheras, tanto su vida como su muerte se convirtieron en materia de leyenda.

Se trataba de Margaretha Geertruida Zelle-McLeod, una aventurera holandesa, danzante exótica y cortesana, mejor conocida por su nombre de tablas, Mata Hari (Ojo del Día, en malayo), el mismo con el cual inventó el strip-tease en 1905. Fue ejecutada, a los 41 años, tras ser juzgada a puertas cerradas por una corte marcial que la culpó de haber pasado secretos militares a los alemanes.

La transcripción de las deliberaciones de ese juicio, que originalmente se había vedado al público hasta el año 2017, acaba de ser publicada en un libro, Mata Hari - autopsia de una maquinación (Editions Italiques). Su autor, un héroe de la Resistencia, León Schirmann, de 82 años, agregó otros documentos durante diez años de metódica investigación en los archivos nacionales de Alemania, Francia y Gran Bretaña.

"Cada pieza de evidencia no hace más que confirmar que Mata Hari fue víctima de una mentira patriótica del establishment francés interesado en endilgarle a alguien los desastres militares y las privaciones de la población civil en 1917, un año--destaca Schirmann- en el cual el ejército francés se amotinó y los aliados llegaron a contemplar la posibilidad de una derrota."

Sus hallazgos fueron lo suficientemente elocuentes como para convencer a las autoridades de la ciudad de Leeuwarden (capital de la región de Frisia, al norte de Holanda) de la inocencia de quien hasta entonces había sido la "oveja negra" entre sus nativos. Así, hace diez días pidieron formalmente a la ministra de Justicia francesa, Marylise Lebranchu, la reapertura del caso con vistas a exonerarla en forma póstuma. Lebranchu aceptó abrir el dossier, pero ordenó que el tema fuera revisado por un tribunal de primera instancia, el cual se expedirá en los próximos días.

"Francia debe, por su propio prestigio, limpiar la reputación que ha ensuciado. El único delito de Mata Hari fue el haber sido la víctima perfecta: extranjera, manifiestamente inmoral y una mujer que disfrutaba ostentosamente de la vida mientras los soldados franceses perecían embarrados en campos de batalla como el de Chemin de Dames", sostiene Thibault de Montbrial, el abogado representante de la comuna holandesa.

Muchas de las historias que se cuentan sobre su despilfarro -como su supuesto aseo en bañeras de leche- son exageraciones. Pero nadie puede negar que a la dama le gustaba vivir a lo grande. Cuando el servicio de inteligencia británico MI5, por ejemplo, la detuvo por unas horas en Dover, en 1916, encontraron que viajaba con 10 baúles que contenían, entre otras cosas, 11 pares de zapatos y 33 pares de medias.

Ese era, sin embargo, el menor de sus pecados. Porque si hay algo que puede decirse sin riesgo a equivocarse es que ella fue la "madre de todos los inventos". Basta con conocer su verdadera historia para probarlo.

Margaretha nació el 7 de agosto de 1876 en el hogar de un vendedor de sombreros, uniformes y artículos de fantasía. Un ambiente que no tardó en estimular su imaginación por más que, como el resto de la burguesía holandesa, pasó su infancia tomando clases de inglés, francés, alemán, aprendiendo a tocar el piano y las buenas maneras. A los 13 años, ese mundo de victorianas convicciones se desplomó. Su padre cayó en la bancarrota y antes de terminar en la calle fue enviada a vivir con un tío en La Haya.

Pero allí la joven se aburría soberanamente, y así emprendió su primera "re-invención" al contestar un aviso en busca de novia colocado en un periódico por un oficial holandés de origen escocés, Rudolph McLeod.

A tres meses de su primer encuentro ya estaban casados. El tenía 39 años, ella 18. Concluida la boda, emigraron a la Indias Orientales Holandesas (hoy Indonesia) donde el apuesto capitán no tardó en revelar su cruel naturaleza como un marido golpeador, amante de la botella y de otras polleras. Las cosas llegaron a un dramático epílogo cuando el primer hijo de la pareja, Norman, murió envenenado por un sirviente que quiso así vengar la violación de una de sus hijas por parte del patrón. Para escaparle al escándalo, los McLeod regresaron a Holanda. Allí se separaron. No por las buenas porque, aduciendo un falso adulterio, el capitán se ahorró de mantenerla y ganó la custodia de su hija Non.

Sin un centavo y totalmente abandonada, Margaretha llegó a París en busca de fortuna en 1903. Se instala en una pensión que paga posando como modelo.

