Matar y morir por una idea

Hinde Pomeraniec
Hinde Pomeraniec PARA LA NACION
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14 de julio de 2012  

Ya el título de la novela despierta curiosidad. El hombre que amaba a los perros , del cubano Leonardo Padura , fue publicada hace un par de años y aún circula con intensidad de culto tanto en España como en América latina. Es, fundamentalmente, una crítica demoledora al estalinismo y tanto su trama como el devenir trágico de sus personajes giran alrededor de una pregunta: ¿cómo es posible matar a otro por una idea?

Cerca del final, se puede leer un fragmento tan inquietante como abrumador. "Trató de recuperar el odio que debía provocarle aquella cabeza y enumeró las razones por las cuales él estaba allí: aquella era la cabeza del mayor enemigo de la revolución, del peligro más cínico que amenazaba a la clase obrera, la cabeza de un traidor, un renegado, un terrorista, un restaurador, un fascista. [?] había violado todos los principios de la ética revolucionaria y merecía morir?".

La subjetividad y el discurrir de esa conciencia asesina son productos de ficción, pero el hecho que se describe es -fue- real y sucedió en agosto de 1940. Ocurrió de tarde y con calor, en el estudio de un político e intelectual ruso exiliado en Coyoacán, México. El dueño de esas palabras y de ese odio es Ramón Mercader, el militante y espía catalán que sirvió de instrumento criminal a Stalin, el mismo que luego de ganarse la confianza de León Trotsky con un nombre y una personalidad falsas, clavó con todas sus fuerzas una piqueta en el cráneo del revolucionario ruso hasta provocarle heridas que lo llevaron a la muerte, horas después. Sorprendido, indefenso, Trotsky apenas pudo responder al golpe traidor con un grito animal que Mercader habría de recordar hasta el final de su vida, una alarma de pesadilla que le señalaría cada día hasta dónde había sido arrastrado por su inquebrantable fe en una idea y por su obediencia a la despótica voluntad de otro.

Leí la novela de Padura con curiosidad y avidez. Conocía el episodio y había leído algo de la historia de su madre, Caridad Mercader, una fanática estalinista que acompañó y hasta empujó a su hijo al crimen con la convicción de que Ramón ganaría así un lugar en la historia de los justos. Había leído también material sobre Africa Las Heras, la mujer que en la novela de Padura es el gran amor de Mercader y que fue en vida una espía impasible, capaz de enamorar al escritor Felisberto Hernández con el único propósito de instalar en Uruguay la oficina regional de la KGB. La lectura de El hombre que amaba a los perros me recordó además un episodio entre trágico y patético, del que casi no se habla, protagonizado por uno de los grandes artistas plásticos mexicanos. Dos meses antes de que Mercader llevara a cabo el crimen, en nombre del compromiso político y del comunismo mexicano el muralista David Alfaro Siqueiros había comandado un fallido intento de asesinar a balazos a Trotsky en su casa. Ese episodio le valió el exilio.

¿Cómo se puede llegar a matar a otro por una idea, aunque esa idea en lo formal sostenga el bien de las mayorías? ¿Podemos llegar a creer que está bien quitarle la vida a alguien porque otro, en quien creemos como líder, nos lo ordena, nos lo sugiere o nos lo indica?
Por la novela circulan decenas de hombres y mujeres dispuestos a dar la vida y a quitarla por su proyecto político, un objetivo romántico y hasta loable en muchos períodos históricos, en sociedades dictatoriales o en países bajo ocupación. Pero la pregunta sigue siendo ¿cómo se puede llegar a matar a otro por una idea, aunque esa idea en lo formal sostenga el bien de las mayorías? ¿Podemos llegar a creer que está bien quitarle la vida a alguien porque otro, en quien creemos como líder, nos lo ordena, nos lo sugiere o nos lo indica?

Leonardo Padura nació en 1955 y, por lo tanto, vivió la mayor parte de su vida bajo el signo de la revolución liderada por Fidel Castro. El personaje que narra la historia de Mercader y de Trotsky es Iván, un escritor devenido veterinario luego de padecer la purga por no ser un militante modelo. El estalinismo, con sus ejércitos de comisarios políticos, tuvo también su salvaje versión caribeña. Le envié un correo a Padura contándole que quería escribir sobre su novela . Quería saber qué pensaba sobre este punto en particular, el de matar por una idea.