Pero esa carrera no la entusiasma y pone proa a Holanda. En 1904 regresa a la Ciudad Luz. Y es aquí donde acomete la más espectacular de sus metamorfosis. Se aloja en un hotel suntuoso, llena su guardarropa con lo mejor de las casas de moda de la época y hace anunciar a la prensa la llegada de Mata Hari, la princesa india iniciada en las danzas sagradas por monjes budistas de Malasia. París sucumbió de inmediato al engaño.

"No bailaba para nada pero sabía cómo desvestirse progresivamente y mover su cuerpo, delgado, esbelto y orgulloso - escribió una vez Colette, en Le Figaro-. Llegaba prácticamente desnuda a los recitales, danzaba vagamente con sus ojos bajos y desaparecía envuelta en velos."

La charada la llevó del teatro Olympia de París a la Scala de Milán y de allí a las mejores salas de Madrid, Berlín y Londres. Comenzaron a fabricarse cigarrillos con su nombre, su figura adornó botellas de licores... Todo le hacía ganar millones que no dudaba en permutar en pieles, joyas y banquetes.

Tal era su frenesí consumidor que a veces tenía que apelar a sus amoríos, saltando de un coronel a un banquero, en busca de quien satisficiera sus caprichos.

La guerra la sorprendió en plena apoteosis, pero en Berlín. Su contrato de un año en el Metropol-Theater fue cancelado y los acreedores, inmunes a sus encantos, le incautaron todas sus pieles. El barril de la abundancia probó tener fondo cuando su banco se negó a permitirle retirar dinero de su propia cuenta. Mata Hari regresó a Holanda, otra vez, sin un centavo.

En 1915, el consul alemán en Amsterdam le propone convertirse en espía por unos 2000 dólares. Mucho dinero para la época, poco para Mata Hari. "Acepté para vengarme del negocio que los alemanes se hicieron con mis pieles. Se me ocurrió que era la mejor forma de sacarles algo de dinero. ¡Meretriz,sí; traidora, jamás!", fue la desgarrada explicación del episodio que dio la dama durante su trágica interpelación. Un año más tarde, en París, la diva conoció a dos hombres que le costarían la vida. Un joven oficial ruso, Vladimir Maslov, de quien se enamoró con locura. El jefe del contraespionaje francés Georges Ladoux, que tras mucho insistir la reclutó como espía por 200.000 dólares. La ya no tan joven bailarina planeaba usar ese dinero para echar nido con Maslov y desembarazarse del resto de sus amantes. Su misión consistía en viajar a Bélgica y seducir a los oficiales germanos capaces de revelar planes bélicos.

Para despistar a los alemanes, Mata Hari viajó primero a España y de allí tomó un barco con dirección a Ostende. Pero al hacer una escala en Dover, la inteligencia británica la encontró sospechosa y la despachó de vuelta a Madrid. Dispuesta a cumplir con los franceses, Mata Hari sedujo allí al correo alemán Arnold Kalle. O al menos eso es lo que creyó.

Para abrirle la boca, Mata Hari le dio como información top-secret rumores que había leído en los diarios franceses. Kalle se dio cuenta y, para escarmentarla, envió un telegrama a Berlín utilizando un código que sabía había sido descifrado por los franceses donde la describía como la "agente H21".

Los franceses sabían que los alemanes estaban al tanto de la neutralización del código y que la bailarina no era otra cosa que una embustera. Pero, en febrero de 1917, Mata Hari fue arrestada en París, juzgada a puertas cerradas y condenada a la pena capital.

Los diarios dijeron que había confesado en prisión. Las películas, como la protagonizada por Greta Garbo, la mostraron tirando besos al escuadrón de fusilamiento o mostrando un pecho en señal de desafío.

La verdad pinta otro panorama. Schirmann rescató del baúl de la censura una serie de artículos de periodistas testigos de la escena. Mata Hari murió protestando su inocencia, ataviada con un discreto vestido negro. "Demostró un coraje sin precedentes, partió con una sonrisa en sus labios como en la época de sus grandes triunfos en la escena", sostuvo uno de los cronistas.

El misterio, sin embargo, continúa. Tras ser ajusticiada, las autoridades ordenaron que su cabeza fuera exhibida, junto a las de otros 5000 criminales, en el Museo de Anatomía de París. Un acto macabro disfrazado de "interés científico".

Hace un año, al hacer un inventario, el curador del museo parisense descubrió con horror que el cráneo embalsamado de Mata Hari había desaparecido. Nada se sabe todavía de su paradero.

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