Me respondió con una frase inteligente y que deposita confianza en la inteligencia de los humanos. "El hombre tiene el deber de pensar y luego la responsabilidad de aceptar", escribió y, en una misma frase, rechazó cualquier obediencia ciega a las que obligan "los compromisos militantes". Categórica fue también su definición sobre Ramón Mercader, alguien que por obediencia a un líder entregó su vida de un modo "lamentable" y se convirtió en asesino de un hombre indefenso en busca de, vaya paradoja, una sociedad más justa, igualitaria y humana. Quien dio la orden, aquel en quien Mercader creía ciegamente, fue Stalin, responsable directo o indirecto de la muerte de 20 millones de personas. "Es una pena", seguía en su correo Padura, "que el principio de crear una sociedad de los iguales haya derivado en un sistema en el que sólo una voz se escucha y una figura se eterniza en el poder y toma todas las decisiones, como si fuese un ser providencial. Cuando algo así ocurre, lo que impera es el miedo y el miedo es el cáncer de la sociedad".

La primera imagen que tengo del asesinato de Trotsky no es documental, es cinematográfica. Es la de Richard Burton gritando ensangrentado mientras un Alain Delon vestido de blanco y con lentes oscuros lo observa entre azorado y tembloroso. Pertenece a una película de Joseph Losey filmada en plena Guerra Fría (1972), aunque la escena de mi recuerdo es la de una foto, seguramente de una revista o de un diario. Repito, era 1972 y, aunque yo era muy chica, entonces pensaba -por contexto de época, supongo- que había muertes que se justificaban si el objetivo final era el bien de las mayorías.

Soy nieta de judíos rusos (aunque eran lituanos y ucranianos se llamaban rusos a sí mismos) que conocieron la persecución de los pogroms y nací en una casa de ideas comunistas y antifascistas en tiempos en que el totalitarismo sólo tenía los rostros de Mussolini, de Franco y de Hitler. Un hogar en donde todo lo que sucedía al otro lado de la Cortina de Hierro y cualquier cosa vinculada a la Revolución cubana eran materia de conversación y dogma familiar. Un hogar antiimperialista en donde la idea del hombre nuevo estaba tan pero tan cerca que sólo era cuestión de imprimir voluntad y seguir a la Unión Soviética en su camino al mayor de los humanismos.

Por entonces, vivíamos también la manipulación política que tenía su centro en Washington y que impedía en Latinoamérica el surgimiento de cualquier gobierno democrático de izquierda. La víctima emblema de ese crimen será siempre Salvador Allende, quien dio la vida por una idea, aunque nunca ordenó la muerte de nadie. El relato oficial desde Moscú aseguraba que al igual que los nazis y el capitalismo todo, Trotsky y su Cuarta Internacional habían sido un obstáculo mayor para el camino trazado: se suponía entonces que por lo tanto Trotsky mereció la muerte (el discurso oficial sostenía además que ¡estaba negociando con Hitler!), pero ese crimen no dejaba de conmoverme. No alcanzaban excusas ni argumentos como el de que el mismo Liev Davidovich, una vez en el poder, había ordenado asesinar a unos cuantos con un motivo similar al que años después sería la causa de su propia muerte. Algo -perseguir al viejo aliado, obedecer ciegamente a otro, asesinar a traición- no me cerraba.

Todo este mar de contradicciones daba vueltas por mi cabeza en los 70, en una infancia colmada de imágenes violentas y de jóvenes matando y muriendo por ideas pero no enfrentando al enemigo en un campo de batalla sino ajusticiando a un empresario o a un ex presidente golpista en un sótano o siendo ellos mismos ejecutados por las fuerzas de seguridad en descampados, campos de concentración o en las calles solitarias de la dictadura. Pertenezco a la generación de lo que alguien llamó "los hermanos menores": lo vimos todo pero no fuimos protagonistas. Eso nos permite, tal vez, darnos libertades de pensamiento y espíritu crítico que son más inusuales en generaciones anteriores.

La lectura de la novela de Padura me hizo recordar aquellas postales de la infancia, pero también me llevó a reflexionar acerca del valor de la discusión y la diferencia en un sistema democrático, en donde muchos pueden reivindicar para sus diferentes signos políticos la búsqueda de la equidad, la justicia social y el respeto a los derechos civiles y a las minorías como ideario. Y, sobre todo, me hizo pensar en que parece increíble estar hablando de esto o explicando por qué el silenciamiento no debe ser aceptado como política, a 72 años del asesinato de Trotsky y a 40 años de aquella infancia de pasión, terror y muerte en la Argentina.

© La Nacion

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